Traicionada por la sangre que la vio nacer y despojada de todo lo que amaba en una sola noche de infamia, Cataleya Mendoza pensó que había tocado fondo al perder su hogar, su hijo y su dignidad bajo los golpes de un amor ciego. Creyó que el exilio y el silencio serían su único destino. Pero el destino, caprichoso y sediento de justicia, la colocó frente al imperio intocable de los Moretti y frente al hombre más temido del país: un titán arrogante al que nadie se atreve a retar. Lo que no sabían ni su exprometido, ni su familia, ni el implacable Gael Moretti, es que una reina destruida no regresa a pedir clemencia... regresa a reclamar su trono.
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Capítulo 14: El Sello del Titán y la Advertencia de Fuego
La imponente habitación del hotel se quedó en un silencio tan absoluto que parecía que el tiempo mismo se hubiera detenido. Las palabras de Gael aún flotaban en el aire, cálidas y dominantes, desafiando la atmósfera fría y calculadora que Cataleya se había esforzado por mantener.
La doctora se quedó inmóvil por un segundo, procesando el peso de lo que el magnate acababa de insinuar y el título adelantado que le había lanzado con tanta naturalidad. Su mirada ámbar, afilada y desafiante, se estrechó ligeramente mientras cruzaba los brazos sobre el pecho, haciendo una mueca apenas perceptible por el dolor sordo que aún le producían los hematomas en las costillas.
—Antes de seguir iluminando me con tus planes de destrucción, Gael... —comenzó Cataleya con un tono cortante y gélido, levantando una ceja con absoluta soberbia—. Necesito que me expliques algo muy clarito. ¿Cómo es eso de que ahora soy "Moretti"? ¿De dónde sacas semejante exclusividad y con qué derecho me otorgas un título nobiliario familiar antes de haberme consultado si estoy interesada en llevar tu apellido?
Gael no se inmutó lo más mínimo ante el tono desafiante de la cirujana. Al contrario, una sonrisa lenta, arrogante y profundamente masculina se dibujó en las comisuras de sus labios. Sus ojos grises, fijos en ella, brillaban con esa intensidad depredadora que caracterizaba a los hombres acostumbrados a poseer todo lo que deseaban en este mundo.
—Los hombres como yo no piden permiso cuando reconocen lo que les pertenece, Cataleya —respondió Gael con una voz ronca, profunda y segura de sí misma, dando un paso al frente que redujo drásticamente la distancia entre ambos—. No fue una pregunta, fue una afirmación. Desde el momento en que te pusiste de pie frente a mí en el vestíbulo del hospital para llamarme idiota y salvarle la vida a mi abuelo sin temblarte el pulso, supe perfectamente que no existía otra mujer en este país a la altura de mi imperio. Así que acostúmbrate a la idea: vas a ser la señora Moretti.
Cataleya soltó una risa seca, sin rastro de gracia, sintiendo cómo la sangre le hervía en las venas ante tanta arrogancia masculina. Desplegó los brazos, adoptando una postura defensiva pero altiva, lista para poner al magnate en su lugar.
—¿Creíste que por ofrecerme tu ayuda financiera y tus bufetes de abogados para destruir a mi familia me ibas a comprar como si fuera un trofeo más en tu colección, Gael? —espetó Cataleya con los ojos destellando fuego, clavando su mirada desafiante en la suya—. Déjame aclararte algo de una buena vez para que no te hagas ilusiones equivocadas: yo no voy a ser una sumisa complaciente que asienta a todo lo que dices solo porque me estás dando una mano con mi venganza. ¡No me importa cuán grande sea tu apellido ni cuánto poder tengas en esta ciudad! Si me vas a ayudar por pura conveniencia o porque te obsesionaste con mi carácter, bienvenido sea el trato, pero que te quede bien claro: yo no estoy bajo el dominio de nadie.
Gael se detuvo a apenas unos milímetros de ella. Pudo sentir la fragancia sutil a jazmin y el calor corporal que emanaba de su piel, contrastando maravillosamente con la frialdad de su alma herida. El fuego en los ojos ámbar de Cataleya en lugar de apagarlo, avivó una bestia de deseo y posesividad dentro del magnate.
—¿Sumisa tú? —murmuró Gael con una voz que era un ronroneo peligroso, rozando casi sus labios—. Por favor, Cataleya... Si buscara una mujer sumisa, tendría una fila interminable de damas de la alta sociedad esperando en la puerta de mi mansión para obedecer cada una de mis órdenes. Pero ninguna de ellas me interesa. No quiero una sumisa que baje la cabeza; te quiero a ti, con tus garras, con tu sed de venganza, con tu cerebro brillante y con esa furia letal dispuesta a devorar a cualquiera que se cruce en tu camino.
Antes de que Cataleya pudiera replicar algo o levantar una mano para detenerlo, Gael acortó la distancia final. Sus manos grandes y firmes se posaron con una rapidez felina en su cintura, sujetándola con una fuerza inquebrantable pero cuidadosa de no lastimar sus costillas magulladas. La atrajo hacia su cuerpo de inmediato, fundiéndola contra su pecho de atleta.
—Gael, suéltame, no estoy para tus... —intentó protestar Cataleya, pero sus palabras quedaron atrapadas y ahogadas en el aire.
Gael la besó.
Fue un beso hambriento, dominante, cargado de un deseo abrasador y una pasión desbordante que llevaba días acumulándose en su interior. Al principio, Cataleya intentó resistirse, tensando los músculos de su cuerpo y empujando sus hombros con las manos en un reflejo de orgullo herido. Pero la intensidad magnética del magnate, la calidez de sus labios y la embriagadora certeza de que él comprendía exactamente la oscuridad que habitaba en su interior rompieron sus defensas en cuestión de segundos.
Sus labios se abrieron con un suspiro involuntario, y sus manos, que antes intentaban apartarlo, terminaron aferrándose con fuerza a las solapas del impecable traje gris de Gael, respondiendo al beso con una ferocidad y un hambre idénticas. Era un choque de titanes, una fusión de dos almas heridas, ambiciosas y sedientas de poder que se reconocían como iguales en medio del caos.
Tras largos segundos en los que el mundo exterior pareció desvanecerse por completo, Gael se apartó lentamente, dejando que ambos respiraran con agitación. Sus ojos grises la devoraban con una intensidad febril, mientras el pulso de Cataleya latía desbocado en su garganta.
Con la respiración agitada y una expresión de absoluta posesión, Gael le murmuró muy cerca de los labios, con una voz profunda que retumbó en cada fibra de su ser:
—Porque vas a ser solo mía, Cataleya... Y vas a ser mi esposa. No por dominio, ni por sumisión, sino porque somos exactamente iguales: dos depredadores dispuestos a quemar el mundo entero para conseguir lo que es nuestro. Y nadie, absolutamente nadie en esta tierra, va a volverte a tocar jamás sin pagar con su sangre.
Cataleya lo miró fijamente, con el pecho subiendo y bajando con rapidez, sintiendo que la armadura de hielo que había construido alrededor de su corazón se resquebrajaba ante la fuerza indomable de aquel hombre. Una sonrisa lenta, peligrosa y cómplice se dibujó en sus labios partidos.
—Más te vale cumplir esa promesa, Gael Moretti... —susurró Cataleya con voz firme, recuperando su altivez habitual mientras se acomodaba la solapa de su blusa—. Porque ahora que me has besado y me has declarado la guerra a tu lado, no pienso detenerte hasta ver a los Mendoza y a los Álvarez tirados en el lodo suplicando clemencia.
Gael soltó una carcajada ronca, sintiendo una satisfacción absoluta retumbando en su pecho. La miró con una chispa de genuina admiración en la mirada y le indicó con un gesto de la mano hacia los documentos esparcidos sobre la mesa:
—Ilumíname, doctora Moretti —retó Gael con una sonrisa torcida y desafiante, cediéndole el turno a ella para desatar el verdadero caos.