¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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Cedric cap 3
Chicas que pena pero este es el capítulo 3 🥲 me confundí en subirlo
No sabía si borra y resubirlo todo de nuevo pero lo subiré solo asi , disculpen y disfruten
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Cedric Vellane no tenía demasiados problemas en la vida.
Tenía dinero, una empresa que algún día heredaría por completo, un departamento envidiable y una agenda llena de mujeres que, por lo general, no volvían a llamarlo después de unas cuantas noches.
Y así le gustaba.
No prometía relaciones, no hablaba de futuro y jamás fingía estar enamorado para conseguir que una mujer se quedara en su cama.
Si alguna esperaba algo más, prefería dejarlo claro desde el principio.
Su amigo Julian decía que algún día se quedaría solo.
Cedric siempre respondía lo mismo.
—Prefiero estar solo que atrapado en un matrimonio que no quiero.
Aquella noche, sin embargo, el tema volvió a la conversación.
—Mi hermana se casa el próximo mes —comentó Julian mientras se acomodaba el reloj—. ¿Vos cuándo pensás sentar cabeza?
Cedric ni siquiera levantó la vista del teléfono.
—Cuando me diagnostiquen una enfermedad terminal.
Los tres hombres que estaban con él soltaron una carcajada.
—Hablo en serio, idiota.
—Y yo también.
Pidieron otra ronda. Cedric bebió un sorbo de su whisky y dejó el vaso sobre la mesa.
No tenía nada en contra del matrimonio. Simplemente, no encontraba motivos para meterse en uno. Había visto suficientes parejas infelices como para no idealizarlo, y las pocas relaciones que había tenido le habían confirmado que prefería conservar su libertad.
Su familia, por supuesto, pensaba lo contrario.
Su padre llevaba años insinuando que debía buscar una mujer apropiada y empezar a comportarse como un heredero responsable.
Cedric ignoraba sus comentarios con la misma facilidad con la que ignoraba las llamadas de su madre cuando comenzaba a hablar de compromisos.
Con una excepción.
Su abuela.
La mujer que lo había criado durante buena parte de su infancia era la única persona capaz de hacerlo sentir culpable por no visitarla durante una semana. También era la única a la que nunca se le ocurriría mentirle para evitar una conversación incómoda.
Y últimamente, sus llamadas eran más frecuentes.
Cedric miró la hora.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Julian.
—A comer. No pienso volver a casa con el estómago vacío.
—¿No acabás de beber?
—El alcohol no cuenta como cena.
Julian negó con la cabeza, divertido.
Terminaron en un restaurante que uno de los otros conocía. No era uno de esos lugares exclusivos a los que Cedric solía ir, pero la comida tenía buena reputación y, a esas horas, ninguno tenía ganas de seguir dando vueltas por la ciudad.
Cuando entraron, el establecimiento estaba bastante lleno.
Cedric apenas reparó en el lugar. Se sentó de espaldas a una de las paredes, dejó el teléfono junto al menú y comenzó a discutir con Julian sobre una inversión que llevaban semanas considerando.
Entonces se acercó una camarera.
—Buenas noches. ¿Ya saben qué van a pedir?
Cedric levantó la mirada.
La joven tenía el cabello recogido, el uniforme impecable y unas ojeras que ni siquiera la sonrisa profesional conseguía disimular. Parecía agotada. No de esa manera exagerada en que algunas personas se quejaban después de un día largo, sino con el cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo sin dormir bien.
Aun así, su voz era amable.
—Todavía no. ¿Qué me recomendás? —preguntó él.
Ella estaba a punto de responder cuando su teléfono vibró.
Cedric la vio mirar la pantalla.
Algo cambió en su rostro.
Fue apenas un instante, pero la expresión cansada desapareció bajo una preocupación tan evidente que él dejó de prestar atención a la conversación de sus amigos.
—Disculpen un momento —dijo ella, alejándose de la mesa.
Cedric volvió a su menú.
No era asunto suyo.
Sin embargo, unos minutos después, la camarera apareció junto al mostrador, hablando con el encargado. No alcanzó a escuchar lo que decían, pero sí vio cómo ella se quitaba el delantal y recogía sus cosas con movimientos apresurados.
Se marchó sin regresar a la mesa.
Cedric miró el menú, después la silla vacía y finalmente al encargado, que se acercaba a ellos con expresión resignada.
—Disculpen. Mi empleada tuvo una emergencia familiar. Otro compañero tomará su pedido.
—No hay problema —respondió Julian.
Cedric no dijo nada.
No era la primera vez que alguien abandonaba un trabajo por una emergencia, y tampoco tenía intención de juzgarla por ello.
Pero había algo en la expresión de aquella chica que se le había quedado grabado.
No parecía alguien que hubiera tenido un mal día.
Parecía alguien que llevaba meses intentando sobrevivir a uno.
—¿La conocés? —preguntó Julian, siguiendo su mirada.
Cedric apartó los ojos de la puerta.
—No.
—La estabas mirando.
—Estaba esperando que terminara de atendernos.
Julian sonrió con descaro.
—Claro. Y yo soy el papa.
Cedric le lanzó una mirada de advertencia.
—Pedí tu comida, Julian.
La conversación siguió por otros derroteros, y poco después Cedric volvió a concentrarse en la cena.
No preguntó el nombre de la camarera.
Tampoco preguntó qué había ocurrido.
Cuando llegó la cuenta, dejó una propina generosa y salió del restaurante sin pensar demasiado en aquella interrupción.
Tenía una reunión a la mañana siguiente, una llamada pendiente con su padre y una visita que llevaba varios días posponiendo.
Su abuela había vuelto a pedirle que fuera a verla.
Esta vez, Cedric decidió que no encontraría una excusa.
No sabía cuánto tiempo le quedaba con ella, y por primera vez en mucho tiempo, aquella idea le resultó insoportable.
Se metió las manos en los bolsillos mientras caminaba hacia su automóvil.
La noche continuaba como cualquier otra.
Y la chica del restaurante, con sus ojeras y aquella prisa desesperada por marcharse, debería haber quedado olvidada entre las pequeñas cosas sin importancia que encontraba a su paso.
Sin embargo, cuando Julian volvió a bromear sobre las mujeres, Cedric recordó fugazmente el rostro de la camarera mirando la pantalla de su teléfono.
No supo por qué.
Y, como no tenía una respuesta, decidió no pensar más en ello.