June escapa del prostíbulo al que fue vendido por tener rasgos femeninos, decidido a recuperar su libertad. En su camino conoce a Ángel, un hombre rico con el corazón hecho pedazos. Dos almas heridas, dos mundos distintos y un mismo anhelo: encontrar el amor. Juntos deberán enfrentarse a las sombras de su pasado y descubrir si, incluso después de tanto dolor, es posible volver a amar sin miedo.
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5
—Sí, solo somos...
—¡Un gusto conocerte June! —Un hombre maduro, entre los cincuenta o sesenta años me interrumpió—. Soy Samuel, padre de Ángel.
Asentimos en forma de saludo. El hombre seguía sentado en su silla, sostenía una copa de vino entre sus dedos.
—Un gusto señor.
Había tres sillas vacías. Además de los padres de Ángel, un hermano de él estaba sentado junto a su esposa. Ellos dos solo me miraban como si yo fuera un bicho raro.
Aurora nos invitó a sentarnos junto a ellos. Nos sirvieron un poco de vino. Este vino era diferente, sabía mejor que el que servían en el prostíbulo. De vez en cuando había clientes que preferían beber vino en lugar de cerveza. Era mi trabajo el servirles y empinar la copa en su boca. Siempre terminaban ebrios y encima de mí.
El hombre del carrito con los bocadillos no tardó en aparecer. Le pedí que me sirviera un poco de arrachera, chorizo, queso fundido, un poco de alambre hawaiano y algo de ensalada.
—¿Tendrá tortillas en ese carrito? —Pregunté al mesero.
La cuñada de Ángel se empezó a reír.
—¡Querido! Aquí no se comen tortillas, no estás en el pueblo.
Su comentario me pareció muy inmaduro y el sonido de su risa también. La ignoré sin decirle nada.
—Me temo que en este carrito no traigo tortillas, pero si gusta, se las puedo conseguir.
Asentí. Desapareció en dirección de la cocina. Ángel me estaba mirando y parecía muy a gusto. Sus padres habían salido a bailar un poco.
Aurora nos miraba de vez en cuando y me sonreía.
—¿No se te antoja un taco de carne? —Pregunté a Ángel.
—No había pensado en comerme un taco de carne, pero ahora que lo dices, sería lo mejor.
El mesero me pareció muy agradable. No tardó ni cinco minutos en traerme mis tortillas y una bandeja con un poco de postre.
—¡Gracias!
—Estamos para servirle —dijo el hombre e hizo una reverencia.
La carne sabía muy bien. El jugo de la arrachera era lo más delicioso y el guacamole, no inventes, eso le daba un sabor exquisito. En el prostíbulo era muy raro que nos dieran carne. Si acaso solían darnos carne una vez al mes, máximo dos y siempre querían que comiéramos pura ensalada.
¡Qué bueno que ya no estaba en el prostíbulo!
—¡La comida está muy buena! —Dije a Ángel.
Él se había hecho un taco de carne.
—Lo sé. Ya me hice tres tacos y voy por el cuarto. ¡Y eso que no tenía hambre!
Dio un bocado a su taco. Se manchó la comisura de la boca con salsa y parecía no darse cuenta. Sin dudarlo, tomé una servilleta y la acerqué a su boca. Mi movimiento hizo que se quedará quieto.
—Tenías un poco de salsa.
—¡Oh! Gracias.
—De nada.
Terminando de cenar, Ángel y yo bailamos un poco. Su estatura era un poco más grande que la mía. Quizá me ganaba por diez o quince centímetros. Bueno, pero eso no era lo importante.
Sus manos estaban sobre mi cintura y mis manos le rodeaban el cuello. Su barba bien recortada me parecía atractiva.
—¡Gracias por acompañarme!
Sonreí.
—No ha sido nada. De hecho, sabes que no tengo a dónde ir y tú me invitaste. Después de toda tu ayuda, creo que era algo justo que yo pudiera ayudarte con algo.
En sus labios se estaba dibujando una sonrisa amplia y muy linda.
—Mi mamá está contenta de que haya traído a un chico conmigo.
Discretamente mire a doña Aurora. Ella nos estaba mirando y sonreía. Su mano sostenía una copa de whisky. La alzó para mostrarme su aprobación. ¡Muy inesperado!
—Creo que ella piensa que tú y yo somos más que simples amigos —no pude evitar sonreír junto a mis palabras—. ¡Si supiera la historia!
—No tiene por qué saber la verdad. Después de todo, esa parte de ti es algo privado que deberíamos mantener en el olvido si así lo deseas tú, claro esta.
Hablar con Ángel sobre mi pasado me hizo sentir de una forma curiosa. De pronto él quería que yo olvidará todo lo que viví. ¿Cómo podría olvidar mi pasado? ¿Me resultaría fácil hacerlo?
—Es verdad. Pero, creo que necesito tiempo para poder olvidar.
Su entrecejo se frunció un poco.
—Tienes razón. El tiempo lo cura todo.
—Además, yo no puedo quedarme más tiempo contigo.
Su sonrisa desapareció. Su mirada era atenta.
—¿Por qué no? No es problema el que tú estés conmigo, después de todo, ¿a dónde irás? Déjame seguir ayudándote.
¿Cómo le dices a un buen hombre que no puedes estar más con él, por qué resulta que hay cosas que tienes que arreglar para no perjudicar su buena reputación? Agaché la mirada unos segundos, suspiré, seguíamos bailando.
—¿Cómo puede un prostituto entrar en la vida de un hombre como tú? Me preocupa el hecho de perjudicarte. Parece que además de ser un buen muchacho, eres alguien importante y tu familia también. ¡No me gustaría causarte algún problema!
Mi mente seguía poniéndose a la defensiva.
—¿Por qué me causarías algún problema? ¿No te he dicho que olvidemos tu pasado?
—Ángel. Claro que quiero olvidar todo lo que he vivido y me gustaría tener una vida diferente. Pero, por favor, ponte unos segundos en mi lugar. ¿Cómo te sentirías al ser una prostituto y de la noche a la mañana tienes la oportunidad de cambiar tu vida? Tantos años encerrado, todas las noches te conviertes en el placer de muchos hombres pervertidos y no hay nadie para ayudarte. Sabiendo que tu familia no te quiere, que no tienes a dónde ir, decides escapar del prostíbulo y entonces lo logras, pero, casi por poco te vuelven a encerrar. Y de pronto, cuando la esperanza está por romperse, aparece un hombre y le pides ayuda y no te la niega porque resulta que él es bueno. Le pides que te deje, que continúe con su camino y se niega a dejarte aventado por ahí, porqué este hombre bueno está dispuesto a ayudarte. Aceptas su ayuda. Te lleva a su casa. Te alimenta, te lleva a una fiesta de gente adinerada, te presenta a su familia y entonces terminas bailando con ese hombre que te ofrece la palma de su mano para que tú no te sientas solo. ¿Cómo te sentirías? En estos momentos yo ni siquiera sé cómo explicarte lo que siento porque, aunque estamos bailando y agradezco mucho toda tu ayuda, no quiero que termines mal por mi culpa. ¡Somos simples desconocidos!
La canción termino. Las demás parejas comenzaban a ir hacía sus lugares. Nosotros seguíamos en la pista. Tomados el uno del otro.
—Perdona por presionarte a olvidar. Es solo que no puedo evitar sentir el compromiso de ayudarte. ¿Sabes? Creo que mereces una buena vida y me gustaría ayudarte a tenerla. Si algo malo fuese a pasar con mi reputación, sería solamente mi culpa, porque nadie me está obligando a cuidarte. ¡Somos amigos después de todo!
¿Amigos? Nunca había tenido un amigo, bueno Román no era un amigo. Román era parte de una emoción de mi corazón. Él era una emoción que no sabía cómo explicar. Y luego estaba Ángel. ¿Cómo podría explicar la relación amistosa entre un escort y un joven adinerado?
Ambos habíamos pactado tener una amistad. ¿Dos desconocidos?
—Sí. Es verdad. ¡Somos amigos!
Sin darnos cuenta, pasaron varios segundos y está vez, nadie bailaba, solo nosotros en la pista charlando sobre algo que había surgido a causa de una casualidad.
—¿Quieres ir a la mesa de dulces?
Asentí. Le tomé del brazo y caminamos a la mesa de dulces. Había dos fuentes de chocolate, fresas en brocheta, gomitas picantes, mentas, fruta enchilada, algodones de azúcar y una gran variedad de dulces. ¡Los tamarindos enchilados!
—Puedes agarrar todos los dulces que quieras.
—¿Estás seguro de eso?
—Sí, con confianza. Yo compré esta mesa de dulces y te diré algo, los pulparindos son lo mejor.
Tenía años que no probaba un dulce. Cuando era niña, los únicos dulces que podía comer eran los que me regalaba la chica que me enseñaba a leer y sí, apenas y teníamos dinero para poder comer. ¡Sobrevivimos a tanta carencia!
—Está bien, aprovecharé que ya me disté permiso.
Sonreímos. Tomé varios dulces, pulparindos como él había sugerido. Ángel me dio un algodón de azúcar, era de color amarillo y justo cuando yo le iba a agradecer, ella apareció.
Su mirada dejo de brillar.