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Señor Valdés, quiero el divorcio

Señor Valdés, quiero el divorcio

Status: En proceso
Genre:Mujer poderosa / Juego de roles / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:489
Nilai: 5
nombre de autor: Alma Varela

El día de su cumpleaños, Elena Robles recibe decenas de felicitaciones. Ninguna viene de su esposo.
Mientras ella espera un abrazo, sus mellizos preparan un regalo para Marina, la media hermana de Elena. Adrián Valdés también tiene claras sus prioridades: Marina siempre va primero.
Después de años intentando ganarse un lugar en su propia familia, Elena deja su anillo junto a los papeles del divorcio y se marcha. Esta vez, no busca que él la siga. Quiere recuperar su vida.
Vuelve a la empresa tecnológica que ayudó a fundar y retoma la carrera que dejó por su matrimonio. Quienes la subestimaban solo conocían a una esposa callada. Están a punto de descubrir de lo que es capaz.
Adrián está acostumbrado a que Elena siempre lo espere.
¿Qué hará cuando ella deje de hacerlo?

NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14. Mamá, de verdad eres muy molesta

Lucía se miró una vez más frente al espejo.

Aquella noche volvería a ver a Marina en su traje de piloto. Pensarlo le devolvió la sonrisa.

Después revisó el celular.

Marina no había respondido a su saludo.

Normalmente contestaba enseguida. Lucía empezó a preocuparse. ¿Estaría enojada porque Elena iba a llevarlos a la escuela?

Escribió otro mensaje.

«¿Te enojaste conmigo?»

Y otro.

«Yo quería ir contigo. Ya sabes que me gusta más estar contigo. No te enojes, por favor».

Mateo se sentó a su lado.

—¿No te contestó?

Lucía negó con la cabeza.

Pasaron varios minutos.

Elena llegó a la puerta con sus cosas listas.

—¿Ya terminaron? Tenemos que desayunar.

Lucía soltó el teléfono sobre la cama.

—Ya sé. ¿Puedes dejar de decir lo mismo? De verdad eres muy molesta.

Tomó la mochila y salió.

Mateo recogió la suya. Miró una vez más la pantalla y siguió a su hermana.

Elena esperó a que pasaran.

No había hecho ninguna pregunta sobre Marina. Solo les había recordado que debían desayunar.

Aun así, era ella quien recibía el enojo.

Al bajar, observó la chamarra de Lucía y la sudadera de Mateo. No eran prendas que hubiera comprado ella.

Antes se encargaba de su ropa, siempre preguntándoles qué les gustaba. Desde que se habían ido con Adrián, sus preferencias habían empezado a cambiar.

Marina les había enseñado a patinar y a escalar. A Lucía le fascinaba verla hacer cosas que otros adultos no se atrevían a intentar. Mateo escuchaba cada relato de sus aventuras con atención.

Se decía que Marina sabía hacer de todo: deportes, estudios, negocios. Era una mujer a la que los niños admiraban.

Elena no les había prohibido cambiar de estilo. También había empezado a comprar ropa que les gustara ahora.

Los mellizos miraban esas prendas y las dejaban en el armario.

Preferían ponerse lo que elegía Marina.

Elena reconoció la situación en cuanto vio cómo iban vestidos.

No comentó nada.

***

Beatriz y los demás todavía dormían. Carmen ya estaba levantada.

—¡Qué madrugadores! Buenos días.

—Buenos días —respondió Elena.

Lucía saludó sin mucho ánimo. Mateo se acomodó la mochila en el hombro.

—¿Qué pasó? —preguntó Carmen—. ¿No están contentos por empezar la escuela?

Los niños no respondieron.

El mayordomo sonrió.

—Tal vez les faltó dormir un poco. La señora tuvo que despertarlos.

Carmen lo aceptó y miró hacia la escalera.

—¿Adrián todavía no se levanta?

—Anoche salió. Tenía algo que hacer.

Elena lo dijo con la misma voz que habría usado para hablar del horario del desayuno.

La expresión de Carmen cambió. Entendió por qué su nieto se había ido.

Pero los niños estaban allí. No quiso hablar de Marina delante de ellos.

***

Después de desayunar, Lucía recordó que había dejado algo arriba. Volvió corriendo por ello. Mateo se quedó revisando su mochila.

Elena esperó en la sala.

El celular de Lucía vibró sobre una mesa.

En la pantalla apareció el nombre «Mi Marina», acompañado de un corazón.

Elena vio el principio de la respuesta.

Marina decía que no estaba enojada.

Elena siempre había respetado la privacidad de los niños. No acostumbraba revisar sus conversaciones.

Esta vez tomó el teléfono.

Leyó los mensajes de esa mañana. Entendió por qué Lucía se había despertado molesta, por qué le había hablado así y por qué no quería que ella los llevara.

Luego vio los saludos de días anteriores.

Cada mañana, Lucía escribía a Marina. Los mensajes se repetían a lo largo del día. Le contaba cosas, hacía preguntas, enviaba fotos.

Con Marina nunca parecía faltar tiempo para conversar.

Elena oyó el ascensor. Dejó el teléfono donde estaba.

Lucía lo recogió y leyó la respuesta.

Marina le explicaba que apenas se había despertado. Decía que no podría enojarse con ella.

La niña sonrió.

—Ya contestó —le susurró a Mateo.

Elena tomó las llaves.

***

Durante buena parte del trayecto, Lucía escribió desde el asiento de atrás. Mateo se inclinaba de vez en cuando para ver la pantalla.

La niña miraba a Elena por el espejo, comprobando que no les prestara atención.

Su madre seguía concentrada en conducir.

Cuando terminó de conversar con Marina, Lucía volvió a hablarle.

—Mamá, ¿vas a estar ocupada en la tarde?

—¿Por qué?

—Primero dime.

—Tengo muchas cosas que hacer. ¿Necesitas algo?

—No. Nada.

Lucía intercambió una mirada con su hermano.

Si Elena no tenía tiempo para buscarlos a la salida, podrían ir con Marina. No tendrían que inventar otra explicación.

A los dos les pareció una buena noticia.

***

En la escuela, Elena habló con la maestra y después acompañó a los niños hasta su salón.

Estaban llegando cuando una voz la llamó.

—¡Elena!

Una niña pequeña corrió hacia ella.

Elena se inclinó para recibirla antes de que tropezara.

—¿Sofía?

Era la hija de la señora Fuentes, la niña a la que había ayudado cuando un perro estuvo a punto de morderla.

Sofía llevaba dos trenzas y sonreía, feliz de encontrarla.

—¿Tú también estudias aquí? —preguntó Elena.

No alcanzó a terminar.

Lucía empujó a Sofía.

Elena la sujetó, pero la niña perdió el equilibrio y cayó de rodillas.

—¡Sofía! ¿Estás bien?

La levantó con cuidado.

Sofía negó con la cabeza cuando Elena le preguntó si se había lastimado. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¿Por qué me empujaste?

Lucía miró los brazos de su mamá alrededor de la otra niña.

Elena la conocía. Le sonreía. La había recibido con cariño.

Mateo se acercó a su madre y se quedó junto a ella, sin decir nada.

Lucía frunció el gesto.

—Pareces una bebé con todo ese rosa. Qué fea. Me das asco.

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