EL MEJOR AMIGO DE MI HERMANO Si el cliché Ella lo amó toda su vida. Él tardó tres años en notar su ausencia. Desde niña, estuvo enamorada del mejor amigo de su hermano. Él siempre formó parte de su vida: conocía a su familia, tenía un lugar en su casa y sabía perfectamente que ella suspiraba por él. Y cuando le prometió que recibiría el mejor regalo de su vida al cumplir dieciocho años, ella creyó que, por fin, sus sentimientos serían correspondidos. Pero aquella noche, durante su propia fiesta de cumpleaños, descubrió que había esperado por el hombre equivocado. Él estaba con otra chica. Una chica que la había humillado durante años y que se aseguró de que ella los encontrara juntos. Esa noche, la niña que soñaba con ser elegida por él se marchó con el corazón destrozado. Tres años después, regresó. Ya no era la adolescente que se sonrojaba cada vez que él la miraba. Ahora era una joven atrevida, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar de todo aquello a lo que había renunciado por amor. Seguía siendo dulce, pero había aprendido a no esperar nada de quien nunca supo valorarla. Para ella, él era parte del pasado. Para él, ella seguía siendo la hermanita de su mejor amigo… hasta que comenzó a notar las miradas que otros hombres le dedicaban, las sonrisas que ya no eran para él y la facilidad con la que ella podía marcharse sin siquiera despedirse. Y entonces apareció el problema. El mejor amigo de su hermano estaba empezando a desear a la única mujer que jamás había pensado que podría perder. Pero ¿qué sucede cuando el hombre que te rompió el corazón finalmente quiere conquistarte… y tú ya no estás segura de querer entregárselo otra vez?
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Las cosas que cambiaron sin mi
Isabella
—Mateo.
—¿Qué?
—¿Puedo hacerte una pregunta?
Mi hermano me miró de reojo mientras conducía de regreso a casa.
—Depende. Si tiene que ver con dinero, la respuesta es no.
—¡Ni siquiera te pregunté nada!
—Estoy preparado para todo.
Puse los ojos en blanco, pero después me quedé mirando por la ventana.
Llevaba varios minutos pensando en nuestro encuentro con Nicolás. No porque hubiera removido algo terrible dentro de mí, sino porque me había sorprendido la actitud de mi hermano.
Mateo había sido su mejor amigo desde que ambos eran unos niños. Compartían cumpleaños, vacaciones, partidos de fútbol y hasta algunas de las pocas neuronas que les quedaban después de hacer alguna estupidez juntos.
Sin embargo, en la tienda había sido frío con él.
Y eso no era propio de Mateo.
—¿Te alejaste de Nicolás cuando me fui? —pregunté finalmente.
Mi hermano dejó de tamborilear los dedos sobre el volante.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque acabo de verlo y parecías querer salir corriendo.
—No quería salir corriendo.
—Mati.
—Isa.
Lo miré con una ceja levantada.
Él suspiró.
—Está bien. Sí, las cosas cambiaron.
Me acomodé en el asiento.
—¿Dejaron de ser amigos?
—No exactamente.
—Eso no responde mi pregunta.
Mateo soltó una pequeña risa.
—Sigues siendo igual de insistente.
—Y tú sigues evitando las conversaciones incómodas.
—Touché.
Guardó silencio unos segundos antes de continuar.
—Seguimos compartiendo el mismo grupo. Nos vemos en los partidos, salimos a veces con los demás y hablamos cuando hay algo que resolver. Pero ya no es como antes.
Sentí una punzada de culpa.
—¿Por mí?
Mateo me miró rápidamente.
—No empieces.
—Pero…
—Isabella, escúchame. Yo decidí alejarme de él. Nadie me obligó.
Bajé la mirada hacia mis manos.
—No quería que perdieras a tu mejor amigo por algo que me pasó a mí.
Mateo frenó ante un semáforo y se volvió hacia mí.
—¿Sabes qué fue lo que más me molestó de todo aquello?
Negué con la cabeza.
—Que durante mucho tiempo pensé que Nicolás era incapaz de hacerte daño de esa manera. Lo conocía desde que éramos pequeños. Sabía que era un mujeriego, que no se tomaba las relaciones en serio y que podía ser bastante idiota cuando se trataba de mujeres. Pero creí que contigo tendría más cuidado.
Sus palabras me hicieron guardar silencio.
—Él sabía que estabas enamorada. No tenía que corresponderte, Isa. Nunca le exigí eso. Pero sabía lo que significaba para ti aquella promesa y, aun así, se comportó como si tus sentimientos fueran una tontería.
Mateo apretó el volante.
—Y cuando te vi llorando en tu habitación, entendí que no podía seguir fingiendo que no había pasado nada.
—¿Y él qué hizo?
—Intentó llamarme. Vino a casa un par de veces. Al principio decía que quería hablar contigo y explicarte lo ocurrido. Después empezó a preguntarme si seguías enfadada.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no me correspondía responder por ti.
Sonreí ligeramente.
Era una respuesta muy propia de mi hermano.
—¿Papá también sigue enfadado con él?
Mateo soltó una carcajada seca.
—¿Enfadado? Papá todavía lo considera una de las mayores decepciones de su vida.
Abrí los ojos.
—¡Mati!
—¿Qué? Es la verdad. Ayer mencioné que me lo había encontrado en un partido y me preguntó si había perdido el sentido común por seguir hablándole.
No pude evitar reírme.
—Pobre Nicolás.
Mateo me lanzó una mirada incrédula.
—¿Pobre Nicolás?
—Bueno, no lo digo por lo que pasó. Solo me parece gracioso que papá esté más enfadado que tú.
—Papá te vio llorar toda la noche, Isa.
La sonrisa desapareció lentamente de mi rostro.
Lo sabía.
Recordaba las manos de mi madre acariciándome el cabello y a mi padre caminando de un lado a otro frente a mi habitación, intentando no entrar porque no sabía qué decirme.
Había sido una noche horrible para todos.
—Lo siento —murmuré.
Mateo frunció el ceño.
—¿Por qué te disculpas?
—Porque siento que todos terminaron involucrados en algo que solo me pasó a mí.
Mi hermano negó con la cabeza.
—No fue solamente algo que te pasó a ti. Fue algo que él hizo y que afectó a las personas que te quieren. Pero eso no significa que tengas que sentirte culpable por ello.
El semáforo cambió a verde.
Mateo volvió a conducir y yo me quedé pensando en sus palabras.
Quizá durante mucho tiempo había confundido querer a alguien con protegerlo de las consecuencias de sus propios actos.
Incluso después de marcharme, había sentido culpa por el distanciamiento entre ellos.
Como si mi dolor fuera un inconveniente que todos debían superar rápidamente para que Nicolás pudiera recuperar su vida de siempre.
Pero ya no tenía dieciocho años.
Y estaba aprendiendo que no era responsable de arreglar todas las cosas que otros habían roto.
Aparcó frente a casa y apagó el motor.
Antes de bajar, me sujetó suavemente de la muñeca.
—¿Estás bien de verdad?
Sonreí.
—Sí.
—¿Verlo no te hizo daño?
Pensé unos segundos antes de responder.
—Me resultó extraño. Es alguien a quien quise muchísimo, y supongo que siempre recordaré lo que significó para mí. Pero ya no siento que necesite algo de él.
Mateo me observó en silencio.
—Me alegra escucharte decir eso.
—Además, estaba comprando pan. No podía permitir que arruinara una actividad tan importante.
Mi hermano soltó una carcajada.
—Definitivamente, Camila te ha convertido en una descarada.
—Y todavía no has visto nada.
Salí del coche con una sonrisa.
Pero, antes de llegar a la puerta, Mateo volvió a hablar.
—Isa.
Me giré.
—¿Qué?
—Si algún día decides hablar con él, no voy a impedírtelo. Pero tampoco voy a permitir que vuelva a hacerte daño delante de mí.
Lo miré con ternura.
—Lo sé, Mati. Pero no tienes que preocuparte por eso.
—¿Por qué?
Sonreí mientras abría la puerta de casa.
—Porque esta vez, si Nicolás quiere algo de mí, tendrá que aprender a pedírmelo como a cualquier otra persona.
Y entré sin mirar atrás.
Al otro lado de la ciudad, Nicolás estaba sentado en el sofá de su apartamento cuando recibió un mensaje de Mateo.
«Esta noche hay una cena en casa. Viene toda la familia para celebrar el regreso de Isa. Mis padres decidieron invitar al grupo de siempre también».
Nicolás leyó el mensaje dos veces.
Después escribió:
«¿Eso significa que puedo ir?»
La respuesta tardó unos minutos.
«Significa que mis padres invitaron al grupo. No te emociones».
Nicolás sonrió apenas.
No era una invitación personal, pero era más de lo que había esperado conseguir aquella tarde.
Dejó el teléfono sobre la mesa y se levantó para buscar una camisa limpia.
No sabía por qué le importaba tanto asistir a aquella cena.
Se dijo que era por Mateo, que después de tantos meses quizá podrían comenzar a recuperar su amistad.
Sin embargo, mientras elegía qué ponerse, recordó la sonrisa tranquila de Isabella en la tienda.
Y aquella respuesta tan sencilla.
No sabía que tenía que hacerlo.
Nicolás apretó la mandíbula.
Tres años atrás, Isabella habría encontrado cualquier excusa para contarle que regresaba. Le habría preguntado si podía ir a buscarla, si quería acompañarla a cenar o si había extrañado su presencia.
Ahora él se enteraba de su regreso por casualidad, entre los estantes de un supermercado.
Y, por primera vez, comprendió que no sabía absolutamente nada de la mujer en la que se había convertido.
Aquello debería haberle parecido normal.
Después de todo, él mismo había contribuido a que ella se marchara.
Pero mientras se abotonaba la camisa, Nicolás descubrió que tenía muchas ganas de volver a verla.
Y todavía no entendía por qué le molestaba tanto que Isabella ya no pareciera tener las mismas ganas de verlo a él.