Morir fue inesperado.
Despertar dentro de una novela fue absurdo.
Pero reencarnar como Serena Valmont, la villana destinada a morir a manos de su propio esposo, fue una completa pesadilla.
Conozco esta historia.
Sé que el emperador Kael Draven jamás amará a Serena. Sé que muy pronto conocerá a la verdadera protagonista. Y sé que, cegada por los celos, Serena cometerá una serie de crímenes que terminarán llevándola al cadalso.
Pero yo no soy Serena.
Y no pienso seguir su destino.
Mi plan es simple: alejarme de la protagonista, pedirle el divorcio al emperador y desaparecer antes de que la historia comience.
Solo hay un problema.
—Quiero el divorcio.
Kael alzó la mirada hacia mí.
—No.
...¿Cómo que no?
Se suponía que esta historia ya estaba escrita.
Entonces, ¿por qué está empezando a cambiar?
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Capítulo 1
Capítulo 1: Morí y desperté casada con el Emperador.
Morí por culpa de una novela.
Sé que suena dramático.
Técnicamente, la novela no me apuñaló, no me empujó por unas escaleras ni contrató a un asesino para acabar conmigo.
Pero estaba leyendo cuando morí.
Por lo tanto, considero que existe suficiente evidencia circunstancial para culparla de mi muerte.
Todo comenzó a las dos y diecisiete de la madrugada.
2:17 AM.
Yo estaba acostada boca abajo sobre mi cama, sosteniendo el teléfono a escasos centímetros de mi cara y tomando excelentes decisiones de adulta responsable.
Es decir: ninguna.
Tenía que levantarme para trabajar dentro de cuatro horas.
Llevaba tres cafés.
Había cenado unas galletas.
Y estaba terminando una novela de ciento ochenta capítulos llamada La rosa del emperador.
Solo me quedaban tres.
Dormir era para los débiles.
—No lo hagas —murmuré.
Mi gato, Salem, abrió un ojo desde los pies de la cama.
—Te estoy hablando a ti, Serena.
Salem volvió a cerrarlo.
Gracias por el apoyo emocional.
Deslicé el dedo por la pantalla.
Serena Valmont, Emperatriz de Aranthia, esposa del emperador Kael Draven y poseedora del dudoso honor de ser la mujer más odiada de toda la novela, acababa de ser arrastrada frente al trono.
«La emperatriz fue obligada a arrodillarse.»
—Mal comienzo.
Continué.
«Kael contempló a su aún esposa con absoluta frialdad.»
Nada nuevo.
Ese hombre había contemplado a Serena con absoluta frialdad durante ciento setenta y nueve capítulos.
Si algún día la miraba con una emoción distinta, probablemente se abrirían los cielos.
«—¿Tienes algo que decir antes de que dicte sentencia?»
«—Yo no lo hice.»
Fruncí el ceño.
—Otra vez con eso.
Durante los últimos capítulos Serena había repetido lo mismo.
No había envenenado a Elena.
No había enviado las amenazas.
No había ordenado provocar el accidente.
No había conspirado contra la Corona.
Y absolutamente nadie le creía.
Comprensible.
La mujer llevaba ciento y tantos capítulos comportándose como si los celos fueran una profesión.
Elena Rosenthal sonreía a Kael.
Serena se enfadaba.
Elena respiraba cerca de Kael.
Serena se enfadaba.
Elena probablemente podía existir en otra provincia y Serena encontraría alguna razón para enfadarse.
Todo porque estaba perdidamente enamorada de su marido.
Marido que, por cierto, no la quería.
—Dignidad, Serena. Te lo suplico.
Salem movió una oreja.
—Tú no opines. Te vi rogándole comida al refrigerador ayer.
Continué leyendo.
«—Serena Valmont, por conspirar contra la Corona y atentar contra la vida de Elena Rosenthal, serás ejecutada dentro de tres días.»
Hice una mueca.
—Bueno...
Era difícil defenderla.
Pero entonces Serena hizo algo raro.
No lloró.
No suplicó.
No le declaró nuevamente su amor a Kael.
Se rio.
Una vez.
«—Algún día descubrirás la verdad.»
Me incorporé.
—¿Qué verdad?
Pasé de página.
Kael abandonaba el salón.
—No, no. Vuelve.
Elena lloraba.
—Me importa un pepino Elena ahora mismo. ¿Qué verdad?
Cambio de escena.
—Autora, no juegues conmigo.
Tres días después...
Serena fue ejecutada.
Parpadeé.
Deslicé hacia abajo.
Nada.
Volví arriba.
Leí nuevamente.
Nada.
—¿Perdón?
Salem abrió los ojos.
—¿Eso es todo?
Capítulo final.
Kael se declaraba a Elena.
—No.
Boda.
—No me interesa.
Coronación.
—Explícame lo de Serena.
Beso.
—¡QUE ME EXPLIQUES LO DE SERENA!
FIN.
Me quedé mirando aquella palabra con una sensación de traición personal.
Ciento ochenta capítulos.
Cuatro noches durmiendo miserablemente.
Una cantidad de café que probablemente ya constituía un delito contra mis riñones.
¿Para eso?
Abrí los comentarios.
Segundo error de la noche.
El primero había sido empezar «solo un capítulo más» a las once.
Durante veinte minutos discutí con desconocidos.
Mi argumento era sencillo: Serena estaba mal escrita.
Era hija del Gran Duque Valmont.
Tenía dinero.
Poder.
Belleza.
Una posición política envidiable.
Un guardarropa que yo vendería un riñón por tener.
¿Y había desperdiciado su vida entera persiguiendo a un hombre que la trataba como decoración imperial?
—¡Divórciate! —le grité al teléfono—. ¡Quédate con el dinero y búscate otro!
Salem me miró.
—¿Qué?
Miau.
—Exactamente.
Dejé el teléfono.
Necesitaba agua.
Y posiblemente replantearme mis prioridades.
Me puse de pie.
El dormitorio se inclinó hacia la izquierda.
Me detuve.
—Curioso.
Esperé.
El mundo volvió a su sitio.
Di otro paso.
La habitación decidió inclinarse hacia la derecha.
—Aún más curioso.
Me sujeté del escritorio.
Tal vez tres cafés, cuatro horas de sueño acumuladas y una alimentación basada en carbohidratos no constituían el estilo de vida saludable que había imaginado.
Di un paso.
Después otro.
Sentí un fuerte mareo.
—Salem...
El suelo vino hacia mí.
Qué considerado.
Después... nada.
...****************...
Cuando volví a abrir los ojos, lo primero que pensé fue:
Estoy soñando.
Era la única explicación razonable.
Porque yo definitivamente no tenía un techo pintado con ángeles.
Me quedé mirándolo.
Había querubines.
Nubes.
Flores doradas.
Uno de los ángeles tenía el trasero completamente al aire.
—Definitivamente estoy soñando.
Me acomodé nuevamente.
Perfecto.
A dormir.
Cerré los ojos.
Esperé.
Los abrí.
El ángel desnudo seguía allí.
—Bueno.
Volví a cerrarlos.
Cinco segundos.
Abrí.
Ángel.
—Qué sueño tan insistente.
Me pellizqué.
—¡Ay!
Silencio.
Me pellizqué nuevamente.
—¡Ay!
Eso no demostraba nada.
En los sueños podía doler.
¿Verdad?
¿Verdad?
Me di una bofetada.
El sonido resonó por toda la habitación.
—¡AUCH!
Me llevé una mano a la mejilla.
Quizás había formas menos violentas de comprobarlo.
Me senté.
Fue entonces cuando algo plateado cayó frente a mi cara.
Lo aparté.
Volvió.
Lo agarré.
Cabello.
Cabello largo.
Plateado.
—Qué bonito.
Pausa.
—Yo no tengo el cabello plateado.
Me quedé inmóvil.
Lentamente llevé ambas manos hasta mi cabeza.
Mucho cabello.
Demasiado cabello.
Cabello hasta la cintura.
—No.
Salté de la cama.
Mis piernas se enredaron con las sábanas.
Caí de rodillas sobre una alfombra.
—¡Maldición!
Dolía.
Mucho.
Aquello empezaba a ser un sueño sospechosamente comprometido con el realismo.
Me levanté.
Vi un espejo al otro lado de la habitación.
Caminé hacia él.
Me detuve.
Retrocedí.
Volví a acercarme.
La mujer del espejo hizo exactamente lo mismo.
—No.
Era preciosa.
Eso era indiscutible.
Cabello plateado.
Ojos violeta.
Piel perfecta.
Cintura diminuta.
Rostro delicado.
Parecía alguien que jamás había tenido que preguntarse si podía pagar el envío antes de comprar algo por internet.
Pero yo conocía ese rostro.
Lo había visto en ilustraciones.
Muchas veces.
Demasiadas.
—No.
Toqué el espejo.
La mujer hizo lo mismo.
—No, no, no.
Me aparté.
—Despierta.
Cerré los ojos.
—Despierta.
Los abrí.
Seguía allí.
—DESPIERTA.
Nada.
Me pellizqué.
—¡Ay!
Me golpeé suavemente la frente contra el espejo.
—Despierta.
Otra vez.
—Despierta.
Una tercera.
—Vamos, cerebro. Colabora.
—¡Su Majestad!
Di un salto.
Las puertas se abrieron.
Tres mujeres entraron corriendo.
Me quedé con la frente apoyada contra el espejo.
Ellas me miraron.
Yo las miré.
Nadie dijo nada.
Finalmente, una preguntó:
—¿Se encuentra bien, Su Majestad?
—Perfectamente.
Miré mi reflejo.
—Estoy golpeando mi cabeza contra un espejo a las...
Miré alrededor buscando un reloj.
No había.
Claro.
—...a la hora que sea, pero perfectamente.
Las tres criadas intercambiaron miradas.
Genial.
Cinco minutos en otro mundo y ya había conseguido que el servicio creyera que estaba loca.
Un récord personal.
—¿Qué día es hoy?
Una de ellas parpadeó.
—El decimocuarto día del mes de Aster, Su Majestad.
Aster.
Sentí algo extraño en el estómago.
—¿Y dónde estoy?
Ahora sí parecieron preocupadas.
—En sus aposentos del Palacio Imperial.
Palacio.
Imperial.
Su Majestad.
Cabello plateado.
Ojos violeta.
No.
Me negaba.
Había miles de mundos ficticios.
Millones.
¿Por qué tenía que ser precisamente ese?
—¿Cómo me llamo?
La criada palideció.
—Su Majestad...
—¿Su majestad... Qué más?
—Serena Valmont.
Cerré los ojos.
Por supuesto.
Claro.
Fantástico.
De todas las mujeres ficticias posibles, había despertado como la única que sabía exactamente cuándo iba a morir.
Abrí los ojos.
—Necesito volver a dormir.
Me dirigí hacia la cama.
Quizás si dormía despertaría en mi cuerpo.
Eso tenía lógica.
Bueno.
No tenía ninguna lógica.
Pero tampoco tenía alternativas.
Me metí bajo las mantas.
—Que nadie me moleste.
Las criadas se quedaron inmóviles.
—Su Majestad...
—Estoy ocupada intentando regresar a mi dimensión.
Silencio.
—Quise decir dormir.
Una inclinó la cabeza.
—Pero el emperador...
—Especialmente él.
Las tres parecieron haber visto un fantasma.
Me detuve.
—¿Qué?
Nadie respondió.
No entendía por qué.
Hasta que recordé que Serena Valmont aprovechaba cualquier oportunidad disponible para ver a su marido.
Probablemente si Kael estornudaba, ella aparecía con tres médicos y un pañuelo bordado con sus iniciales.
—Olvídenlo. Fuera.
Se marcharon.
Me cubrí hasta la cabeza.
Cerré los ojos.
Respiré.
Voy a despertar.
Voy a despertar.
Voy a despertar.
No sé cuánto tiempo pasó.
Cuando volví a abrir los ojos... seguía allí.
—Mierda.
Me senté.
Entonces escuché algo.
Miau.
Me congelé.
No.
Había imaginado eso.
Miau.
Giré lentamente hacia la ventana.
Un gato negro estaba sentado sobre el alféizar.
Mi corazón se detuvo.
—¿Salem?
El gato ladeó la cabeza.
Tenía una pequeña mancha blanca bajo el cuello.
Exactamente igual.
Me bajé de la cama tan rápido que casi volví a caer.
—¿Salem?
Se metió por la ventana.
Corrí hacia él.
Lo levanté.
—¡SALEM!
El gato protestó mientras yo lo abrazaba contra mi pecho.
—¡Eres tú!
Miau.
—¿También moriste?
Salem me miró.
—No. Espera. ¿Moriste por mi culpa?
Me miró todavía más.
—No me juzgues. Estoy atravesando una crisis.
Entonces una idea me golpeó.
Morir.
Yo había...
Me vi caminando hacia la cocina.
El mareo.
El escritorio.
El suelo acercándose.
Oscuridad.
Mi sonrisa desapareció.
—Yo morí.
Salem comenzó a ronronear.
Me dejé caer sobre la cama.
Había muerto.
No estaba soñando.
No estaba hospitalizada.
No estaba alucinando.
Había muerto en mi mundo y despertado dentro de La rosa del emperador.
Como Serena Valmont.
—Esto es malo.
Miau.
—Muy malo.
Miau.
—Gracias por tu aporte.
Las puertas se abrieron.
Salem saltó de mis brazos.
Tres criadas inclinaron inmediatamente la cabeza.
Y detrás de ellas apareció un hombre.
Alto.
Cabello negro.
Uniforme imperial.
Ojos grises.
Rostro irritantemente perfecto.
Sentí que se me secaba la boca.
No.
Por favor.
Cualquier otro.
El jardinero.
El cocinero.
Un señor cualquiera que pasara por allí.
Pero no.
Kael Draven entró en mi habitación.
Mi esposo.
Bueno.
El esposo de la mujer cuyo cuerpo había ocupado.
Y futuro responsable de separar mi cabeza del resto de mi anatomía.
Sus ojos recorrieron la habitación.
El jarrón roto.
Las mantas tiradas.
Mi cabello desordenado.
Mi mejilla roja por haberme golpeado a mí misma.
Luego vio al gato negro sentado tranquilamente sobre una silla.
Finalmente me miró.
—¿Qué estás haciendo?
Excelente pregunta.
—Nada.
Sus ojos se entrecerraron.
Probablemente era la respuesta menos convincente de la historia.
—Escuché que te encontrabas mal.
—Estoy estupenda.
—Te golpeaste contra un espejo.
Miré a las criadas.
Traidoras.
Kael avanzó.
Yo retrocedí automáticamente.
Se detuvo.
Silencio.
Sus ojos bajaron hasta la distancia que acababa de crear entre nosotros.
Algo cambió en su expresión.
Claro.
Serena jamás se alejaba de Kael.
Ella estaba obsesionada con él.
Yo estaba obsesionada con conservar todos mis órganos unidos.
Objetivos diferentes.
—¿Serena?
Y entonces la fecha regresó a mi cabeza.
Decimocuarto día de Aster.
Elena llegaría pronto a la capital.
Después vendrían los celos.
Las acusaciones.
El veneno.
El juicio.
La sentencia.
Y exactamente seis meses después...
mi ejecución.
Miré a Kael.
Después miré mi cuello en el espejo.
Volví a mirarlo.
No.
Ni hablar.
Yo ya había muerto una vez.
No tenía intención de convertirlo en costumbre.
Solo necesitaba evitar la historia.
Alejarme de Elena.
Alejarme de los problemas.
Y, sobre todo... alejarme del hombre que algún día ordenaría mi ejecución.
Solo había una solución.
Una maravillosa, sencilla y absolutamente obvia solución.
Miré a mi flamante esposo.
Tenía que salir de ese matrimonio.