Vladimir Volstok murió después de dedicar toda su vida a su familia.
Fue el hijo perfecto. El hermano que siempre sacrificaba todo por Raúl, el elegido de la familia y el héroe destinado a tenerlo todo. Pero cuando llegó su final, Vladimir descubrió la verdad: su bondad solo había servido para que todos lo utilizaran.
Entonces el destino le ofreció una segunda oportunidad.
Pero no regresaría como Vladimir Rojas.
Regresaría como Vladimir Volstok: el villano de la historia.
Su misión era sencilla: destruir a todos los héroes.
Vladimir aceptó con una sonrisa.
Porque él conocía el futuro.
Sabía quiénes serían los héroes, quiénes serían sus aliados, qué mujeres amarían y qué oportunidades los convertirían en leyendas.
Y decidió robárselo todo.
Su primera jugada será Miranda, la novia de Raúl.
Primero le robará su amor.
Después, su futuro.
Y cuando Raúl descubra que Miranda espera un hijo de Vladimir, comprenderá demasiado tarde qu
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El Sacrificio del Tonto y el Pacto en Sombras
El sonido rítmico y estridente del monitor cardíaco marcaba los últimos instantes en la vida de Alex Rojas. El aire de la pequeña habitación de hospital olía a una mezcla sofocante de antiséptico barato, carne chamuscada y muerte. Con cada respiración superficial, un dolor punzante le desgarraba el pecho; sus pulmones estaban colapsados por la inhalación de humo tóxico y más del ochenta por ciento de su piel yacía destruida por horribles quemaduras de tercer grado.
Apenas tres días atrás, la majestuosa mansión de la familia Rojas había sido devorada por un incendio feroz e implacable. Cuando las llamas rodearon la estructura, Alex no pensó en su propia seguridad. Guiado por un amor incondicional y una nobleza ciega, se lanzó de cabeza al infierno para salvar a su familia. Uno a uno, los sacó de entre las cenizas: a su padre, a su madre, a su hermana menor e incluso a Miranda, la hermosa mujer de la que siempre estuvo enamorado en silencio y que era la prometida de su hermano mayor.
Sin embargo, cuando la última viga del techo cediós sobre Alex, sepultándolo en una trampa de brasas ardientes, nadie regresó a buscarlo. Afuera, su familia celebraba estar a salvo mientras él luchaba por respirar bajo los escombros. Fue rescatado horas más tarde por los bomberos, cuando el daño en su cuerpo ya era irreversible.
Desde la pequeña pantalla colgada en la pared de su cuarto de hospital, Alex contemplaba el noticiero con la visión borrosa por el sufrimiento. Allí estaba su hermano, Raúl Rojas. Impecable, peinado, vistiendo un traje elegante frente a las cámaras de televisión y ofreciendo una entrevista conmovedora. Raúl lloraba con perfecta precisión dramática, autoproclamándose el "héroe trágico" que había arriesgado todo para mantener unida a su familia, acaparando el crédito, la compasión pública y las luces de la prensa.
Toda la vida de Alex había sido una repetición constante de esta misma injusticia. Había trabajado jornadas agotadoras para pagar las deudas de su padre, cubrió cada fallo de sus hermanos y ofreció su juventud como un sirviente invisible. Para la familia Rojas, Alex solo era una herramienta útil; para su hermano Raúl, un escalón sobre el cual erigirse como el hombre perfecto; y para Miranda, un sujeto insignificante eclipsado por el brillo del carismático Raúl.
Una lágrima amarga y caliente se deslizó por la mejilla calcinada de Alex, perdiéndose entre las vendas manchadas de sangre.
—Fui un imbécil... —susurró con un hilo de voz destrozado que apenas raspaba sus cuerdas vocales quemadas—. Entregué mi vida por monstruos... Si tuviera una oportunidad más... no sería bueno con nadie. Los haría pagar a todos... con la misma crueldad con la que destruyeron mi existencia.
En el instante preciso en que la última palpitación de su corazón amenazó con detenerse, la realidad se fracturó.
El pitido continuo del monitor cardíaco se congeló. La luz del cuarto se apagó violentamente y una densidad gélida, sofocante y sobrenatural inundó las cuatro paredes. Las sombras del rincón más oscuro comenzaron a retorcerse, condensándose hasta moldear la figura de un espectro imponente con ojos de fuego azabache.
—¿Estás seguro de que tomarías venganza contra aquellos a quienes una vez quisiste? —resonó una voz cavernosa y distorsionada que hizo retumbar los cimientos del hospital.
Alex sintió cómo su alma se desprendía de la carne podrida que yacía en la cama. Miró a la entidad oscura sin un solo temblor, con la mirada ardiendo en un odio puro e inquebrantable.
—Lo haré —aseguró, pronunciando cada palabra con una determinación de hierro—. Los trataré con la misma crueldad sin piedad con la que me destruyeron a mí.
El espectro esbozó una sonrisa macabra que cortó la penumbra.
—Bien. Que el pacto quede sellado...