⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Cenizas de la infancia
Dicen que los recuerdos de la infancia se guardan como tesoros. Las risas en los cumpleaños, las travesuras de verano, los secretos compartidos bajo las sábanas.
En mi caso, los recuerdos de mi infancia con Liam Black olían a pólvora y a advertencias.
Nuestras familias llevaban años siendo amigas, obligándonos a compartir cenas los domingos, veranos enteros y fiestas donde éramos los únicos dos adolescentes que preferían matarse con la mirada antes que fingir una sonrisa para los adultos. De niños nos quitábamos los juguetes; de adolescentes, nos arrancábamos el aire.
Y ahora, a los veintiún años, el resultado era este: una catástrofe en cámara lenta de la que ninguno de los dos sabía cómo escapar.
-Zoé, por última vez, deja de mirar la puerta como si esperaras que apareciera un fantasma -me siseó mi amiga al oído, sacudiéndome del brazo en medio de la música ensordecedora del club.
-No estoy esperando a nadie -mentí con los dientes apretados, aferrándome a mi vaso de vodka como si fuera un chaleco salvavidas.
Mentira.
Lo había estado buscando con la mirada desde el maldito momento en que crucé la entrada. Porque con Liam era así: un instinto animal, una picazón en la nuca que te avisa cuando el depredador está cerca.
Y entonces, lo vi.
Estaba recostado contra una de las columnas oscuras del fondo, con esa postura displicente y la mandíbula marcada que ya me conocía de memoria. Llevaba la misma chaqueta de cuero desgastada que solía tirar en el suelo de mi habitación en aquellas madrugadas prohibidas donde el odio y la culpa se fundían en otra cosa. Nuestros ojos chocaron a través de la penumbra y el humo.
Ninguno desvió la mirada. ¿Para qué? Si éramos expertos en desafiarnos.
Los recuerdos me golpearon de golpe: Liam a los diez años rompiéndome el dibujo favorito solo para ver cómo lloraba; Liam a los dieciséis besándome en el asiento trasero de un auto con tanta desesperación que nos habíamos dejado marcas que duraron días; Liam a los veinte diciéndome que yo era lo peor que le había pasado en la vida, justo antes de besarme otra vez.
El pecho se me contrajo. Separados éramos dos adictos en rehabilitación sufriendo el síndrome de abstinencia, temblando en silencio, odiando la soledad. Pero juntos... juntos éramos dinamita pura.
Liam se apartó de la columna. Empezó a caminar hacia mí con paso lento, felino, ignorando a todos los que se cruzaban en su camino. El mundo a mi alrededor pareció silenciarse, reduciéndose al sonido de sus botas contra el suelo y al tic-tac furioso de mi propio corazón.
Se detuvo a apenas unos centímetros de distancia. Su perfume -madera, tabaco y ese olor a tormenta que siempre lo acompañaba- me envolvió como un abrazo asfixiante.
-Te ves fatal intentando fingir que me has superado, Miller -su voz era un susurro ronco, áspero, cargado de esa familiar burla que siempre sacaba mi peor versión.
Levanté la barbilla, sintiendo cómo el orgullo me quemaba en las venas. Los años pasaban, las peleas empeoraban, pero él seguía siendo exactamente el mismo veneno.
-Y tú te ves ridículo creyendo que me importas lo suficiente como para fingir, Black -escupí con la misma dulzura con la que se clava un puñal.
La sonrisa arrogante de Liam se desvaneció un segundo, reemplazándose por ese brillo oscuro y peligroso que yo conocía demasiado bien. El monstruo que ambos habíamos alimentado durante años acababa de despertar.
-No te queda bien el papel de niña desentendida, Zoé -replicó Liam, dando un paso más hacia mí, invadiendo el poco espacio personal que nos quedaba. Su voz bajó una octava, volviéndose un murmullo áspero que solo yo podía escuchar por encima de los bajos de la música-. Especialmente cuando sé exactamente qué estabas pensando en cuanto entre por esa puerta.
Apreté los dedos alrededor del vaso con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Tenía razón, y eso era lo que más me jodia.
-Estás delirando, Black -siseé, dando un paso al frente para no mostrar debilidad-. Lo único que pienso es en lo mucho que me arrepiento de haber venido a este maldito lugar sabiendo que te encontraría oliendo a patetismo.
Su mandíbula se tensó hasta marcarse con rudeza. El destello en sus ojos oscuros cambió de inmediato; pasó de la burla a esa chispa peligrosa y posesiva que me advertía que estaba cruzando la línea. Pero a mí ya no me importaba. Nos encantaba tocar el fuego solo para ver quién se quemaba primero.
-¿Patético? -repitió él con una sonrisa fría y torcida-. ¿Quieres hablar de patético? ¿Quieres que le recuerde a todo el mundo lo que hacías llorando en mi auto hace exactamente tres semanas, suplicando que-
No lo dejé terminar.
La rabia me recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica. Sin pensarlo, levanté la mano y lo empujé con fuerza del pecho. Liam apenas retrocedió un par de centímetros, imperturbable, pero el acto bastó para que el hilo de paciencia que les quedaba a nuestros demonios se rompiera por completo.
-Cierra la maldita boca, Liam -le grité en la cara, perdiendo los estribos.
Él no se enojó. Al contrario, una sonrisa torcida y oscura se dibujó en sus labios antes de que me agarrara bruscamente de la muñeca. No me hizo daño, pero su agarre fue firme, inquebrantable, una cadena de hierro de la que sabía que no iba a soltarme.
-Aquí hay demasiado ruido -siseó, tirando de mí sin contemplaciones-. Vamos a hablar a otro lado.
-¡Suéltame! -le reclamé forcejeando, aunque mis piernas lo siguieron obedientes mientras me arrastraba fuera de la pista de baile, abriéndose paso a empujones entre la gente hacia la zona de los pasillos y las salidas de emergencia.
El aire frío de la parte trasera del club nos golpeó en la cara tan pronto como cerró la pesada puerta metálica tras nosotros. Estábamos a oscuras, solo iluminados por el parpadeo lejano de una luz de neón y rodeados por el silencio.
Me soltó la muñeca de golpe, como si quemara, y se pasó una mano por el cabello negro, respirando agitado. Yo me llevé la mano a la muñeca roja, mirándolo con puro fuego en los ojos.
-¿Estás loco? -le solté, dando un paso hacia él dispuesta a golpearlo otra vez-. ¿Qué demonios te pasa?
-Lo que me pasa es que estoy harto, Zoé -estalló él, dando un paso al frente con una brusquedad que me dejó sin aliento, acorralándome contra la fría pared de ladrillos-. Estoy harto, cada vez queterminamos matandonos cuando respiramos el mismo aire.
Me quedé sin aire. Su cuerpo estaba a apenas unos milímetros del mío, bloqueándome cualquier ruta de escape. Podía ver el reflejo de la luz de neón en sus ojos oscuros, dilatados por la adrenalina, y escuchar su respiración tan acelerada como la mía.
-Pues haberte quedado en tu casa -le contesté con la voz temblando de rabia, intentando mantener la fachada-. Nadie te obligó a venir aquí a buscarme.
-¿Buscarte? -soltó una risa amarga, corta y sin humor, apoyando una mano en la pared justo al lado de mi cabeza-. Eres tú la que aparece en cada maldito pensamiento mío, Zoé. Separados somos una bomba de tiempo, y lo sabes. ¿Por qué mierda sigues negándolo?
-¡Porque tú me destruyes, Liam! -le grité a la cara, estallando por fin, dejando salir todo el dolor y la frustración que llevaba años tragándome-. Cada vez que estoy contigo termino hecha pedazos. Me prometo a mí misma que es la última vez que te miro, la última vez que te hablo... pero eres una maldita droga de la que no sé cómo limpiar mi sistema.
Las palabras colgaron en el aire frío, pesadas y desnudas.
El rostro de Liam cambió de golpe. Toda la furia y la prepotencia se desvanecieron en una fracción de segundo, reemplazadas por esa misma desesperación oscura que me devoraba por dentro. Sus ojos bajaron por un segundo a mis labios y luego volvieron a clavarse en los míos con una intensidad que rozaba la locura.
-Yo tampoco sé cómo salir de esto, Zoé -su voz ya no era un grito ni una burla; era un ruego disfrazado de veneno-. Y me jode tanto... me jode tanto quererte de esta manera.
Antes de que pudiera procesar lo que había dicho, antes de que pudiera levantar la guardia o insultarlo otra vez, Liam acortó la distancia de golpe.
Sus labios chocaron contra los míos con una fuerza desesperada, hambrienta, casi violenta. No era un beso tierno; era un choque de bocas cargado de todo el resentimiento, las lágrimas no derramadas, los celos y la abstinencia acumulada de semanas enteras. Mis manos, por instinto, se clavaron en las solapas de su chaqueta de cuero, tirando de él con la misma urgencia, mientras su mano grande se deslizaba por mi nuca, aferrándome como si temiera que fuera a desaparecer si aflojaba el agarre.
Sabía que estaba mal. Sabía que al día siguiente nos arrepentiríamos, que las heridas se abrirían de nuevo y que este maldito ciclo nos arrastraría otra vez al fondo.
Pero en ese preciso instante, mientras el frío de la calle desaparecía bajo el fuego de su boca, me di cuenta de la verdad: nos encantaba destruirnos, porque no sabíamos querer de otra manera.