Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.
Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.
Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.
Pero cada viaje modifica algo.
Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.
Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.
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La invitación del magistrado
La invitación llegó una mañana lluviosa.
No era una orden.
Eso era lo inquietante.
Un mensajero vestido con los colores de la administración entregó una carta sellada.
Su Wan'er la recibió.
Leyó el exterior.
Después buscó a Lin Chen.
—Tenemos un problema.
—¿Qué pasó ahora?
Ella levantó la carta.
—El magistrado quiere verte.
Lin Chen dejó de escribir.
—¿Shen Rui?
—No.
—¿Quién?
—El magistrado.
Silencio.
—En persona.
Lin Chen tomó la carta.
La abrió.
El texto era cortés.
Demasiado.
El magistrado de Qinghe, magistrado Xu, solicitaba su presencia para una conversación privada al día siguiente.
No decía motivo.
—¿Puedo no ir?
Su Wan'er lo miró.
—Claro.
—Bien.
—Si quieres que la oficina entera venga a buscarte después.
Lin Chen suspiró.
—Entonces iré.
Esa noche casi no durmió.
No por miedo.
Por preparación.
Repasó cada posible pregunta.
Origen.
Cámara.
Mercancías.
Sal.
Agujas.
Espejos.
Dinero.
No podía improvisar demasiado.
Cada mentira añadía otra mentira.
Eso era peligroso.
Decidió utilizar la estrategia más simple posible.
Verdades incompletas.
Era comerciante.
Trabajaba con proveedores lejanos.
No revelaría rutas.
Algunos productos llegaban por intermediarios.
Intentaba producir localmente.
Pagaba impuestos.
Todo eso era cierto.
La oficina del magistrado era más grande que cualquier edificio que Lin Chen hubiera visitado en Qinghe.
No lujosa como un palacio.
Pero sí diseñada para recordar a quien entraba quién tenía autoridad.
Guardias.
Funcionarios.
Patios.
Escribas.
Lin Chen esperó casi media hora.
Después Shen Rui apareció.
—Llegó.
—Me invitaron.
—Pensé que inventaría una enfermedad.
—Lo consideré.
Shen Rui casi sonrió.
—Sígame.
El magistrado Xu era diferente de lo que Lin Chen esperaba.
No era viejo.
Quizá cuarenta y cinco años.
Delgado.
Rostro tranquilo.
Vestía ropa oficial sencilla.
Estaba leyendo documentos cuando Lin Chen entró.
—Comerciante Lin.
Lin Chen hizo la reverencia adecuada.
Había practicado.
—Magistrado Xu.
—Siéntese.
Lin Chen obedeció.
Shen Rui permaneció de pie a un lado.
El magistrado cerró el documento.
—He escuchado mucho sobre usted.
—Espero que algunas cosas sean buenas.
—Algunas.
Silencio.
Xu tomó una aguja.
Otra vez.
Lin Chen empezaba a odiarlas.
—¿La reconoce?
—Sí.
—Dicen que tiene mejores.
—Sí.
—Pero ha reducido su venta.
—Estamos desarrollando producción local.
El magistrado asintió.
—Eso me interesa.
Lin Chen no esperaba esa respuesta.
—¿Por qué?
—Porque Qinghe importa demasiadas cosas.
Ah.
No se trataba únicamente de investigar.
Xu continuó.
—Hierro trabajado. Telas finas. Algunas herramientas. Medicinas. Papel de calidad. El dinero sale de la ciudad.
Lin Chen escuchaba.
—Si puede mejorar producción aquí, eso es útil.
Shen Rui miró a Lin Chen.
El mensaje era claro.
La administración no necesariamente era enemiga.
Pero tampoco amiga.
—Estoy haciendo pruebas.
—Con Qiao.
Lin Chen no mostró sorpresa.
Ellos sabían.
Claro que sabían.
—Sí.
—También jabón.
—Sí.
—Y alquiló un espacio fuera de la ciudad.
—Correcto.
Xu juntó las manos.
—¿Qué quiere hacer realmente en Qinghe?
Era probablemente la pregunta más peligrosa hasta ahora.
Lin Chen respondió con cuidado.
—Ganar dinero.
El magistrado soltó una risa corta.
Shen Rui también pareció sorprendido.
—Al menos es honesto.
—No tendría sentido mentir sobre eso.
—¿Solo dinero?
Lin Chen pensó.
—Quiero construir una empresa estable.
—¿Qué tan grande?
—No lo sé todavía.
Xu lo observó.
—Esa respuesta me preocupa más.
Silencio.
Después el magistrado cambió de tema.
—No me interesa descubrir cada secreto comercial que tenga.
Lin Chen no relajó la postura.
—Pero sí me interesa saber si representa un riesgo.
—Entiendo.
—Armas.
Ahí estaba.
—No vendo armas.
—¿Puede conseguirlas?
Lin Chen sintió un escalofrío.
Pregunta cuidadosa.
—Todo comerciante puede comprar cuchillos.
—No hablo de cuchillos.
Lin Chen sostuvo la mirada.
—Entonces no.
No era completamente cierto.
Podía conseguir armas modernas.
Pero jamás admitiría eso.
Xu lo estudió.
Finalmente asintió.
—Bien.
Después tomó otro documento.
—Hay otra razón por la que lo llamé.
—¿Cuál?
—La cosecha.
Lin Chen frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—Las lluvias han sido irregulares en varias aldeas.
—¿Hay escasez?
—Todavía no.
Esa palabra era importante.
Todavía.
—Pero los precios del grano han empezado a subir.
Lin Chen recordó el plan original de su novela mental.
Grano.
Crisis.
Monopolio.
Pero eso todavía no estaba ocurriendo.
No debía adelantarse.
—¿Qué quiere de mí?
—Nada por ahora.
Xu dejó el documento.
—Solo quiero saber si su misteriosa Cámara comercializa alimentos.
Lin Chen respondió despacio.
—Podría investigarlo.
No prometió nada.
Eso era importante.
El magistrado asintió.
—Hágalo.
La reunión terminó poco después.
Fuera del edificio, Shen Rui acompañó a Lin Chen hasta el patio.
—Lo hizo mejor de lo que esperaba.
—Gracias.
—No fue cumplido.
—Entonces deja de decir cosas que lo parecen.
Shen Rui lo ignoró.
—El magistrado no confía en usted.
—Eso sí lo parece.
—Pero cree que puede ser útil.
Lin Chen sonrió ligeramente.
—Eso es mejor que ser sospechoso inútil.
Shen Rui lo miró.
—No se confíe.
—No lo haré.
Cuando Lin Chen regresó al Pabellón, Su Wan'er casi corrió hacia él.
—¿Qué pasó?
—No me arrestaron.
—Eso lo veo.
—Entonces fue bien.
—Lin Chen.
Él dejó de bromear.
—Preguntó sobre producción.
—¿Y?
—Le interesa.
—¿Eso es bueno?
—Puede ser.
—¿Qué más?
Lin Chen dudó.
—Grano.
La expresión de Su Wan'er cambió.
—¿Qué pasa con el grano?
—Los precios están subiendo.
Ella frunció el ceño.
—Eso ya lo escuché.
—¿Mucho?
—Todavía no.
Otra vez aquella palabra.
Todavía.
Lin Chen caminó hacia la mesa.
No debía reaccionar exageradamente.
Una subida de precio no significaba hambruna.
Podía ser temporal.
Podía normalizarse.
Necesitaba datos.
No intuición.
—Quiero precios de grano de las últimas semanas.
—¿Para qué?
—Para entender si es un problema real.
—¿Y si lo es?
Lin Chen miró hacia la puerta.
—Entonces veremos qué podemos hacer.
No dijo:
compraré toneladas del futuro.
Porque todavía no podía.
Ni logística.
Ni permisos.
Ni explicación.
Ni capacidad para mover semejante volumen sin revelar demasiado.
Si llegaba una crisis, tendría que actuar con inteligencia.
No como un hombre con un portal ilimitado.
Sino como un comerciante pequeño intentando convertirse en algo más.