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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:310
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

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3

El primer interrogatorio

La mañana llegó sin sol. Solo una claridad gris que se filtraba entre las nubes bajas y convertía el valle en un lugar sin sombras nítidas. Fray Tomás había mandado preparar la antigua casa del cura como sala provisional de interrogatorios. Habían quitado los muebles, dejado solo una mesa tosca, dos bancos y un brasero donde ardían carbones. El humo del brasero no conseguía disimular del todo el olor a ceniza que ya parecía impregnar las paredes.

El Hermano Mateo entró arrastrando los pies. Traía bajo el brazo un cuaderno de actas y un tintero. Su rostro estaba más hundido que el día anterior. Bajo los ojos tenía ojeras negras, como si no hubiera dormido en semanas, aunque Fray Tomás sabía que había permanecido en vela la mayor parte de la noche rezando.

—Traed a la mujer

ordenó Fray Tomás.

Dos campesinos del pueblo, obligados a servir de guardias, entraron con la Vieja entre ellos. No la sujetaban con fuerza. Ella caminaba erguida a pesar de la edad, con los pies descalzos manchados de tierra negra. La sentaron en el banco frente a la mesa. Fray Tomás se colocó al otro lado. Mateo se sentó a su derecha, con la pluma temblando entre los dedos.

—Nombre completo

dijo Fray Tomás.

—Me llaman la Vieja de Albarracín. Antes me llamaban María. Ya nadie usa ese nombre.

—Edad.

—Más de setenta. Dejé de contar cuando enterré al último de mis hijos.

—¿Habéis practicado artes prohibidas? ¿Habéis invocado espíritus? ¿Habéis dado hierbas o polvos con intención de causar daño?

La mujer miró el brasero. El resplandor de los carbones le dibujó las arrugas profundas de la cara.

—He dado hierbas para la tos, para el dolor de tripas y para que las mujeres no sangren demasiado después del parto. He hablado con los que se fueron porque ellos todavía hablan. Eso no es arte prohibida. Es lo que queda cuando la tierra se niega a guardar callados a los muertos.

Fray Tomás inclinó la cabeza hacia Mateo. El novicio escribió con letra temblorosa.

—La hija de Isabel de la Vega tosió ceniza negra hasta morir. ¿Le disteis vos esa sustancia?

—Le di una infusión de tomillo y una raíz que crece junto al arroyo. No era ceniza. La ceniza la trajo ella misma de dentro. Como la están trayendo ahora otros.

—¿Quiénes?

La Vieja sonrió con la boca vacía.

—Preguntad al novicio. Él ya tiene el sabor en la lengua. Preguntad al caballero que bebe para no sentir el ardor. Preguntad a los que aún no han empezado a toser pero ya sueñan con bocas abiertas.

Mateo dejó de escribir. La pluma quedó suspendida sobre el papel. Fray Tomás lo miró de reojo. El joven tenía una fina línea negra en el borde de los labios, como si se hubiera limpiado la boca con el dorso de la mano después de escupir algo oscuro.

—Continuad escribiendo

ordenó Fray Tomás con voz seca.

El interrogatorio se alargó durante casi dos horas. La Vieja no negó haber estado presente cuando murieron varios de los once. No negó haber tocado los cuerpos. No negó haber dicho palabras en voz baja junto a las tumbas. Pero cada respuesta la devolvía al mismo punto: la ceniza no era suya. Venía de debajo. De un círculo que se había abierto hacía tiempo y que ahora se estaba cerrando otra vez.

Cuando terminaron, Fray Tomás ordenó que la dejaran bajo custodia en una habitación sin ventanas de la misma casa. Los dos campesinos la llevaron. Al salir, uno de ellos se limpió las manos en la túnica como si hubiera tocado algo que quemaba. Quedaron solos Fray Tomás y Mateo. El brasero chisporroteaba. El olor a ceniza era más fuerte ahora que cuando empezó el interrogatorio.

—Mostradme la lengua

dijo de pronto Fray Tomás.

Mateo levantó la vista, asustado. Obedeció. La lengua era de un color grisáceo, con una fina capa de polvo oscuro en el centro que no se quitaba aunque el joven pasó la saliva varias veces.

—¿Cuándo empezó?

—Anteanoche. Después de limpiar el sagrario. Primero fue solo el sabor. Después la tos. Ahora… ahora siento como si algo se moviera debajo de la lengua cuando hablo.

Fray Tomás no contestó. Se levantó y caminó hasta la única ventana. Afuera el pueblo seguía muerto. Solo se veía a Don Rodrigo de Mendoza sentado en el umbral de una casa lejana, con una bota de vino entre las manos. Bebía a sorbos cortos, como si cada trago le quemara la garganta. Por la tarde hicieron traer a Isabel de nuevo. Esta vez trajo consigo un pequeño fardo envuelto en tela gruesa. Dentro había una camisa de niña, un peine de madera y un trozo de pan duro que la pequeña había dejado a medio comer el día antes de morir. Fray Tomás examinó cada objeto. En la camisa, cerca del cuello, había una mancha circular de color negro que no era sangre. En el peine se habían quedado enredados cabellos finos mezclados con polvo gris. El pan, al partirlo, soltó un pequeño montículo de ceniza que se derramó sobre la mesa.

Isabel no lloró. Solo miró los objetos como si ya no le pertenecieran.

—La enterramos lejos del arroyo, como dijo la Vieja

murmuró.

—Pero al tercer día la tierra se hundió un poco. Mis hermanos fueron a mirar. Dijeron que la losa estaba caliente. No quisieron abrir.

Fray Tomás tomó nota. Mateo escribía con la cabeza gacha, evitando mirar la ceniza del pan.

Cuando Isabel se fue, el dominico mandó llamar a Don Rodrigo. El caballero entró cojeando ligeramente. Olía a vino y a sudor enfermo. Se sentó sin que se lo indicaran y apoyó los codos en la mesa.

—Ya no puedo dormir

dijo sin que le preguntaran.

—Cada vez que cierro los ojos veo el pozo. Ella está allí. Sin pies. Con la boca llena. Anoche intenté acercarme en el sueño. Metí la mano. Saqué un puñado de ceniza caliente. Me desperté con la palma quemada. Mostró la mano derecha. En el centro de la palma tenía una marca circular rojiza, como si hubiera agarrado un carbón. Fray Tomás la examinó en silencio. No era una quemadura normal. Los bordes estaban negros y el centro tenía el mismo tono grisáceo de la ceniza que había encontrado en el altar.

—¿Habéis tocado a alguno de los muertos?

—Solo a mis peones. Los ayudé a enterrar. Uno de ellos… cuando lo bajamos a la fosa, la boca se le abrió sola y soltó un soplo de polvo negro que nos llegó a la cara. Los otros dos empezaron a toser al día siguiente. Yo empecé anoche.

El interrogatorio de Don Rodrigo fue más corto. El hombre estaba dispuesto a decir cualquier cosa con tal de que alguien le quitara el sabor de la boca. Ofreció de nuevo dinero. Ofreció tierras que ya no eran suyas. Fray Tomás lo despidió con la misma frialdad de siempre. Al caer la noche el dominico se quedó solo en la sala de interrogatorios. El brasero se había apagado. Solo quedaban brasas rojas bajo la ceniza blanca del carbón. Mateo había ido a rezar a la iglesia. Fray Tomás escuchó sus pasos alejarse y después el silencio.

Se acercó a la mesa. Allí seguían los objetos de la niña y el trozo de pan. La ceniza del pan se había extendido un poco, formando un círculo imperfecto sobre la madera. Fray Tomás extendió el dedo índice y tocó el borde. El polvo se le pegó a la piel. Intentó soplarlo. No se movió. Frotó con fuerza contra el hábito. La mancha permaneció.

Entonces oyó el sonido. No venía de fuera. Venía de debajo de la mesa, o de las tablas del suelo. Un roce suave, como de uñas o de dedos secos arrastrándose. Después una tos. Seca. Infantil.

Fray Tomás se agachó. No había nada. Solo la oscuridad bajo la madera. Pero el olor a ceniza se intensificó de golpe, tan denso que le obligó a cubrirse la boca y la nariz con la manga.

Se enderezó. El círculo de polvo sobre la mesa se había agrandado. Ahora tenía el tamaño de un plato. Y en el centro, donde antes no había nada, había una pequeña depresión, como si algo hubiera presionado desde abajo. Fray Tomás retrocedió hasta la pared. El corazón le latía con fuerza irregular. Por primera vez desde que llegó al valle admitió, en el silencio de su mente, que el miedo ya no era solo una herramienta del oficio. Era algo que se le había metido dentro, del mismo modo que la ceniza se le había metido bajo la uña del dedo y no había forma de sacarla.

Fuera, en la iglesia, el Hermano Mateo empezó a toser. La tos resonó a través de las piedras, seca y persistente, como si intentara expulsar algo que se negaba a salir.

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GENESIS YEPES
.BUSANDO HISTORIA
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