Hace doscientos años, el Sistema Solar comenzó a desaparecer. Uno a uno, sus planetas fueron derrotados en el Torneo Galáctico de Federaciones, condenando a millones de habitantes a la esclavitud. Hoy, solo la Tierra sigue con vida.
Marcus Bandeira, entrenador de la Federación del Sistema Solar, recibe una misión imposible: reunir a los descendientes de Marte, Venus, Mercurio, Saturno, Urano y otros mundos desaparecidos para formar un equipo capaz de desafiar al invencible Rhusthym Kar, pentacampeón durante cincuenta años.
No juegan por un trofeo.
No juegan por la gloria.
Juegan para impedir que la Tierra desaparezca para siempre.
En un universo donde cada derrota borra miles de vidas y cada victoria compra un poco más de tiempo, once jugadores descubrirán que vencer al mejor equipo de la galaxia exige mucho más que talento.
Exige demostrar que incluso un planeta condenado todavía puede luchar por su último partido.
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El último partido
«Recordemos, queridos aficionados... que, según las reglas de este torneo intergaláctico de fútbol... la Tierra solo tiene esta oportunidad para ganar.»
La voz del comentarista principal hizo una pausa dramática. El estadio entero contuvo el aliento.
«Si pierden... la Tierra perderá diez mil quinientos diez habitantes de su planeta.»
Pausa.
«Pero actualmente... sabemos que no quedan más de doscientos mil terrícolas viviendo en ese planeta. Después de haber ido perdiendo... junto con Marte... durante los últimos veinticinco años.»
La cámara hizo un barrido lento por el estadio orbital: un coliseo colosal, cuyas gradas se perdían en la oscuridad del espacio, iluminado por luces artificiales que simulaban un día eterno. Cientos de miles de espectadores llenaban las tribunas, y miles de millones más seguían la transmisión desde sus mundos.
«Entonces... ¿quién ganará?»
Silencio.
«¿El pentacampeón... el planeta Rhusthym Kar... perteneciente a la poderosa galaxia Omega?»
Aplausos ensordecedores.
«¿O el condenado a desaparecer... el planeta Tierra... del sistema solar?»
Silencio incómodo. Algunos abucheos.
«Definitivamente... este es un partido electrizante» —dijo el segundo comentarista, con la voz quebrada—. «Porque no solo jugamos por una copa... también jugamos por... la supervivencia.»
«Así es» —asintió el veterano, bajando la voz—. «Todos recuerdan lo que ocurrió hace veinte años. Marte perdió. Y desapareció.»
Larga pausa.
«Al igual que el resto de los planetas que conformaban el sistema solar. Urano cayó. Mercurio cayó. Venus cayó. Saturno cayó. Y ahora... la Tierra es la última superviviente de este sistema solar.»
La cámara enfocó la grada donde estaban los esclavos. Puños apretados. Rostros tensos.
«Si pierden hoy... el sistema solar dejará de existir.»
VESTUARIO DE RHUSTHYM KAR (GALAXIA OMEGA)
El vestuario de Rhusthym Kar era un palacio. Paredes de cristal inteligente que mostraban las estrellas, sofás de cuero sintético, pantallas holográficas repitiendo los mejores momentos de su camino hacia la final. Los jugadores de Rhusthym Kar charlaban entre sí, riendo, celebrando ya la victoria antes de que el partido siquiera comenzara.
—¿Vieron a esos terrícolas? —dijo uno de los defensas, ajustándose las botas de alta tecnología—. Parecen esqueletos con camiseta.
—No me sorprendería que alguno se desmaye en el primer minuto —rio otro, el capitán, un gigante genéticamente modificado con cicatrices de cirugías de rendimiento—. Omega nos dio la victoria en el momento en que aceptaron jugar.
—¿Diez mil quinientos diez habitantes? —murmuró otro, con una sonrisa cruel—. Si apenas llegan a doscientos mil. Después de este partido, les quedarán menos de ciento noventa mil. ¿Por qué siguen jugando?
—Por orgullo —dijo el entrenador de Rhusthym Kar, un hombre frío con ojos reptilianos—. Pero el orgullo no gana partidos. Nosotros ganamos con ciencia, con recursos, con disciplina. ¿Ellos ganan con qué? ¿Con lágrimas?
Rieron. Nadie en ese vestuario dudaba de la victoria. ¿Por qué dudar? Eran la élite. Eran Omega. Eran invencibles.
VESTUARIO DE LA FEDERACIÓN DEL SISTEMA SOLAR
El vestuario de la Tierra era una caja de metal oxidado. Las paredes estaban abolladas, la iluminación parpadeaba y el aire olía a sudor, linimento barato y miedo. Pero no había risas. No había arrogancia.
Había algo mucho más poderoso.
Había unidad.
Los jugadores estaban reunidos, muy juntos. No importaba el planeta de nacimiento. No importaba si eran terrícolas, marcianos, venusinos, saturninos, uranianos, neptunianos, plutonianos, mercurianos o descendientes de Ur. Todos perseguían el mismo objetivo: salvar al último planeta de su sistema solar.
Cerraron los ojos. Respiraron al unísono. Y entonces, con voz baja pero firme, dijeron:
—Luchar como uno. Defender como uno. ¡Arriba la Federación del Sistema Solar!
—¿Cuándo caeremos? —preguntó uno.
—Solo después de disparar la última bala —respondieron todos.
—¡RA! —gritaron, golpeándose el pecho con los puños.
La puerta del vestuario se abrió. En el umbral, recortado contra las luces del estadio, estaba Marcus Bandeira.
Marcus no era un hombre alto. No era un gigante genéticamente modificado. Era un hombre de cincuenta años, con el cabello canoso, el rostro surcado de arrugas de preocupación y los ojos cansados de quien ha visto caer demasiados mundos. Pero cuando hablaba, todos escuchaban.
—Ya conocen las alineaciones —dijo Marcus, con voz serena pero firme—. Ya saben lo que esperamos de ustedes. Pongan garra. Fuerza. Corazón. Que todos sepan que nuestro sistema no está muerto. Que está más vivo y más vibrante que nunca.
Los jugadores lo miraron. En sus ojos no había miedo. Había determinación.
—Entrenador —dijo Kendall, el defensa apodado «El Muro», con la insignia de Ur bordada y oculta bajo la camiseta de la Federación—, hoy no jugamos por nosotros. Jugamos por Marte. Por Venus. Por Saturno. Por Ur. Jugamos por todos los que cayeron antes que nosotros.
Marcus asintió. Tragó el nudo que se le formó en la garganta.
—Entonces salgan ahí fuera —dijo, con la voz quebrándose un instante antes de recobrar la compostura— y demuéstrenles que la Vía Láctea no se rinde.
—¡SÍ, ENTRENADOR! —gritaron todos al unísono.
Marcus los miró uno por uno. Vio a Darius, el capitán terrícola, con la camiseta de la Tierra sobre el corazón. Vio a Vex, el mediocampista venusino, con los ojos encendidos por la rabia de un pueblo que Omega había condenado a desaparecer. Vio a Riven, el delantero marciano, con la cicatriz en la ceja que le dejó un guardia de Omega cuando era niño. Vio a Kendall, el muro, con el pequeño emblema de Ur cosido por dentro de la camiseta.
Eran once.
Once supervivientes de un sistema que el universo ya había dado por muerto.
Pero eran los últimos.
Y los últimos ya no tienen nada que perder.
EL ESTADIO
El rugido del estadio fue ensordecedor cuando el equipo del Sistema Solar pisó el campo. Algunos aplaudieron por cortesía. Otros abuchearon. Pero en la grada donde estaban los esclavos, hubo un silencio respetuoso. Un silencio que decía: los vemos. Los recordamos. No están solos.
Del otro lado, el equipo de Rhusthym Kar salió como dioses. Camisetas relucientes, botas de última generación, cuerpos perfeccionados por la ciencia de Omega. Caminaban con la arrogancia de quien ya sabe que va a ganar.
Las pantallas gigantes del estadio comenzaron a encenderse una tras otra mientras una voz retumbaba por todo el coliseo.
«¡Y ahora, señoras y señores... la alineación titular de la Federación del Sistema Solar!»
Número 1.
Buffar.
Portero.
Planeta Mercurio.
Número 2.
Cholo Solís.
Lateral izquierdo.
Planeta Marte.
Número 3.
Maldek.
Defensa central.
Planeta Saturno.
Número 4.
Kendall.
Defensa central.
Planeta Saturno.
«El único descendiente conocido de la desaparecida Federación de Ur» —añadió el comentarista veterano, con la voz cargada de solemnidad.
«Increíble...» —respondió el joven, casi en un susurro—. «Hoy representa al sistema que podría correr la misma suerte.»
Número 5.
Beckor.
Líbero.
Planeta Plutón.
Número 6.
Xaren.
Mediocentro defensivo.
Planeta Mercurio.
Número 7.
Tsubasa Cané.
Mediapunta.
Planeta Urano.
Número 8.
Vex.
Todocampista.
Planeta Venus.
Número 9.
Riven.
Delantero centro.
Planeta Marte.
Número 10.
Marado.
Enganche.
Planeta Tierra.
Número 11.
Darius.
Capitán.
Planeta Tierra.
El estadio respondió con una mezcla de aplausos, abucheos y un silencio respetuoso procedente de la zona donde se encontraban los esclavos de otros sistemas. Aquellos nombres representaban mucho más que un equipo de fútbol. Eran la última esperanza del Sistema Solar.
En el rincón más alejado del estadio, donde las luces apenas llegaban y los asientos no eran más que gruesas tablas de madera, ocurrió algo que nadie esperaba.
Un esclavo marciano se puso de pie.
Luego lo hizo una anciana venusina.
Después, un joven de Plutón.
Un viejo mercuriano alzó los puños al cielo.
Uno tras otro...
Toda la sección destinada a los esclavos se levantó.
Y entonces empezaron a gritar.
No lo hicieron en un solo idioma.
Cada uno vitoreó en la lengua de su mundo.
Era imposible entender las palabras.
Pero todos entendieron el mensaje.
«¡Federación Solar!»
«¡No se rindan!»
El estruendo fue tan grande que, por un instante, el resto del estadio dejó de existir.
Ni siquiera los aficionados de Rhusthym Kar lograron hacer tanto ruido.
Marcus levantó la mirada.
No conocía esos idiomas.
Pero por primera vez en muchos años...
El Sistema Solar ya no parecía estar solo.
El árbitro, un androide de Omega con ojos de luz roja, se colocó en el centro del campo. Levantó el balón.
—Caballeros —dijo, con voz metálica—, que comience el partido.
Marcus Bandeira, desde el banquillo, apretó los puños. En un bolsillo, la camiseta marciana de su padre. En el otro, el dibujo de la niña.
Respiró hondo.
Y sonó el silbato.
Así comenzó el último partido del Sistema Solar.
Pero para entender cómo un planeta condenado llegó a esa final... tenemos que remontarnos dos años atrás.