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MARIONETA

MARIONETA

Status: Terminada
Genre:CEO / Completas
Popularitas:594
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.

Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 1

El telón rojo se deslizó lentamente hasta desaparecer por completo, y el silencio se apoderó de la antigua sala de teatro, solo roto por el murmullo contenido de cientos de personas. En el centro del escenario, bajo el resplandor suave de los faroles que simulaban la luz de la luna, Antonia Valentini permanecía inmóvil, con el pecho agitado y los ojos brillantes por las lágrimas que acababa de derramar en su papel. Cuando pronunció su última frase, el público estalló en aplausos tan fuertes que vibraban las tablas bajo sus pies.

—¡Bravo! ¡Excelente! —gritaban muchos, de pie ya en sus asientos.

Antonia se inclinó una y otra vez, la sonrisa dulce pero cansada dibujada en sus labios. Sin embargo, entre toda esa multitud que la aclamaba, había una mirada distinta: fría, pesada, fija en ella como la de un depredador que ya ha elegido su presa. Buscó con la mirada a su familia en la primera fila, saludó a su madre y a Lorenzo, y luego sus ojos se cruzaron con los de un hombre sentado en el palco principal. No apartó la vista ni un segundo. Le heló la sangre.

En el palco, Aarón De Santis no se había movido. Sus manos descansaban rígidas sobre el borde de terciopelo, sus ojos oscuros seguían clavados en Antonia como si nadie más existiera en esa sala. A su lado, Irina Bellandi, su prometida, golpeó suavemente su brazo con el abanico de marfil que llevaba en la mano.

—¿Aarón? ¿Me escuchas? Te pregunté si te pareció tan extraordinaria como dicen todos —dijo ella, con una voz suave pero con un deje de fastidio apenas disimulado.

Él tardó unos segundos en responder, sin quitarle la vista a Antonia:

—Es… hipnótica.

—Es una actriz decente, nada más —replicó Irina, enderezando su postura y acomodando los brillos de su vestido—. Gracias a ti, este teatro podrá contratar mejores artistas. No sé qué le ves de tan especial.

Aarón giró lentamente la cabeza hacia ella, y su expresión se volvió tan dura como siempre:

—Ves solo lo que quieres ver, Irina. Ella no actúa. Ella es el personaje. Y quiero saberlo todo sobre ella.

Mientras tanto, detrás del escenario, el bullicio era total. Compañeros de reparto abrazaban a Antonia, la felicitaban, le ofrecían flores. Su amiga y directora, Carmen, la tomó del hombro con ojos brillantes de emoción.

—¡Lo hiciste magnífico, hija! ¡Nadie podría haber interpretado a Elena como tú!

—Gracias, Carmen —respondió Antonia, todavía un poco aturdida—. Solo… siento que me falta el aire. Hay alguien ahí fuera que no me quita los ojos de encima.

—¿Alguien en especial?

—Un hombre en el palco. Alto, cabello oscuro, mirada… terrible. ¿Es el nuevo patrocinador del que hablabas?

—¡Claro! ¡Aarón De Santis! —Carmen bajó la voz, con un gesto de respeto y temor—. Es el hombre más poderoso del país. Y dicen que también el más despiadado. No suele asistir a eventos así. Vino por insistencia de su prometida, Irina Bellandi. ¿Te ha dicho algo?

—Ni una palabra. Solo me mira. Como si ya me perteneciera.

Antonia se volvió al ver llegar a su hermano Lorenzo, corriendo entre los pasillos estrechos, seguido de cerca por su madre, que caminaba apoyada en su bastón, pero con una sonrisa radiante.

—¡Hermana! ¡Estuviste increíble! —gritó Lorenzo, abrazándola con fuerza—. ¡Te juró que sentí escalofríos cuando hablabas con la luna!

—Gracias, mi amor —dijo ella, besando su frente antes de acercarse a su madre—. ¿Cómo te sientes, mamá? ¿Te cansó mucho venir?

—Nada que no valga la pena por verte brillar —respondió la mujer, acariciando la mejilla de su hija—. Pero tienes razón, Antonia. Hay un hombre muy imponente mirándote desde el palco. No le quita el ojo.

Antonia tragó saliva, apretando las manos de su familia.

—Tranquilos. Solo es un espectador. Mañana todo volverá a ser como antes: medicinas, libros, ensayos… nada cambia.

Pero en ese momento, Aarón De Santis salía del palco, ordenando en voz baja a su asistente, sin dejar de mirar hacia el pasillo por donde acababa de desaparecer Antonia:

—Quiero su nombre completo. Su dirección. Su situación familiar. Cada detalle. Y no me hagas esperar.

—Sí, señor De Santis. ¿Alguna otra cosa?

—Sí —respondió él, con una media sonrisa helada—. Quiero saber qué precio tiene esa mujer. Porque lo que yo quiero… siempre lo consigo.

Mientras Irina escuchaba todo desde unos pasos atrás, apretando los dientes y entendiendo por primera vez que la amenaza no venía de fuera, sino del hombre que iba a casarse.

Los últimos aplausos se fueron apagando poco a poco, pero Aarón De Santis permaneció sentado en su butaca del palco, rígido como una estatua, con los ojos fijos en el telón que ya se había cerrado por completo. No se movió cuando la gente comenzó a levantarse, ni cuando su prometida Irina le rozó el brazo con impaciencia.

—¿Vas a quedarte aquí toda la noche, Aarón? —le preguntó ella, con una voz que intentaba ser suave pero que delataba su molestia—. El público ya se retira. Podríamos ir a la recepción que preparó la dirección del teatro en tu honor. Todos esperan conocerte.

Él tardó varios segundos en responder, sin siquiera girar la cabeza hacia ella:

—Que esperen.

—Es una falta de educación, y más siendo el nuevo patrocinador —insistió Irina, apretando el asa de su bolso con fuerza—. Además, no entiendo qué tiene este lugar que te tenga tan atrapado. Es un teatro viejo, con asientos incómodos y obras mediocres.

—Mediocres, dices —repitió Aarón, y por fin se volvió hacia ella. Sus ojos oscuros brillaban con una intensidad que heló la sangre de la mujer—. Hace unos minutos, una mujer estuvo ahí arriba, y logró silenciar a cientos de personas sin necesidad de gritar. Hizo que sintieras su dolor como si fuera propio. ¿A eso le llamas mediocre?

—Le llamo saber hacer su trabajo —replicó ella, bajando la mirada ante la frialdad de su prometido—. Es una actriz, Aarón. Está entrenada para fingir sentimientos. No es la primera ni será la última que te parezca interesante por unas horas. Mañana te habrás olvidado de ella.

Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en los labios del hombre:

—Yo no olvido nada, Irina. Y menos algo que brilla con tanta fuerza en medio de tanta mediocridad.

En ese momento, su asistente personal, un hombre delgado de mirada inquieta llamado Ramiro, se acercó discretamente al palco y se inclinó para hablarle al oído:

—Disculpe la interrupción, señor De Santis. He conseguido los datos que pidió hace un momento.

—Habla —ordenó Aarón, sin levantar la voz, pero con una autoridad que hizo que Irina diera un paso atrás.

—Su nombre es Antonia Valentini. Tiene veintitrés años, lleva cuatro trabajando aquí como actriz principal. Vive en las afueras de la ciudad, cuida de su madre, que padece una enfermedad pulmonar crónica, y mantiene a su hermano menor, que aún estudia. Su salario aquí es muy bajo, y según averigüé, llevan varios meses retrasando el pago de los medicamentos de su madre. Dicen que está desesperada por conseguir dinero.

Aarón asintió lentamente, como si cada palabra fuera una pieza de un rompecabezas que ya sabía cómo armar:

—¿Desesperada? Eso es interesante. ¿Nada más?

—Por ahora, eso es todo. No tiene amistades influyentes, ni novio, ni nadie que la proteja. Es solo ella y su familia.

—Perfecto —murmuró él, y esta vez su sonrisa fue totalmente fría, sin rastro de calidez—. Una joya sin dueño, pero con una gran debilidad. Exactamente lo que buscaba.

Irina sintió cómo el miedo le recorría la espalda. Agarró el brazo de Aarón con fuerza, obligándolo a mirarla:

—¿Qué estás pensando? —le susurró, con los ojos llenos de angustia—. Tienes una prometida, tenemos una boda en seis meses. No vas a ensuciar tu nombre persiguiendo a una actriz de segunda categoría.

Él se soltó de su agarre con un movimiento brusco, y se puso de pie, ajustándose el saco de su traje con elegancia:

—No te confundas, Irina. Yo no persigo. Yo adquiero. Y en cuanto a nuestra boda… —se detuvo un instante, mirándola con indiferencia absoluta—, tú seguirás siendo mi esposa. Eso no quita que yo tenga lo que quiera. Y ahora, quiero a esa mujer.

—¡Ella no es un objeto! —gritó ella, olvidando por un momento dónde estaban.

Aarón se detuvo en seco y la miró fijamente, con una dureza que la hizo callar al instante:

—Para mí, todo es un objeto si yo decido que lo sea. ¿Entendido? No te metas en esto. Si quieres seguir siendo la señora De Santis, aprende a mirar hacia otro lado cuando yo decida tomar lo que me place.

Sin esperar respuesta, dio media vuelta y comenzó a caminar hacia la salida, seguido de cerca por su asistente. Irina se quedó sola en el palco, con las manos temblando y el corazón hecho pedazos, comprendiendo que acababa de soltar a una bestia que nadie sería capaz de detener.

Mientras tanto, en el camerino más pequeño y frío del teatro, Antonia se quitaba el maquillaje frente al espejo manchado de crema. Sus manos aún temblaban levemente, no por los aplausos, sino por esa sensación extraña de estar observada. Escuchó que alguien llamaba suavemente a la puerta.

—¿Pasa? —dijo ella, girándose. Era Carmen, la directora.

—Antonia… acabo de ver salir al señor De Santis. No te quitaba la vista de encima, cariño. Parecía un lobo esperando el momento justo para saltar.

Antonia tragó saliva, sintiendo un nudo en el estómago:

—¿Me busca a mí? ¿Ha dicho algo?

—No. No ha preguntado por ti. Pero eso es lo que más me asusta —respondió la mujer, tomándola de las manos—. Hombres como él no miran así a menos que quieran poseer lo que ven. Ten mucho cuidado, mi niña. Esos ojos no prometen nada bueno.

Antonia miró su propio reflejo, cansado y lleno de miedo:

—No tengo nada que él pueda querer, Carmen. Solo tengo deudas, una madre enferma y un hermano que mantener. No soy nada para un hombre como él.

—Eso es lo que tú crees —susurró la directora—. Pero te aseguro una cosa: cuando un depredador elige su presa, no le importa si es rica o pobre. Solo le importa que sea suya.

Al otro lado de la puerta, mientras el ruido de la calle comenzaba a llenar el vacío del teatro, Aarón De Santis subía a su lujoso automóvil, dándole la orden final a su asistente:

—Mañana temprano. Quiero que vayas a verla. No le digas quién te envía todavía. Solo dile que alguien está dispuesto a pagar todas las deudas de su familia, si ella acepta una entrevista conmigo.

—¿Y si se niega? —preguntó Ramiro.

Aarón miró hacia el edificio oscuro del teatro por última vez, antes de ordenar que arrancaran:

—No se negará. Porque cuando le digas lo que estoy dispuesto a dar… entenderá que no tiene opción. Nadie dice que no a Aarón De Santis. Y menos ella.

El coche se alejó entre la noche oscura, dejando atrás un teatro silencioso y una joven que aún no sabía que, en ese preciso instante, acababan de atar los primeros hilos alrededor de su vida.

 

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