Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 1
...HENRRY...
Hay muchas formas de despertar un martes por la mañana en un lujoso ático en Nueva York. La peor de todas, sin duda, es con un tacón de aguja de doce centímetros apuntando directamente a tu entrepierna.
—Eres un imbécil, Henrry Montenegro —siseó una voz cargada de un acento francés que ayer a las dos de la mañana me había parecido la cosa más sexy del planeta, pero que ahora mismo sonaba como una motosierra.
Abrí un ojo, parpadeando contra la dolorosa luz del sol que se filtraba por el ventanal. Frente a mí, sosteniendo el zapato como si fuera un arma de destrucción masiva, estaba... estuve un segundo entero buscando desesperadamente en mi banco de memoria. ¿Chloé? ¿Camille? ¿Celine? Algo con C.
—Chérie, cuidado con eso —dije con mi mejor sonrisa de portada de revista. Me incorporé despacio en la cama, cubriéndome estratégicamente con las sábanas de seda—. El diseño de ese zapato es magnífico, de la colección de primavera de nuestra marca de lujo aliada. Pero preferiría que no terminara incrustado en mi herencia familiar.
—¡Me dijiste que era una cena exclusiva para los dos! —exclamó ella, y por la forma en que le temblaba el labio superior, supe que la situación estaba a punto de pasar de "discusión post-coital" a "crisis de relaciones públicas"—. ¡Apagué mi teléfono toda la noche! Y cuando lo enciendo hoy, ¡estoy en la portada de todod los tabloides porque nos fotografiaron saliendo del club! ¡Mi prometido es el director financiero de la competencia de tu padre!
Ah. El prometido. Cierto. Ese pequeño y diminuto detalle de su anillo de compromiso de tres quilates que ella convenientemente olvidó mencionar anoche hasta que ya estábamos en el asiento trasero de mi limusina.
—Bueno... técnicamente el club era exclusivo —murmuré, rascándome la nuca mientras buscaba mis pantalones con el pie debajo de la cama—. Los paparazzis solo tienen lentes muy potentes hoy en día. Maldita tecnología. Además, míralo por el lado positivo: saliste espectacular en la foto. Ese ángulo te favorece...
El zapato voló directamente hacia mi cabeza. Lo esquivé por milímetros gracias a los reflejos que me quedaban de mis años jugando al tenis (la única actividad que mi padre aprobó en mi juventud). El tacón se clavó con un golpe sordo en la cabecera de madera importada.
—¡Te odio! —gritó, recogiendo su bolso de diseñador del suelo—. ¡Espero que tu padre te desherede!
—Créeme, él lo intenta todos los días —le aseguré con absoluta honestidad mientras ella caminaba hacia la puerta dando pisotones con el único zapato que le quedaba.
Cuando la puerta del ático se cerró con un azote que hizo vibrar las lámparas de cristal, me dejé caer de nuevo en las almohadas, soltando un largo suspiro. Mi cabeza palpitaba por el champán de la noche anterior.
No pasaron ni tres segundos antes de que el teléfono privado sobre mi mesa de noche comenzara a sonar. El identificador de llamadas no mostraba un nombre, solo una serie de códigos que conocía de memoria: la oficina del Presidente del imperio Montenegro.
Mi querido y frío padre.
Lo que significaba que mi padre ya había visto las noticias.
Me froté la cara, preparándome para el habitual sermón sobre cómo estaba arrastrando la imagen familiar por el fango. Deslicé el dedo por la pantalla y contesté:
—Antes de que empieces, la prensa exagera. Ella insistió en ir a ese club y...
—No te llamo por la prensa, Henrry. Las excentricidades de tu vida privada ya ni siquiera me sorprenden —la voz de mi padre no sonaba furiosa, sino extrañamente calmada, lo que me preocupo más—. Te llamo porque acabo de transferir todas tus acciones a un fondo congelado. Tus tarjetas de crédito corporativas están canceladas. Tu ático en Nueva York está a la venta a partir de este mediodía y tu chofer ya no trabaja para ti.
Me senté de golpe en la cama, el pulso acelerándoseme.
—¿De qué estás hablando? ¿Me estás quitando mi dinero por una foto con una francesa?
—No. Te estoy quitando tu dinero porque estás despedido de la división de Nueva York. Tu maleta ya está hecha en la recepción del edificio. Un auto privado te llevará al aeropuerto en treinta minutos.
—¿Al aeropuerto? ¿A dónde se supone que voy? —pregunté, sintiendo que el piso se me movía.
—Vuelves a la mansión principal. He decidido que ya es hora de que asumas una responsabilidad real en esta familia si quieres volver a ver un solo centavo de tu herencia. A partir de mañana, dejas de ser el director de relaciones públicas.
—¿Y qué voy a hacer? ¿Sentarme en la junta directiva a ver cómo manejas el mundo? —escupí con sarcasmo.
—No —respondió mi padre, y pude jurar que estaba sonriendo con frialdad al otro lado de la línea—. El holding Montenegro acaba de adquirir la cadena de colegios privados más exclusiva del país, donde estudian los hijos de los diplomáticos y empresarios más poderosos del mundo. A partir de mañana por la mañana, Henrry... tú eres el nuevo Director General de la escuela. Y tu primera tarea es supervisar la contratación de la nueva tutora principal. No llegues tarde.
La llamada se cortó. Me quedé mirando la pantalla del teléfono, completamente estupefacto.
¿Yo? ¿Henrry Montenegro, el fiestero incorregible del que huían las mujeres con tacones en la mano, a cargo de un colegio lleno de adolescentes ricos y profesores estirados?
Definitivamente mi padre se había vuelto loco.