Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 6 Juegos en la piscina y miradas que dicen más
Las semanas pasaron rápidas, pero la sensación de extrañeza no se alejaba de mí.
La rutina se había vuelto constante y predecible:
él siempre era el primero en levantarse, organizaba todo con exactitud y esperaba que todo se cumpliera tal como lo había planeado.
Nunca había desacuerdos, nunca había emociones alzadas, y la casa se mantenía en un silencio ordenado que a veces me resultaba pesado.
Sin embargo, ese orden se rompía totalmente en cuanto estaba con Cristian y Alana.
Una tarde calurosa de verano, abrieron la gran puerta que daba a la piscina del fondo, y los niños saltaron de alegría.
Él había mandado a prepararla hacía poco tiempo, y era el lugar que más les gustaba de toda la casa.
Me asomé por la ventana y lo vi allí, de pie junto al borde del agua, observándolos.
Su postura seguía siendo erguida y seria, pero en cuanto Alana se acercó corriendo para entrar, su expresión cambió al instante.
Se quitó la chaqueta con calma y se arremangó las mangas de la camisa, sin decir nada, pero dejando claro que los cuidaría con atención.
—Ten cuidado, no corras tanto —le dijo a la pequeña, mientras la ayudaba a subir a los escalones suaves de la entrada.
Cristian ya estaba nadando un poco más adentro y lo llamó con la mano.
—¿Vienes a jugar con nosotros? —preguntó con voz alegre.
Él se quedó mirándolo un momento, y luego asintió despacio.
—Vamos, pero solo un rato —respondió, aunque su tono ya no tenía esa frialdad de antes.
Entró al agua despacio, y en cuanto lo hizo, pareció que todo su rigor se disolvía bajo la superficie.
Jugó con ellos:
los hacía flotar suavemente, les enseñaba a mover las piernas, y se reía cuando los niños hacían piruetas torpes que terminaban en risas y salpicaduras.
Sus movimientos eran ágiles y su voz se suavizó por completo, llena de una paciencia y cariño que yo no conocía en él.
Alana se le subió encima como si fuera una isla segura, y él la sostuvo con firmeza pero sin molestarla.
—¿Te gusta estar aquí? —le preguntó, y la niña asintió con fuerza, abrazándolo con sus pequeños brazos alrededor del cuello.
Cristian, que estaba cerca, lo miró con curiosidad y le preguntó:
—¿Por qué siempre dices que eres serio, pero aquí te ves tan bien y feliz?
Él se detuvo un instante, miró al niño con una luz distinta en los ojos y respondió con calma:
—Serio no significa que no pueda disfrutar.
Solo que lo hago cuando es el momento adecuado.
Y cuando estoy con ustedes, ese momento siempre llega.
La respuesta dejó satisfechos a los dos, y volvieron a jugar juntos con más energía.
Yo me quedé en la ventana observándolos, sintiendo una mezcla de alivio y una pequeña punzada en el pecho.
Alivio porque sabía que los niños estaban seguros, queridos y se divertían mucho, pero al mismo tiempo me dolía un poco saber que esa misma calidez y alegría no estaban dirigidas hacia mí.
Más tarde, cuando ya salieron del agua y se estaban secando, él se acercó a la terraza donde yo estaba de pie.
El sol caía suave y le daba un brillo especial en el rostro, haciendo que por un segundo pareciera alguien diferente.
—Estuvieron muy bien —dijo simplemente, sin mirarme mucho, pero su voz no tenía esa dureza de costumbre.
Asentí despacio.
—Sí, se lo pasaron muy bien contigo —respondí.
Él solo asintió y se fue hacia la casa para cambiarse de ropa.
Pero antes de entrar, agregó algo rápido, casi como si se lo estuviera recordando a sí mismo:
—No te preocupes por nada.
Mientras yo esté aquí, nadie les hará daño a ti ni a los niños.
Eso te lo aseguro.
Para él seguía siendo solo un compromiso, una responsabilidad que debía cumplir.
Pero esas palabras, dichas con tanta firmeza y sinceridad, me dejaron una sensación extraña.
No era cariño, pero tampoco indiferencia total.
Esa noche, antes de dormir, me acerqué a la mesa de noche y toqué suavemente una de las esferas de cristal.
Brillaban con luz propia, tranquilas y constantes, tal como me sentía yo misma en esa casa:
rodeada de lujos y seguridad, pero con el corazón todavía buscando entender qué se escondía realmente detrás de ese hombre que compartía mi vida.
Desde la habitación de los niños llegaba el sonido suave de susurros.
Escuché la voz de Alana decir:
“Él es muy bueno, aunque no hable mucho”. Y luego la de Cristian responde:
“ yo también lo creo.
Me gustó mucho jugar con él en la piscina”.
Sonreí sola en la oscuridad.
Quizás ellos eran los únicos que ya habían entendido algo que todavía me costaba aceptar.
Y aunque yo no lo veía todo claro todavía, sentía que, pase lo que pase, mientras ellos estuvieran bien, todo iría bien también.