James Fernández lo tiene todo: es un arrogante CEO tecnológico de 26 años y el playboy más cotizado de Madrid. Pero un devastador diagnóstico de cáncer destruye su mundo: tiene una semana para salvar su descendencia antes de quedar estéril para siempre. Su única opción es un vientre de alquiler exprés en Grecia.
Estela Gómez tiene 20 años y su vida es un infierno de deudas por culpa de una estafa familiar. Cuando su madre colapsa y necesita una cirugía de urgencia que no pueden pagar, Estela toma una medida desesperada: aceptar el frío contrato de James a cambio de la vida de su madre.
Lo que empieza como una transacción comercial secreta se transforma bajo el ático de la Castellana. Entre la quimioterapia de él y los latidos de un embarazo inesperado, la mentira se mezclará peligrosamente con un amor real capaz de desenterrar los secretos más oscuros del pasado.
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CAPITULO 13. EL PRECIO DE UN ERROR
Los primeros rayos de sol de la mañana tiñeron de dorado los grandes ventanales del ático. James abrió los ojos lentamente, sintiéndose considerablemente mejor que la noche anterior. El temblor había desaparecido y el estómago ya no le daba vuelcos. Se giró en la inmensa cama y se dio cuenta de que Estela ya no estaba sentada en el borde del colchón. Se había marchado a su habitación antes de que amaneciera, dejándole descansar.
James se incorporó, pero al mirar sus sábanas y recordar los eventos de la madrugada, un pensamiento médico lo golpeó con la fuerza de un rayo. Se le heló la sangre.
—Mierda… joder, ¿qué he hecho? —se maldijo a sí mismo, saltando de la cama a pesar del pinchazo de dolor en su cicatriz.
Se vistió a toda prisa con ropa limpia y caminó hacia la cocina. Allí encontró a Estela, vestida con su sudadera gris, preparando un desayuno sencillo de tostadas y zumo. Se la veía radiante, aunque con ligeras ojeras por la falta de sueño.
—Estela —la llamó James, con una voz cargada de pánico que la hizo sobresaltarse. Él no se acercó; se mantuvo a tres metros de distancia en el umbral de la cocina—. No te acerques a mí. Quédate ahí.
Estela parpadeó, confundida, dejando el cuchillo de las tostadas sobre la encimera.
—¿James? ¿Qué pasa? Ayer estabas muy enfermo, solo quería prepararte algo de desayunar…
—Ayer cometimos una locura, Estela —dijo James, pasándose las manos por el pelo, visiblemente alterado—. Olvidé por completo el protocolo médico que me dio el oncólogo. Acabo de recibir la quimioterapia esta semana. Mis fluidos corporales… mi sudor, el vómito de anoche… son altamente tóxicos durante las primeras setenta y dos horas. Una mujer embarazada no puede estar en contacto con nada de eso. ¡Podría afectar a los embriones!
Estela abrió los ojos de par en par, asimilando la información. En su vida humilde jamás había tratado con tratamientos oncológicos y desconocía por completo ese peligro.
—Yo… yo no lo sabía —susurró ella, llevándose una mano al vientre de forma protectora—. Recogí el vaso roto y te limpié la frente con una toalla…
—Lo sé, y yo te pedí que te quedaras agarrándome la mano. Fui un egoísta —se recriminó James, con la mandíbula apretada por la culpa. El miedo a perder a los bebés por su culpa lo estaba carcomiendo—. Lávate las manos inmediatamente con agua caliente y jabón antibacteriano. Voy a llamar al doctor Martínez ahora mismo para explicarle lo que pasó y asegurarnos de que no corres peligro. Y a partir de hoy, las normas de aislamiento en esta casa van a ser estrictas. No quiero que te acerques a mi ropa sucia, usaré un baño diferente y mantendremos las distancias hasta que mi cuerpo elimine los químicos de cada sesión.
Minutos después, tras una tensa llamada con el especialista de Madrid, los ánimos se calmaron un poco. El médico les aseguró que, al haber sido un contacto superficial y habiéndose lavado bien, el riesgo para la implantación de los embriones era mínimo, pero que debían ser extremadamente cuidadosos en el futuro.
Para romper el hielo tras el susto, el teléfono encriptado de Estela vibró. Era Valeria Santos. La abogada les recordaba que esa misma tarde, a las cuatro, tenían cita en una clínica ginecológica privada de Madrid para realizar la primera ecografía de control y verificar que los sacos gestacionales seguían evolucionando correctamente.
James miró a Estela desde la distancia del salón, examinando su desgastada sudadera y sus vaqueros viejos.
—Valeria pasará a recogerte en dos horas —dijo James, recuperando un poco de su tono ejecutivo, aunque su mirada hacia ella era mucho más suave—. Le he pedido que te lleve a unas galerías comerciales antes de ir a la clínica. Necesitas ropa nueva, Estela. No puedes ir a las revisiones ni moverte por este edificio con lo que llevas en esa maleta. El personal y los médicos tienen que ver que eres mi pareja, que te cuido y que no te falta de nada. Considera esto parte del presupuesto del contrato.
Estela sintió un ramalazo de orgullo herido. Su ropa era humilde, sí, pero limpia. Sin embargo, sabía que él tenía razón en lo de la coartada. Si iban a fingir ante la alta sociedad madrileña que eran una pareja adinerada que esperaba gemelos, ella no podía parecer una cenicienta.
—Está bien —aceptó Estela con dignidad—. Iré con Valeria. Pero irás tú también a la clínica, ¿verdad? Son tus hijos los que están ahí dentro.
James se quedó en silencio, mirándola fijamente. La vulnerabilidad de la noche anterior seguía fresca en su memoria.
—Estaré allí, Estela. Iré en otro coche para mantener la discreción, pero no me perderé esa ecografía por nada del mundo.
A las cuatro de la tarde, el ambiente en la consulta ginecológica era de una expectación casi mística. Estela, que ahora vestía un elegante vestido de punto beige y una chaqueta nueva que Valeria la había ayudado a elegir, estaba tumbada en la camilla de exploración. James, manteniendo una distancia prudencial de un metro debido al protocolo de la quimioterapia, permanecía de pie al lado, con la mirada clavada en el monitor apagado.
El ginecólogo aplicó el gel frío sobre el vientre de Estela y colocó el transductor. La pantalla se iluminó de golpe, mostrando una imagen granulada en blanco y negro.
—A ver, vamos a ver cómo están esos pequeños campeones —dijo el doctor con una sonrisa, moviendo el aparato—. Efectivamente, aquí están.
En la pantalla aparecieron dos pequeños sacos gestacionales perfectamente definidos. Dentro de cada uno, un diminuto punto parpadeaba con un ritmo frenético y veloz.
¡Pum-pum, pum-pum, pum-pum!
El sonido de los dos corazones latiendo al unísono inundó la consulta a través de los altavoces del ecógrafo. Estela sintió que las lágrimas se le escapaban de los ojos, desbordada por la emoción de escuchar la vida abriéndose paso en su interior. Giró la cabeza y miró a James.
El CEO implacable, el playboy que nunca había llorado por nada, tenía los ojos completamente encharcados. Miraba la pantalla como si estuviera contemplando el milagro más grande del universo. Sus dos hijos estaban allí, latiendo con fuerza, ajenos a la enfermedad de su padre y al contrato que los había unido. En mitad de aquella sala médica, la distancia de seguridad que la quimioterapia les imponía físicamente pareció desaparecer ante la arrolladora fuerza de la vida que compartían.