Valeria, una mujer fuerte, exitosa e independiente, decide abandonar al hombre que ama cuando este le falta al respeto. Mientras él comprende demasiado tarde su error, ella reconstruye su vida, encuentra un amor basado en la admiración mutua y demuestra que la dignidad siempre debe estar por encima del amor.
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CAPÍTULO 13 El hombre que parecía un sueño
El otoño había comenzado a pintar la ciudad con tonos dorados y cobrizos.
Las hojas caían lentamente de los árboles, cubriendo las veredas como si la naturaleza hubiese decidido extender una alfombra para recibir una nueva estación.
Para Victoria, sin embargo, aquel otoño sería recordado por una razón completamente distinta.
Sería la estación en la que conoció al hombre que creyó sería el amor de su vida.
Habían pasado tres días desde la gala benéfica organizada por la fundación de Valeria.
La rutina había vuelto a la normalidad.
Universidad por las mañanas.
La fundación por las tardes.
Tiempo en familia por las noches.
Y, aun así, había algo diferente.
Cada cierto tiempo, sin darse cuenta, Victoria recordaba aquel breve encuentro con Alexander.
No entendía por qué.
Habían conversado apenas unos minutos.
Ni siquiera sabía demasiado sobre él.
Sin embargo, su sonrisa aparecía una y otra vez en sus pensamientos.
Aquella mañana, mientras desayunaba con Gabriel y Valeria, su teléfono vibró.
Era un número desconocido.
Abrió el mensaje.
"Buenos días, Victoria. Espero que no te parezca una falta de respeto que haya conseguido tu número. Se lo pedí al comité organizador porque me quedé con la sensación de que nuestra conversación terminó demasiado pronto. Si te incomoda, entenderé perfectamente que no respondas. Que tengas un excelente día. —Alexander."
Victoria volvió a leer el mensaje.
Después una segunda vez.
Y una tercera.
Sonrió sin darse cuenta.
Gabriel levantó la vista del periódico.
—¿Buenas noticias?
Victoria dejó el teléfono sobre la mesa intentando ocultar su sonrisa.
—Nada importante.
Valeria observó la escena con curiosidad.
Conocía demasiado bien aquella expresión.
Era la misma sonrisa que ella había tenido muchos años atrás cuando Gabriel comenzó a escribirle.
No dijo nada.
Simplemente continuó tomando su café.
Después de unos minutos, Victoria respondió.
"Buenos días. No me molesta. También disfruté nuestra conversación. Espero que tengas un buen día."
No habían pasado ni treinta segundos cuando llegó la respuesta.
"Prometo no interrumpir tus clases. Solo quería asegurarme de que no habías olvidado al hombre que hizo volar todos tus documentos por el salón."
Victoria soltó una pequeña carcajada.
"Creo que fue culpa de ambos."
"Entonces acepto el cincuenta por ciento de responsabilidad. Para compensarlo, me gustaría invitarte un café algún día. Sin compromisos. Solo una conversación pendiente."
Victoria apoyó el teléfono sobre la mesa.
No respondió de inmediato.
No porque no quisiera.
Sino porque siempre había pensado que las decisiones importantes merecían unos minutos de reflexión.
Sonrió.
Y finalmente escribió.
"Me parece bien."
Durante los siguientes días comenzaron a hablar con frecuencia.
No eran conversaciones interminables.
Tampoco mensajes obsesivos.
Alexander parecía entender perfectamente los tiempos de Victoria.
Nunca escribía durante sus clases.
Nunca insistía cuando ella tardaba en responder.
Nunca hacía preguntas incómodas.
Si Victoria desaparecía varias horas porque estaba estudiando, él simplemente escribía:
"Espero que todo esté yendo bien. Hablamos cuando tengas tiempo."
Aquello le transmitía tranquilidad.
Por primera vez sentía que hablaba con alguien que respetaba completamente su espacio.
Descubrieron rápidamente que compartían muchos intereses.
Ambos disfrutaban leer novelas clásicas.
Los dos amaban viajar.
Les fascinaban los museos.
La música instrumental.
Los documentales históricos.
Las caminatas al aire libre.
Incluso coincidían en pequeños detalles.
Los dos preferían el café sin azúcar.
Los días lluviosos.
Y los atardeceres frente al mar.
Cada conversación parecía confirmar que el destino había decidido reunir a dos personas extraordinariamente compatibles.
Una noche hablaron durante casi dos horas.
No sobre ellos.
Sino sobre sueños.
—¿Cuál es el tuyo? —preguntó Alexander.
Victoria sonrió antes de responder.
—Continuar el trabajo de mi madre.
Alexander permaneció en silencio.
—¿Tu madre realmente es como la muestran los medios?
Victoria sonrió con orgullo.
—Es mucho mejor.
Alexander escuchó atentamente mientras ella hablaba de la fundación.
De las mujeres que llegaban buscando ayuda.
De los niños.
De los proyectos sociales.
No la interrumpió una sola vez.
Cuando terminó, simplemente dijo:
—Ahora entiendo de dónde aprendiste a mirar a las personas de esa manera.
Victoria sintió un extraño calor en el pecho.
No era un cumplido sobre su belleza.
Era algo mucho más profundo.
Había elogiado su forma de ser.
Y aquello tenía mucho más valor para ella.
Finalmente llegó el día del café.
Alexander eligió una pequeña cafetería ubicada frente a un antiguo parque.
No era un restaurante de lujo.
Ni un lugar exclusivo.
Era acogedor.
Con estanterías llenas de libros.
Música de piano sonando suavemente.
Y aroma permanente a café recién molido.
Cuando Victoria llegó, Alexander ya estaba esperándola.
Vestía una camisa blanca de mangas remangadas y un pantalón oscuro.
Al verla entrar se puso inmediatamente de pie.
Sonrió.
—Pensé que llegarías exactamente a tiempo.
Victoria miró el reloj.
Faltaban dos minutos para la hora acordada.
—¿Cómo supiste?
Alexander rió.
—Porque me di cuenta de que eres muy organizada.
Ella arqueó una ceja.
—¿Y cómo descubriste eso?
—En la gala.
Mientras todos corrían de un lado a otro, tú eras la única persona que parecía tener todo bajo control.
Victoria soltó una pequeña risa.
—Supongo que heredé eso de mi mamá.
Pasaron las siguientes cuatro horas conversando.
El tiempo pareció desaparecer.
Hablaron de la infancia.
De los viajes que soñaban hacer.
De los libros que habían cambiado sus vidas.
De la música que escuchaban cuando necesitaban pensar.
De los errores que más les habían enseñado.
Por primera vez en mucho tiempo, Victoria sintió que podía ser completamente ella misma.
No necesitaba impresionar a nadie.
No tenía que fingir.
Podía reír.
Contar anécdotas.
Hablar de sus inseguridades.
Alexander escuchaba con atención.
Nunca miró el teléfono.
Nunca interrumpió.
Nunca intentó llevar la conversación hacia él.
Parecía genuinamente interesado en conocerla.
Cuando salieron de la cafetería, el sol comenzaba a ocultarse.
El parque estaba cubierto por una luz anaranjada que hacía parecer todo más hermoso.
Caminaron lentamente entre los árboles.
Sin prisa.
Sin silencios incómodos.
En un momento, un anciano tropezó al intentar cargar varias bolsas.
Alexander reaccionó de inmediato.
Corrió a ayudarlo.
Recogió las frutas que habían caído al suelo.
Las acomodó nuevamente.
Después acompañó al hombre hasta la salida del parque.
Victoria observó la escena desde unos metros de distancia.
No pudo evitar sonreír.
Aquello no parecía un gesto preparado para impresionarla.
Lo hizo con total naturalidad.
Y eso la conmovió.
Cuando regresó junto a ella, Alexander restó importancia al asunto.
—Mi abuelo siempre decía que ayudar a alguien nunca hace perder el tiempo.
Victoria lo miró en silencio.
Sentía que cada minuto confirmaba la buena impresión que había tenido desde el principio.
Aquella noche, al regresar a casa, encontró a Gabriel leyendo en la sala.
—¿Cómo estuvo tu tarde? —preguntó él.
Victoria dejó el bolso sobre el sofá.
—Muy bien.
Gabriel sonrió.
—¿Era el joven de la gala?
Ella se sorprendió.
—¿Cómo lo supiste?
Gabriel soltó una carcajada.
—Porque tu madre y yo también tuvimos dieciocho años.
Victoria rió.
En ese momento apareció Valeria.
Llevaba una taza de té entre las manos.
Miró a su hija.
—¿Entonces?
Victoria bajó la mirada intentando ocultar una sonrisa.
—Creo que es una buena persona.
Valeria se acercó.
—¿Qué fue lo que más te gustó de él?
Victoria permaneció pensativa durante unos segundos.
No respondió "sus ojos".
Ni "su sonrisa".
Ni "lo guapo que es".
Respondió algo completamente distinto.
—Escucha.
Escucha de verdad.
No intenta impresionar.
No presume.
Me hace sentir que lo importante es la conversación y no aparentar ser alguien que no es.
Valeria intercambió una mirada con Gabriel.
Ambos sonrieron.
Aquella respuesta les dio tranquilidad.
Porque su hija no se estaba enamorando únicamente de un rostro bonito.
Se estaba enamorando de aquello que parecía ser un buen corazón.
Sin embargo...
Mientras Victoria subía las escaleras rumbo a su habitación con una felicidad que apenas podía ocultar...
Muy lejos de allí...
Alexander observaba una fotografía de ambos que alguien había tomado durante la gala.
Sonrió.
Guardó la imagen en una carpeta de su teléfono.
Y murmuró en voz baja:
—Eres exactamente la mujer que estaba buscando.
Nadie escuchó aquella frase.
Nadie podía imaginar que detrás de aquella sonrisa amable existían pensamientos que todavía permanecían ocultos.
Porque algunos depredadores no persiguen a sus víctimas con violencia.
Lo hacen con paciencia.
Con encanto.
Con una perfección cuidadosamente construida.
Y Alexander...
Era un hombre que había aprendido a usar el amor como el disfraz más convincente de todos