Sinopsis
Hay dolores que sanan con el tiempo.
Y hay otros que abren puertas.
En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.
Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.
Porque los demonios no derriban puertas...
Esperan a que alguien las abra.
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capítulo 3
Ecos en la lluvia
La lluvia no había dado tregua desde la madrugada.
Gabriel condujo por las calles de Tokio mientras las limpiaparabrisas luchaban contra el agua que golpeaba el parabrisas. La dirección que aparecía en la notificación pertenecía a un edificio residencial de Shinjuku, una construcción moderna de veinte plantas donde, según el reporte, una mujer había solicitado ayuda y luego dejó de responder.
Cuando llegó, encontró dos patrullas estacionadas frente a la entrada.
Los agentes hablaban entre ellos con evidente incomodidad.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Gabriel mostrando una credencial de investigador privado.
Uno de los policías lo miró con desconfianza.
—Una vecina llamó porque escuchó gritos. Cuando llegamos, la mujer dijo que estaba bien y se negó a abrir la puerta. Después... dejó de contestar.
—¿Entraron?
—No. No tenemos una orden y no hay pruebas de un delito.
Gabriel levantó la vista hacia el piso diecisiete.
Una sensación conocida recorrió su espalda.
No era miedo.
Era aquella presión invisible que siempre aparecía antes de un caso de posesión.
Subió por las escaleras.
Prefería evitar el ascensor.
Frente al apartamento 1704 encontró algo que los demás parecían no haber visto.
Una delgada línea negra cruzaba el marco de la puerta desde el suelo hasta la parte superior.
Parecía una grieta.
Pero no estaba en la madera.
Estaba en el aire.
Como una cicatriz suspendida frente a sus ojos.
Parpadeó.
Desapareció.
—Cada vez son más visibles... —murmuró.
Golpeó la puerta con los nudillos.
—¿Señorita Aoki? Mi nombre es Gabriel Salazar. Solo quiero hablar con usted.
No obtuvo respuesta.
Cuando estaba a punto de marcharse, escuchó el sonido de una cadena retirándose lentamente.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Valeria tenía el rostro pálido.
Los ojos enrojecidos.
Y la expresión de alguien que llevaba horas sin dejar de mirar hacia atrás.
—¿Quién lo envió?
—Nadie.
—Entonces ¿cómo sabe mi nombre?
Gabriel guardó silencio unos segundos.
—Porque alguien quiere encontrarla.
Y yo quiero impedirlo.
Ella estuvo a punto de cerrar la puerta.
Pero entonces ocurrió.
Desde el interior del apartamento llegó un golpe seco.
Los dos giraron la cabeza al mismo tiempo.
Una silla del comedor acababa de caer al suelo.
No había nadie cerca.
Valeria sintió que las lágrimas volvían a llenar sus ojos.
—¿Lo vio?
Gabriel asintió.
—Sí.
Entró sin esperar invitación.
Recorrió lentamente la sala.
No buscaba huellas.
Buscaba otra cosa.
Se detuvo frente al espejo del pasillo.
Las palabras escritas con aquella sustancia oscura ya no estaban.
Sin embargo, al acercar la mano al cristal sintió un frío intenso.
Demasiado intenso.
Sacó del bolsillo una pequeña linterna de luz ultravioleta.
Al iluminar el espejo aparecieron decenas de frases ocultas.
Todas escritas una encima de otra.
En japonés.
En latín.
En un idioma que Gabriel nunca había logrado traducir.
Y repetida incontables veces, una misma oración.
"Ábreme."
Valeria dio un paso atrás.
—Yo nunca escribí eso...
—Lo sé.
—Entonces... ¿quién lo hizo?
Gabriel no respondió de inmediato.
Apagó la linterna y observó el apartamento.
No era la entidad.
No todavía.
Aquello era una advertencia.
—Dígame una cosa, Valeria.
Ella levantó lentamente la mirada.
—Desde que terminó su relación... ¿ha sentido que alguien la observa incluso cuando está completamente sola?
Valeria tardó varios segundos en contestar.
Finalmente asintió.
—Desde la primera noche.
Gabriel cerró los ojos.
Era exactamente lo que temía.
No se trataba de una posesión.
Aún no.
La entidad estaba esperando.
Esperando que el dolor creciera lo suficiente para cruzar la última barrera.
De pronto, el teléfono de Valeria vibró sobre la mesa.
La pantalla volvió a encenderse sola.
No había tono de llamada.
Solo un video reproduciéndose automáticamente.
Era la cámara de seguridad del pasillo del edificio.
Mostraba la puerta del apartamento.
La fecha era la noche anterior.
Valeria aparecía entrando sola a las 9:43 p. m.
Un segundo después, otra figura cruzaba la puerta detrás de ella.
No abrió la puerta.
No la atravesó.
Simplemente... pasó a través de la madera como si no existiera.
La grabación terminó.
El apartamento quedó en silencio.
Gabriel sintió un nudo en el estómago.
Jamás había visto una entidad manifestarse con tanta claridad antes de iniciar una posesión.
Aquello significaba una sola cosa.
No estaban frente a un demonio común.
Y si tenía razón...
El Expediente 1908 era apenas el primer capítulo de una historia que llevaba siglos escribiéndose.