Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.
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el interrogatorio
Las campanas de Hampton Court sonaban con una solemnidad insoportable.
No anunciaban una celebración.
Anunciaban mi caída.
Las puertas de las salas del Consejo permanecían cerradas mientras, uno por uno, quienes habían compartido mi vida eran llamados a declarar.
Yo permanecía aislada, sin conocer sus palabras, imaginando cada respuesta como una nueva puñalada.
Las primeras en comparecer fueron mis damas de compañía.
Con el rostro desencajado, respondieron a las preguntas de los consejeros.
—¿La reina recibió visitas durante la noche?
—¿Con qué frecuencia veía al señor Culpeper?
—¿Quién organizaba aquellos encuentros?
Algunas lloraban antes de responder.
Otras guardaban largos silencios.
Pero el miedo al rey era más fuerte que cualquier juramento de lealtad.
Después llamaron a los criados de palacio.
Un ayuda de cámara recordó haber visto a Lady Rochford conduciendo a la reina por corredores poco transitados.
Una doncella confesó que, en varias ocasiones, había notado la ausencia de Su Majestad durante altas horas de la noche.
Cada pequeño detalle, por insignificante que pareciera, era anotado cuidadosamente.
Las sospechas comenzaban a convertirse en certezas.
Entonces llegó el turno de Lady Rochford.
Durante horas negó haber cometido traición.
Sin embargo, frente a las insistentes preguntas y las pruebas reunidas, terminó admitiendo que había facilitado encuentros entre la reina y Thomas Culpeper.
Sus palabras dejaron la sala en un silencio sepulcral.
Aquella confesión bastó para que el Consejo entendiera que los rumores no eran simples invenciones.
Después compareció Thomas Culpeper.
Al principio aseguró que nunca había deshonrado al rey.
Reconoció, sin embargo, que había mantenido reuniones secretas conmigo y que aquellas visitas jamás debieron ocurrir.
Su declaración intentó protegerme cuanto pudo, pero cada respuesta lo hundía más.
El último en entrar fue Francis Dereham.
Su orgullo le impidió medir las consecuencias de sus palabras.
Cuando le preguntaron por mi pasado, habló de nuestro antiguo compromiso, de las promesas juveniles y de la cercanía que habíamos compartido antes de mi llegada a la corte.
Sin saberlo, entregó a los investigadores una pieza decisiva.
Si aquello era cierto, mi matrimonio con el rey podía considerarse construido sobre un engaño.
Las declaraciones se acumularon sobre la mesa del Consejo.
Nombres.
Fechas.
Rumores.
Cartas.
Recuerdos.
Todo parecía apuntar hacia mí.
Mientras tanto, permanecía encerrada en mis habitaciones.
Nadie me informaba oficialmente de lo ocurrido.
Solo veía los rostros de los guardias volverse cada vez más severos.
Comprendí que el silencio del palacio era peor que cualquier grito.
Porque cuando todos callaban...
Era porque ya habían pronunciado mi sentencia.
Esa noche me arrodillé frente a la ventana.
Miré el cielo oscuro y comprendí que Dios era el único juez al que todavía podía dirigirme.
Las voces de quienes un día me habían servido, acompañado y querido habían sido suficientes para derrumbar el castillo de ilusiones que había construido desde mi coronación.
Y mientras las velas se consumían lentamente en mi habitación, sentí que cada llama representaba una vida que se apagaba junto con la mía.
Aún no había escuchado el veredicto del rey.
Pero, en el fondo de mi corazón, ya sabía que Enrique VIII jamás volvería a mirarme con los ojos del hombre que una vez juró amarme.