Reencarné dentro de la novela que más amaba, pero no como la heroína. Soy la hija del duque más temido y odiado del imperio — un personaje que ni siquiera debería existir. No conozco mi final, pero sí sé una cosa: protegeré a mi familia aunque el mundo entero se ponga en mi contra.
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Segunda Oportunidad
Por fin había terminado.
Cuatro años de carrera universitaria. Cuatro años de desvelos, trabajos grupales con personas que nunca trabajaban, y exámenes que parecían diseñados específicamente para destruir la voluntad humana. Todo eso había quedado atrás esa mañana, cuando cruzó el escenario, estrechó la mano del decano y recibió su diploma con una sonrisa que le dolió la mandíbula de tanto sostenerla.
Nadie la esperaba del otro lado del escenario. Nadie la fotografió. Nadie le dio flores.
Pero eso no importaba. Ella estaba acostumbrada.
De vuelta en su pequeño apartamento, se quitó los zapatos de un puntapié y los mandó volando al otro lado de la habitación con una satisfacción que no necesitaba de testigos. Luego fue al supermercado con la misma ropa de graduación, sin importarle las miradas, y volvió con dos bolsas cuidadosamente planeadas: piqueos variados, dos cervezas frías, y el último tomo de su novela favorita que llevaba semanas ahorrando para comprar.
Lo había calculado todo.
Se sentó en el centro de su cama, acomodó los snacks a su alrededor como si fueran una ofrenda, abrió la primera cerveza y tomó el libro entre sus manos con la reverencia de quien sostiene algo sagrado.
—Hoy terminamos juntas —le susurró al libro.
Leyó durante horas. Comió sin darse cuenta. Bebió sin notar cuándo se acabó la segunda cerveza. Y cuando las últimas páginas pasaron bajo sus dedos y las lágrimas corrían por sus mejillas sin permiso, cerró el libro contra su pecho y se quedó mirando el techo con una sonrisa que le dolía de una manera completamente diferente a la de esa mañana.
—Qué final tan hermoso.
Un suspiro largo. Profundo.
—Quisiera tener una vida así. Querida por todos, con una familia, con alguien que me amara... —resopló con ternura— como Violet, que se casó con el primer príncipe. Qué cliché tan absolutamente maravilloso.
Pero la emoción la tenía demasiado despierta, y mañana no tenía nada que hacer ni nadie esperándola, así que abrió el cajón de su mesita de noche, sacó las pastillas para dormir que el médico le había recetado hacía meses y se tomó una con el último sorbo frío de cerveza.
Se acostó imaginándose princesa.
Cerró los ojos.
Y no volvió a abrirlos en ese mundo.
......................
¿Qué es esto?
¿Por qué no puedo hablar? ¿Por qué no puedo moverme bien? ¿Quién es esta persona y por qué me está cargando como si fuera un—
Un momento.
Un. Momento.
Ella procesó la situación con la calma antinatural de alguien que había leído demasiadas novelas de transmigración en su vida.
Reencarné.
Reencarné como en los libros que leía.
Jajaja. Qué cliché tan absolutamente fantástico.
No sentía pánico. Sentía curiosidad. Una curiosidad enorme y ligeramente perturbadora ante todo lo que la rodeaba. Su otra vida... bueno. No había mucho que extrañar. Sin familia, sin pareja, un apartamento pequeño y una graduación celebrada completamente sola. No era exactamente una tragedia dejarla ir.
¿Este era mi final, entonces? ¿Una cama fría y una novela contra el pecho?
Algo en esa pregunta le apretó el pecho un instante.
Luego lo soltó.
No importa. Lo primero es lo primero: ¿en qué mundo estoy?
Giró la cabeza con el esfuerzo monumental que eso requería cuando uno tiene el cuerpo de un recién nacido, y observó la habitación.
Techo alto con molduras doradas. Una pintura enorme enmarcada en oro macizo. Un candelabro de cristal del tamaño de una persona adulta. Y la cuna en la que aparentemente estaba acostada, que parecía estar hecha del mismo oro que todo lo demás.
Waaa. Reencarné con dinero. Esto mejora considerablemente.
La mujer que la sostenía en brazos tenía uniforme de sirvienta, cabello marrón recogido con esmero y ojos marrones amables. Cara de buena persona. Cara de alguien que se preocupa genuinamente.
La nana. Punto a favor.
—¿Mi señorita ya se despertó? —murmuró con una sonrisa suave—. ¿Tiene hambre?
La levantó con cuidado experto y le acercó un biberón. Ella decidió que protestar era inútil y aceptó su nueva realidad con dignidad.
Esto es profundamente humillante.
Pero el techo de esta habitación vale más que todo mi apartamento anterior, así que me callo y coopero.
Estaba procesando su situación con notable ecuanimidad cuando las puertas de la habitación se abrieron de golpe.
Por el sobresalto, salió el eructo que llevaba varios minutos reteniendo.
El sonido fue... considerable.
Un silencio absoluto siguió al evento.
Ella bajó la cabeza lentamente, dejando que el poco cabello que tenía le cayera sobre la cara, y deseó con toda su alma que la cuna de oro incluyera algún tipo de función para tragarse a las personas.
Si hubiera sabido que alguien iba a entrar, no me habría contenido tanto. El efecto acumulativo es completamente devastador.
—Dame a mi hija, Nazaria.
La voz era profunda y tranquila, y llevaba en ella el peso de alguien acostumbrado a que el mundo obedeciera sin cuestionamientos.
—Sí, Duque Ainsworth.
...
Nazaria.
Me llamo Nazaria.
Y él es...
Levantó la vista muy despacio.
El hombre que la sostenía ahora en sus brazos tenía cabello blanco como la nieve, ojos de un azul profundo y cristalino, y un rostro que la hizo parpadear tres veces seguidas para asegurarse de que no estaba alucinando de alguna manera.
¿Por qué tiene que ser tan guapo? ¿Eso está permitido? ¿Existe alguna ley al respecto? Quiero hablar con el responsable de este diseño porque esto es excesivo.
Espera.
Espera, espera, espera.
Ainsworth.
La palabra la golpeó como un balde de agua helada.
El Duque Ainsworth. El duque diabólico. El hombre más temido del Imperio Forsats. El personaje que en la novela que ella acababa de terminar de leer esa misma noche moría junto a todos los suyos, ejecutado por el emperador.
Soy la hija del Duque Ainsworth.
Y en la novela... esta hija no existía.
El duque la miraba fijamente con esos ojos azules imposibles y una expresión completamente vacía. La mirada de alguien que había aprendido hace mucho tiempo a no mostrar nada de lo que sentía.
—¿Qué haré contigo —murmuró en voz tan baja que casi no se escuchó—. A todos los que están cerca de mí les pasan cosas malas.
Ah. Entonces sí soy una hija no deseada. Excelente. Maravilloso. Perfecto.
Bueno. Plan de acción inmediato.
Tomó una decisión en aproximadamente dos segundos.
Sonrió.
La sonrisa más cálida, más tierna, más absolutamente desarmante que su pequeño rostro de recién nacida era capaz de producir. Y estiró los brazos hacia el duque con todo el entusiasmo que el diminuto cuerpo le permitía.
El Duque Ainsworth parpadeó.
Fue tan breve que casi no se notó. Pero ella lo notó.
Y luego la abrazó — con una precaución casi reverencial, como si sostuviera algo que podría romperse — y giró la cabeza para que ella no pudiera ver su expresión.
Que me perdone. No pude proteger a su madre. Pero juro que mataré a todo el que quiera lastimarla. Aunque sea el mismo emperador. Aunque sea dios.
Ella lo escuchó pensar en ese silencio y sintió algo apretarle el pecho de una manera completamente inesperada.
Ah.
Ah, no.
No me vayas a hacer llorar el primer día.
Nazaria enterró la cara en el cuello del duque, tomó una bocanada de aire, y tomó la decisión más importante de su nueva vida.
No iba a interferir con la historia principal. No iba a cambiar el encuentro del príncipe con la heroína ni alterar el romance que debía ocurrir.
Solo tenía que hacer una cosa: evitar el final que ya estaba escrito para esta familia.
¿Este es mi final?
La pregunta resonó en algún lugar dentro de ella, familiar y urgente, como un eco de la vida que acababa de dejar atrás.
No.
Este no es mi final.
Este es mi comienzo.
Nazaria Ainsworth cerró los ojos en los brazos de su nuevo padre, con la determinación silenciosa de alguien que acaba de decidir reescribir una historia que ya conocía de memoria.