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La esposa sustituta del comandante

La esposa sustituta del comandante

Status: Terminada
Genre:Amor tras matrimonio / Reencuentro / Matrimonio arreglado / Amante arrepentido
Popularitas:12.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Ayu Lestari

Alma Montenegro aceptó casarse con el comandante Damián Arce por una razón simple: proteger a su familia. Lo que debía ser un acuerdo frío se convierte en una vida compartida entre hospitales, misiones de frontera, secretos de sangre y un niño que no debería estar en medio de ninguna guerra.

Cuando una red criminal vuelve a reclamar lo que cree suyo, Alma y Damián tendrán que decidir si su matrimonio es solo una obligación... o la única casa capaz de resistirlo todo.

NovelToon tiene autorización de Ayu Lestari para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10

Cómo devolverle la jugada al comandante

Alma despertó con el cuerpo entero adolorido.

No era un dolor cualquiera.

Era como si alguien le hubiera desmontado los huesos uno por uno y vuelto a armarla sin consultar el manual.

Se incorporó despacio, haciendo una mueca.

—Entrenamiento de seguridad en terreno —murmuró—. Más bien parece un intento de asesinato premeditado.

Sobre la mesa de la sala, su maletín médico estaba perfectamente acomodado.

Alma se detuvo.

Recordaba que la noche anterior Damián la había cargado hasta la habitación. También recordaba haberlo echado con una frase cortés. Pero no recordaba haber metido el maletín.

Eso significaba que Damián había vuelto a entrar.

Se quedó observando la puerta durante unos segundos.

Luego negó con la cabeza, rápida.

No empieces.

Se bañó, hizo su oración de la mañana y caminó hasta el puesto médico procurando que sus pasos parecieran normales. El esfuerzo se vino abajo en cuanto Julián la vio.

—Doctora, ¿qué le pasó al caminar?

—Nada.

—Parece un robot al que se le acabó el aceite.

La partera Renata soltó una carcajada y casi dejó caer el termómetro.

Alma los fulminó a ambos con la mirada.

—¿El paciente Jonás?

—Estable. El hospital público regional llamó esta mañana. Lucía también empezó a recuperar por completo la conciencia.

La noticia hizo que el dolor de los muslos le resultara un poco más soportable.

A las ocho, un soldado llegó con una caja de la cocina del puesto de mando.

—Es para la doctora Alma.

Julián se acercó enseguida.

—¿Qué es eso?

El soldado abrió la caja. Dentro había arroz especiado, huevo, pollo deshebrado, salsa picante aparte y té caliente en una botella.

Renata silbó por lo bajo.

—Vaya.

Alma se volvió hacia el soldado.

—¿De parte de quién?

El hombre fijó la vista al frente.

—De la cocina, doctora.

—¿Y a la cocina de pronto se le ocurrió que yo no había desayunado?

—Fue una orden... quiero decir, la cocina simplemente preparó de más.

Julián fingió toser.

Alma cerró la caja.

—Gracias. Déjela ahí.

El soldado se marchó con tanta prisa como si temiera que le pidieran declarar.

Renata le dio un codazo suave.

—Qué amable está la cocina, ¿no, doctora?

—Coma antes de que se enfríe —añadió Julián—. Órdenes de la cocina.

Alma los ignoró, aunque de todos modos comió.

Tenía hambre.

Y el arroz especiado estaba delicioso.

El problema era que, mientras más rico le sabía, más se irritaba.

Porque sabía muy bien quién lo había mandado.

Hacia el mediodía, la oportunidad de devolvérsela llegó sola.

Damián entró al puesto médico con el capitán Rodrigo. Tenía un arañazo en la sien y una pequeña herida en el dorso de la mano. No era grave, pero sangraba.

Alma le echó un vistazo.

—Siéntese.

Damián se detuvo.

El capitán Rodrigo acercó de inmediato una silla.

—Adelante, comandante.

Damián lo miró.

Rodrigo fingió no darse cuenta.

—Hay que limpiarle las heridas —indicó Alma.

—No hace falta.

—Claro. Déjelas así. Una infección hará que el comandante se vea todavía más imponente.

Rodrigo bajó la cabeza; los hombros le temblaban.

Damián se sentó.

Alma se puso los guantes, tomó antiséptico y gasas. Se colocó frente a él, lo bastante cerca para distinguir el polvo pegado a su mandíbula.

—¿Patrulla?

—Inspección de la ruta.

—¿La ruta le golpeó la cara?

—Una rama.

—Una rama muy valiente.

Damián la contempló.

Alma limpió la herida de su sien. Él no se movió, pero la mandíbula se le tensó cuando el antiséptico tocó la piel abierta.

—¿Le duele?

—No.

Alma presionó un poco más fuerte.

Damián le sujetó la muñeca.

—Doctora.

Ella puso cara de inocencia.

—Ah, resulta que sí puede dolerle.

Rodrigo emitió un ruido extraño, como si se hubiera atragantado.

Damián soltó lentamente la mano de Alma.

—¿Te estás vengando?

—¿Yo? Una doctora no puede vengarse de sus pacientes.

—¿Pero sí disfrutarlo?

—Un poco.

Durante unos segundos, se sostuvieron la mirada.

Entonces, de forma inesperada, una comisura de los labios de Damián se movió.

Casi una sonrisa.

Alma lo vio y, de pronto, olvidó qué iba a decir.

Rodrigo no dejó pasar aquello.

—Saldré un momento, comandante. Voy a revisar la radio.

Huyó antes de que Damián pudiera impedírselo.

La sala quedó demasiado silenciosa.

Alma le pegó una pequeña curita en la sien.

—Listo.

Damián siguió sentado.

—¿Ya comiste?

—El arroz especiado de la cocina.

—Bien.

—¿La cocina le ordenó preguntarme?

—No sabía que la cocina pudiera darme órdenes.

Alma se quitó los guantes.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por el desayuno.

Damián contempló la mesa de los medicamentos.

—Anoche casi te desmayaste.

—No me desmayé.

—Te quedaste dormida antes de llegar a casa.

—No es lo mismo.

—Para quien tuvo que cargarte, no hay mucha diferencia.

El calor le subió al rostro a Alma.

—Podía haberme despertado.

—Lo intenté.

—Inténtelo con más fuerza.

—No estaba despertando a un soldado.

Alma guardó silencio.

Era una frase sencilla, pero por alguna razón sonó suave. Odiaba que sus oídos la hubieran recibido de esa manera.

Damián se levantó.

—Esta tarde habrá una inspección de las fuentes de agua potable en el pueblo. ¿Te pidieron que fueras?

—¿Quién?

—El jefe del pueblo. Después de la clase de ayer, quieren que revises las quejas sobre las diarreas frecuentes de los niños.

Alma tomó enseguida su libreta.

—¿A qué hora?

—A las tres.

—Iré.

—No tienes que hacerlo si todavía te duele.

—Soy doctora.

—También eres humana.

Alma alzó la cara.

Damián pareció darse cuenta otra vez de que había sonado demasiado preocupado.

Se acomodó la manga de la camisa.

—Quiero decir, si te desplomas, el puesto médico se queda sin doctora.

Alma esbozó una sonrisa leve.

—Claro. Eficiencia laboral.

Damián salió sin responder.

Esa tarde fueron al pueblo con un equipo pequeño. En efecto, muchos niños sufrían episodios recurrentes de diarrea leve. Alma revisó la fuente de agua, vio garrafones sin tapa y escuchó que los habitantes tomaban agua del río cuando fallaban las tuberías.

Habló con el jefe del pueblo y con las promotoras de salud comunitaria.

—No vine a culpar a nadie —explicó—. Sé que conseguir agua limpia es difícil. Pero hay cosas que podemos hacer primero: hiervan el agua hasta que rompa a hervir; guárdenla tapada; lávense las manos antes de preparar la comida de los niños. Si tienen sales de rehidratación oral, úsenlas. Si no las tienen, les enseñaremos a preparar una solución de agua, azúcar y sal con las medidas correctas.

Una madre preguntó con timidez:

—¿Y si el niño tiene diarrea por una gripe?

—Puede deberse a una infección, a la comida, al agua o a muchas cosas. Lo más peligroso no es el nombre de la enfermedad, sino que el niño pierda líquidos. Por eso deben vigilar los signos de deshidratación.

Damián permaneció detrás de ella y dejó que Alma dirigiera la conversación.

Cuando un hombre empezó a objetar que hervir el agua era desperdiciar gas, Damián estuvo a punto de intervenir, pero Alma levantó apenas una mano.

Ella se ocupó sola.

—Tiene razón, señor: el gas es caro. Por eso busquemos la opción más viable. Empecemos por el agua que beben los niños. No hace falta hervir toda el agua de una vez; primero atendamos lo que implica mayor riesgo.

El hombre calló y luego asintió despacio.

Damián bajó la mano que casi había levantado.

Alma no necesitaba que él protegiera cada una de sus palabras.

Esa constatación le resultó extraña.

Durante el trayecto de regreso, empezó a llover de improviso. El camino de tierra se volvió resbaladizo. Tuvieron que detener el vehículo porque un árbol pequeño había caído y bloqueaba el paso. Los soldados bajaron a despejarlo.

Alma salió también antes de que Damián pudiera prohibírselo.

—No.

—Solo voy a sostener la linterna.

—El suelo está resbaloso.

—Tengo ojos.

Avanzó dos pasos.

El pie se le resbaló.

Damián la atrapó por la cintura desde atrás.

Todo el cuerpo de Alma se tensó.

La lluvia caía entre los dos. A lo lejos se oía a los soldados cortando el tronco.

La mano de Damián seguía en su cintura.

—Tus ojos funcionan bien —murmuró—. Tu equilibrio, no tanto.

Alma contuvo el aliento.

—Suélteme.

Damián la soltó despacio.

Alma se enderezó; el rostro le ardía pese a la lluvia fría.

—Puedo sola.

—Lo sé.

—Pero igual me atrapó.

—Fue un reflejo.

Aquella palabra hizo que Alma se volviera hacia él.

Damián la observaba, con la lluvia empapándole el cabello y el rostro. Por un instante no pareció el comandante distante. Solo era un hombre que estaba demasiado cerca.

Alma apartó la mirada primero.

—Sus reflejos son un problema.

—Tu terquedad también.

Por fin lograron retirar el árbol.

Regresaron al vehículo sin decir una palabra.

Esa noche, Alma encontró un mensaje de un número desconocido.

—Mañana el entrenamiento sigue en pie. No olvides comer antes de venir.

Alma se quedó mirando la pantalla.

No había nombre.

Pero ¿quién más podía ser?

Escribió una respuesta antes de poder contenerse.

—De acuerdo, cocina.

La respuesta llegó casi un minuto después.

Alma podía imaginar a Damián mirando la pantalla con aquella expresión impasible.

—No llegues tarde.

Alma soltó una risita a solas.

Luego dejó de reír.

Porque esa risa era demasiado ligera.

Demasiado peligrosa.

Dejó el teléfono bien lejos.

Fuera, la lluvia seguía cayendo. Dentro de la casa, algo que aún no se atrevía a nombrar le entibiaba el pecho.

Antes de dormir, llegó otro mensaje.

—¿Ya se te terminó la pomada para las heridas de la mano?

Alma miró la pantalla y luego la palma de su mano. El raspón ya empezaba a secarse.

—Todavía tengo.

La respuesta de Damián fue breve.

—No olvides usarla.

Alma escribió:

—Entendido, comandante de cocina.

Esta vez no recibió respuesta durante un buen rato. Luego apareció una sola línea:

—Mañana correrás una vuelta más.

Alma se enderezó de golpe.

Eso era abuso de poder.

Esperó otra respuesta.

No llegó ninguna.

Alma acabó riéndose sola y se cubrió enseguida la boca, como si alguien pudiera oírla desde el otro lado de la lluvia.

Una ligereza así no debería ser peligrosa.

Pero con Damián, hasta lo más pequeño siempre dejaba una estela larga.

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Ana Veronica Pineda Gonzalez
Dios mío ya póngale un alto a esa Sabrina me está haciendo arre....
Ana Veronica Pineda Gonzalez
que orror soy de Venezuela y hace mes y medio ocurrió lo mismo y fue muy triste y doloroso ver cómo temblaba la tierra y caían los edificios 😥
Ana Veronica Pineda Gonzalez
que fuerte es ser medico y tener esa responsabilidad y más en esos pueblos de bajo recursos
Brenda Angulo
Cada vez más entrada en la historia 🥰
Ana Veronica Pineda Gonzalez
bellos mis protagonistas
Ana Veronica Pineda Gonzalez
hay mi Damián pensaste mal de mi Alma y ahora te das cuenta de quién es en realidad
Brenda Angulo
Mendigo Ramiro canijo, Ramiro te tenías que llamar 🤭
Ana Veronica Pineda Gonzalez
así es Alma pon Carácter y no te dejes y enséñales quien manda
Ana Veronica Pineda Gonzalez
empecé a leer se ve interesante
Kayra Villavicencio
Dos tornados enfrentados.
Jeniffer Rodriguez Valencia
Me llegan a hablar asi, ese mismo día se queda sin descendencia 🥰
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