Las muñecas fueron creadas para obedecer, no para sentir.
En un mundo donde las mujeres biológicas no existen, los hombres conviven con muñecas creadas para obedecer… incapaces de sentir.
Ethan jamás imaginó que conocer a Cereza y Cidra cambiaría su vida para siempre. Mientras el vínculo entre ellos desafía todo lo que la ciencia creía posible, una guerra entre seis naciones se intensifica y un antiguo secreto, oculto durante siglos, convierte a las dos muñecas en el objetivo más codiciado del continente.
Ahora, Ethan deberá proteger un secreto capaz de cambiar el destino de la humanidad… antes de que caiga en las manos equivocadas.
Porque hay corazones que nunca debieron despertar… y otros que harían cualquier cosa por arrebatarlos.
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CAPÍTULO 19 – FANTASMAS DEL PASADO
El amanecer nunca era hermoso en Garlant.
Mientras en otras naciones los primeros rayos del sol teñían el horizonte de tonos dorados, allí la luz parecía perder fuerza antes incluso de tocar el suelo.
El cielo permanecía cubierto por densas nubes grises.
Las inmensas fábricas militares nunca dejaron de funcionar. Chimeneas gigantescas expulsaban humo oscuro que ascendía lentamente hasta fundirse con las nubes.
El sonido metálico de martillos, cadenas y maquinaria pesada comenzaba incluso antes de que saliera el sol.
Era un país construido para la guerra. Las avenidas eran anchas para permitir el paso de tanques.
Las plazas estaban ocupadas por enormes cañones y monumentos dedicados a antiguas victorias militares.
No había parques, no había jardines, ni siquiera había niños jugando en las calles. Solo soldados, disciplina y miedo.
Los habitantes caminaban con la cabeza baja. Nadie levantaba demasiado la voz, nadie reía y nadie preguntaba más de lo necesario.
Porque en Garlant...
Hasta el silencio obedecía.
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En la parte más alta de la capital se levantaba el Palacio Negro.
Una construcción inmensa hecha de acero oscuro y piedra volcánica. No tenía adornos, no tenía color y no tenía vida. Parecía más una fortaleza que un hogar.
En la habitación principal... Fausto abrió lentamente los ojos. No necesitó despertador, nunca lo necesitaba. Se incorporó espacio.
Durante unos segundos permaneció sentado al borde de la cama, completamente inmóvil.
Su habitación era tan fría como el resto del palacio… con paredes negras y muebles de líneas rectas. Ningún cuadro, ni ninguna decoración. Era un lugar donde parecía imposible recordar que existía la palabra "hogar".
Entonces...
Tres suaves golpes sonaron en la puerta.
Índice.
Índice.
Índice.
Fausto no respondió.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Civeta asomó la cabeza. Llevaba el mismo uniforme oscuro de siempre, aunque había dejado las armas fuera de la habitación.
Su expresión era cautelosa.
—Mi señor Fausto...
Él ni siquiera levantó la mirada.
—¿Qué ocurre?
La muñeca habló con suavidad.
—El desayuno está listo.
Hizo una pequeña pausa.
—Pensé que quizás... quisiera acompañarnos.
Silencio.
Fausto permaneció inmóvil.
-No.
La respuesta fue seca.
Civeta intentó sonreír.
—Aunque sea debería comer un poco... Hace días que...
—He dicho que no.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Civeta bajó ligeramente la cabeza.
—Solo... me preocupa que...
—¡BASTA!
La voz de Fausto retumbó en toda la habitación.
Civeta dio un pequeño paso hacia atrás, no era la primera que Fausto le levantó la voz.
— ¿Cuántas veces tengo que repetirlo?
Sus ojos, normalmente vacíos, estaban cargados de una irritación contenida.
—Quiero estar solo.
Civeta sintió un extraño vacío en el pecho y cayó completamente la cabeza.
—... Lo siento, mi señor…
Su voz apenas fue un susurro.
—No volverá a ocurrir.
Retrocedió lentamente.
Cerró la puerta con cuidado y desapareció por el pasillo.
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Del otro lado de la puerta... Civeta permaneció unos segundos inmóvil. Miró el suelo y no entendía por qué sentía aquella presión en el pecho. No comprendía por qué cada vez que Fausto la rechazaba... Algo dolía.
Apretó lentamente una mano contra su uniforme.
—¿Por qué...? ¿Por qué mi señor Fausto no es como antes?
Sus circuitos no encontraron una respuesta. Solo guardó silencio y continuó caminando.
—Antes era un niño tan feliz…
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Dentro de la habitación...
Fausto cerró los ojos, respiró profundamente. No parecía enfadado.
Parecía... muy cansado. Se puso de pie, tomó lentamente su abrigo negro y salió de la habitación.
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Los interminables pasillos del Palacio Negro parecían un laberinto. Cada paso de Fausto resonaba sobre el mármol oscuro.
Táctico.
Táctico.
Táctico.
A ambos lados del corredor había soldados perfectamente alineados, pero ninguno hablaba. Al verlo pasar... Todos hacían una reverencia al mismo tiempo.
—Mi señor.
—Mi señor.
—Mi señor.
Fausto no respondió, ni siquiera los miró. Solo continuó caminando con la vista perdida al frente.
Su presencia bastaba para que el ambiente se volviera pesado. No inspiraba admiración, inspiraba temor.
Cuando desapareció al final del corredor...
Los soldados soltaron lentamente el aire que habían contenido.
Nadie se atrevía a respirar con normalidad mientras él estaba cerca.
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Finalmente llegó a una enorme puerta metálica.
Colocó la palma de la mano sobre un lector y una luz azul recorrió su brazo.
—Identidad confirmada.
La puerta se abrió lentamente.
Aquella era su oficina personal y entró.
La puerta volvió a cerrarse detrás de él.
Por primera vez desde que despertó... Estaba completamente solo.
Fausto permaneció varios segundos inmóvil en medio del despacho.
Luego habló sin rabia y sin odio.
Sino con una tristeza tan profunda que parecía venir de muchos años atrás.
—Este mundo...
Bajó lentamente la cabeza.
—Está roto.
Su voz apenas era un murmullo.
—Siempre lo estuvo.
Caminó hasta el enorme ventanal que daba a la ciudad. Observó las fábricas, el humo, los soldados, las armas y los edificios grises.
—Todos siguen creyendo que lucho por conquistar.
Cerró lentamente los ojos.
—Qué errores están...
Apoyó una mano sobre el cristal.
—Debo destruir este mundo.
Su reflejo quedó frente a él.
—Para poder reconstruirlo.
Hizo una pausa muy larga.
—Y hacerlo perfecto...
Su voz casi se quebró.
—... para ella…
El silencio volvió a envolver la habitación.
Entonces caminó hacia una consola holográfica oculta en una esquina, introduciendo una compleja secuencia de códigos.
El panel iluminó su rostro y después escribió una contraseña.
Las paredes comenzaron a vibrar y un mecanismo oculto despertó. Una enorme sección del muro comenzó a deslizarse lentamente hacia un lado.
Detrás...
No había armas, no había mapas, no había tecnología.
Había una fotografía.
Gigantesca, tanto que ocupaba toda la pared.
Fausto quedó inmóvil.
La imagen mostraba a una joven.
Una mujer.
Su largo cabello rojizo danzaba con el viento como si cada hebra hubiera sido pintada por la luz del atardecer. Sus ojos marrones transmitían una calidez imposible de describir. No había tristeza en ellos, solo vida y paz.
Sonreía con una felicidad tan sincera que parecía capaz de iluminar el mundo entero.
Vestía un delicado vestido blanco con suaves bordados rosados que se movía junto con la brisa.
Entre sus manos sostenía un ramo de flores silvestres, sencillas, coloridas y llenas de vida. Detrás de ella se extendía un inmenso campo cubierto de flores que se perdía hasta el horizonte, millas de pétalos parecían elevarse con el viento, como si el paisaje entero respirara.
El cielo era completamente azul y las nubes eran blancas. La luz bañaba cada rincón de aquella escena.
Era una fotografía tan llena de vida... Que parecía pertenecer a otro universo. A uno donde la guerra jamás hubiera existido.
Fausto dio un paso, después otro y se detuvo justo frente a la imagen.
Durante varios segundos... No habló, solo la observó. Sus ojos, normalmente vacíos, comenzaron a mostrar un sentimiento… profundo y doloroso…
Extendió lentamente una mano y sus dedos acariciaron con una delicadeza inesperada el rostro de la mujer, como si temiera romper algo.
Una leve sonrisa apareció en sus labios, una sonrisa pequeña y dolorosa.
—Muy pronto...
Su voz apenas era un susurro.
—Muy pronto...
Cerró los ojos y apoyó la frente contra la fotografía.
—Por fin estaremos juntos…
Respiró profundamente.
—Como siempre debió ser.
El silencio llenó nuevamente la habitación. Fausto volvió a acariciar la imagen y con infinita ternura. Muy distinto al hombre que el mundo conoció.
—Solo espera un poco más...
Sus labios temblaron apenas.
—Conseguiré los Circuitos Vírgenes. Los que tanto necesitamos.
Su mirada permanecía fija en los ojos de aquella mujer como si esperara una respuesta.
—No te preocupes...
Sonrió con tristeza.
—Aunque tenga que destruir este mundo...
Hizo una larga pausa.
—Los obtuve.
La habitación quedó completamente en silencio.
Solo permanecían allí...
Un hombre al que todos temían y la inmensa fotografía de una mujer...
Que, según toda la historia conocida de Tadmor... Jamás debería haber existido.
muy buen capitulo
excelente
cada vez mejor 👏👏
muy buen capitulo 👏👏
Cereza y Cifra rescatando a la gente fue perfecto
Ya quiero saber que más va a pasar en esta novela tan interesante! ❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤❤
Todos los países están en alerta máxima por el ataque de Fausto!!! 😞😞😞😞😞😱😱😱😱😱😱😱😱😱😱
Cereza y Cidra descubriendo el concepto de la muerte y relacionándolo con Ethan me conmovió mucho ❤❤❤❤❤❤