Lucía Atelier, ejecutiva sofisticada pero ciega de amor, se entrega en secreto a Gabriel, un rudo piloto de pruebas. Ella cree vivir un romance salvaje, pero él la usa por ambición para robar los secretos industriales de su familia y arruinarla. Cuando Marcos, hermano de Lucía, descubre la relación e investiga al mecánico, lo acorrala. Desesperado, Gabriel secuestra a Lucía en una mansión aislada para exigir un rescate millonario. Al descubrir el chantaje, ella huye, pero Gabriel la atropella en la carretera y la deja por muerta. En la noche, Dante, el gélido y magnético líder del sindicato criminal más poderoso, la rescata y la cura en secreto. Lucía despierta con amnesia y surge entre ellos un tórrido y apasionado romance. Al recuperar la memoria y recordar la traición, Dante no solo la ayuda a regresar con su influyente familia, sino que la reclama como su mujer ante los Atelier. Con su poder letal, el mafioso removerá el cielo y la tierra para cazar a Gabriel y vengar a su reina
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 20. RETAZOS DE VOZ
Un mes entero se desvaneció de forma paulatina en el calendario del santuario de las colinas del sur. El sol del verano comenzaba a ceder ante la templanza de los primeros vientos, dorando las copas de los árboles que rodeaban la propiedad fortificada. En mitad de esa calma, la convivencia entre Lucía y Dante se había transformado en un engranaje perfecto de protección y deseo desmedido. El afecto real e inmanente que los amarraba el uno al otro se consolidaba en cada cena compartida en el salón y en la complicidad de las noches de lo más tórridas y pasionales en la suite principal. Lucía se sentía plenamente integrada en la intimidad de la mansión, dejándose envolver por la firmeza de los hombros anchos de su salvador, aunque dentro de su pecho la agitación secreta por los hilos del pasado seguía latiendo con fuerza.
Aquella tarde, la joven caminaba despacio por los senderos empedrados del jardín trasero, portando un abrigo ligero sobre su sofisticado conjunto de lino claro. Su porte sofisticado y natural se recortaba contra la inmensidad del valle de las afueras, mientras respiraba la brisa fresca para relajar las sienes.
A pocos metros de allí, junto a la barandilla de piedra blanca del porche de cristal, Dante se encontraba de pie revisando un terminal telefónico secundario de alta seguridad. Vestía un pantalón oscuro y una camisa fina de sastre en color blanco con los primeros botones desabrochados, manteniendo su habitual estampa de una frialdad analítica absoluta. Como líder del sindicato criminal más poderoso, Dante manejaba también inversiones comerciales legítimas en la zona portuaria de la ciudad, lo que a menudo lo obligaba a contratar los servicios de los bufetes legales de mayor renombre del mercado, manteniendo una distancia estrictamente profesional y al margen de los nombres de su vida clandestina.
Dante pulsó el comando técnico de aceptación y activó el manos libres del dispositivo para revisar unos documentos impresos que sostenía en su mano grande. De inmediato, una voz seria, profunda, nítida y cargada de una seguridad jurídica aplastante inundó el espacio abierto del porche, resonando con fuerza en mitad del silencio del jardín.
—...las condiciones de la licitación del muelle secundario quedan ratificadas en el anexo contable, director Dante —anunciaba la voz al otro lado de la línea, con una rigidez y una parsimonia profesionales impecables—. Mi bufete corporativo ya ha remitido los registros de las contratas a la fiscalía general para blindar la openración. No habrá retrasos en la firma del contrato. Recuerde que soy un Atelier Director, Alejandro Atelier nada se nos escapa
Lucía, que en ese preciso segundo se aproximaba al porche tras dar la vuelta al sendero de matorrales, se detuvo en seco sobre el césped agrietado al escuchar aquella vibración acústica en el aire. El impacto fue brutal, destructivo y de una intensidad desgarradora.
Al oír esa voz seria y profunda pronunciar el apellido que la obsesionaba en secreto, una descarga salvaje de pura adrenalina le recorrió las entrañas y un sudor helado le salpicó las sienes de golpe. En mitad de la negrura de su amnesia progresiva, un cuarto y demoledor retazo de memoria golpeó su cerebro con la violencia de un impacto seco. El cofre de hierro de sus recuerdos crujió de forma notable: no solo vio los rasgos nítidos de un hombre joven de traje sastre revisando fajos de demandas en un despacho de lujo, sino que la conexión biológica de su sangre le devolvió la lucidez de un nombre real.
—Alejandro... mi primo Alejandro —ahogó Lucía en un murmullo quebrado por la angustia.
El esfuerzo neurológico por aferrarse al rostro y al parentesco de su primo fue tan descomunal que las fuerzas se le evaporaron de los miembros en un segundo. Sintió un mareo denso y pastoso que le hizo tambalear la cabeza, obligándola a llevarse las manos frías a las sienes antes de desmoronarse por completo sobre el césped del jardín, soltando un llanto silencioso de pura agitación y desespero humano.
Dante cortó la comunicación telefónica con un movimiento rápido e implacable en cuanto escuchó el sutil crujido de la hierba y el lamento de la joven. Se giró de un salto, y su mirada gélida se transformó en una furia territorial y un impulso protector inmenso al verla tendida en el suelo. Cruzó la distancia a grandes zancadas, se arrodilló a su lado en la tierra y la alzó contra su pecho robusto, estrechándola con una fuerza física inmensa para transmitirle el calor abrasador de su cuerpo.
—¡Lucía! Mírame a los ojos, quédate conmigo —le ordenó Dante con un murmullo ronco y potente, cargado de una fijeza de lo más posesiva mientras la trasladaba a toda prisa hacia el interior del gran salón de la mansión—. ¿Qué ha pasado? Estabas bien hace un minuto.
Lucía se aferró a las solapas de la camisa de Dante con los dedos trémulos, escondiendo el rostro bañado en lágrimas en la firmeza de su cuello, temblando de forma notable mientras el monitor interno de sus sentidos seguía repitiendo la voz de la radio y del teléfono en un compás acelerado.
—La voz... la voz de ese hombre, Dante... —sollozó ella con un hilo de voz pastoso y roto por la agitación—. Lo conozco. Su nombre es Alejandro... es mi primo. Sé que es mi primo, Dante. El apellido Atelier es mi propia sangre. No sé por qué estoy aquí ni qué me pasó en esa carretera desierta, pero mi familia está en alguna parte de esa ciudad y me están llamando en mitad de la oscuridad. Tengo miedo de lo que ocultan mis recuerdos... tengo miedo de perder la paz de tus brazos.
Dante la depositó sobre el inmenso sofá de piel con un cuidado infinito, manteniéndose inclinado sobre ella con una rigidez de piedra en sus facciones de piedra. Sus ojos oscuros destellaron con una fijeza oscura y exigente; el avance de la amnesia progresiva estaba ganando terreno al olvido, y la identidad de su reina comenzaba a rasgar el blindaje del santuario que él había construido en las colinas. El líder de las sombras sabía perfectamente que la red de la verdad se estaba cerrando sobre sus cabezas, pero el deseo desmedido y el afecto real que sentía por ella lo empujaban a sostener el idilio pasional a puerta cerrada, devorando sus dudas en un nuevo y posesivo abrazo en mitad de la penumbra de la tarde, mientras a muchos kilómetros de allí, la familia real continuaba sumida en el luto silencioso.