Estela y José se conocen desde la infancia, marcados por una diferencia de edad que parecía un abismo y una eterna relación de perro y gato. Detrás de cada burla y de cada cita saboteada, se escondía un amor tan profundo como doloroso. Al crecer, el orgullo, las malas decisiones y terceras personas los distanciaron, empujando a José a forjar una falsa reputación de hombre frío y mujeriego para proteger su dignidad herida.
Años después, convertidos en dos exitosos profesionales, el destino los obliga a unirse de nuevo. Laura, hermana de José y mejor amiga de Estela, se convierte en el lazo inquebrantable que derriba sus muros. Un inesperado viaje de negocios a la costa y la estrechez de un apartamento compartido encenderán la mecha de una pasión contenida durante una década. ¿Podrán sanar los fantasmas del pasado y admitir que sus corazones siempre se pertenecieron, o el orgullo familiar ganará la última batalla?
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CAPITULO 24. DECISIONES VALIENTES Y TREGUAS OLVIDADAS.
Parte 1: La perspectiva de José
El tintineo de una cucharilla contra una taza de café fue lo único que sonó en el comedor después de que las palabras de Laura quedaran flotando en el aire. Miré a mi hermana pequeña, procesando lo que acababa de soltar con tanta naturalidad frente a mis padres. Se iba a someter a un tratamiento para ser madre soltera. Sentí un vuelco extraño en el estómago; una mezcla de orgullo por su tremenda valentía y una punzada de preocupación protectora que me tensó los hombros. Laura siempre había sido decidida, pero esto era un salto al vacío monumental.
Mis ojos se desviaron de inmediato hacia la mujer sentada enfrente de mí. Estela no parecía sorprendida en absoluto. Ella ya lo sabía. Mantenía una expresión serena, llena de un apoyo incondicional que me hizo entender, una vez más, la complicidad inquebrantable que compartían.
Sin embargo, el torbellino por la noticia de mi hermana se mezclaba con el desastre que yo mismo cargaba en la cabeza. El hacha de guerra entre nosotros seguía flotando sobre la mesa, pero la realidad me había obligado a arrodillarme. Mi empresa estaba contra las cuerdas por culpa de la abogada que había contratado meses atrás; una mujer que resultó estar más interesada en organizar cenas románticas y citas de fin de semana conmigo que en revisar los papeles importantes del negocio. Había firmado acuerdos sin mirar, había dejado cabos sueltos por todas partes y me había dejado un agujero tremendo antes de marcharse. Había tenido que tragarme el orgullo por completo para pedirle ayuda a Estela, la única persona lo suficientemente inteligente y capaz como para salvarme de la quiebra.
—Empezaremos mañana temprano, José —dijo Estela, rompiendo mi hilo de pensamientos con una voz tranquila y distante que me devolvió a la tierra—. Laura va a iniciar una etapa muy importante en su vida y necesita que estemos centrados. No pienso permitir que tus problemas arrastren la tranquilidad de tu familia. Revisaré cada papel que esa mujer dejó a medias, pero quiero que quede claro que esto es estrictamente profesional.
Asentí en silencio, clavando la mirada en mi taza vacía mientras apretaba los puños debajo de la mesa. Me moría por dentro de ganas de decirle que me importaba un bando de gorriones el negocio si eso significaba tenerla cerca, pero su tono de hielo me recordó dónde estábamos. Mañana nos encerraríamos en mi despacho, codo con codo, para intentar solucionar un desastre que yo mismo había provocado por dejarme llevar por las apariencias. Iba a ser una tortura tenerla a menos de un metro, oliendo a fresas, mirándome con ese desapego profesional mientras yo intentaba no volverme loco de amor y frustración por el tiempo perdido.
Parte 2: La perspectiva de Estela
Apreté la mano de Laura por debajo del mantel, dándole todo el aliento que mis dedos podían transmitirle. Ver la cara de los padres de Laura y de José ante el anuncio del tratamiento de inseminación de mi amiga me encendió una chispa de admiración profunda en el pecho. Laura se estaba lanzando a la aventura de ser madre con una fuerza que yo envidiaba. Ella no esperaba a que la vida le solucionara las cosas; tomaba las riendas de su propio destino, mientras yo seguía atrapada en una guerra fría interminable con el hombre que tenía enfrente.
Miré a José de reojo. Se le notaba el impacto de la noticia en la mirada, pero también arrastraba un cansancio diferente, una vulnerabilidad que rara vez se permitía mostrar.
La situación de su negocio era crítica. Saber que la mujer que había contratado para llevar los asuntos legales de su empresa se había dedicado a coquetear con él, a buscar citas románticas y a desatender sus obligaciones hasta dejarle un problema gigantesco, me había provocado una mezcla salvaje de celos y rabia sorda. Me daba rabia que José hubiera sido tan ciego como para dejarse enredar por una cara bonita que solo quería salir en las revistas a su lado. Pero cuando vino a pedirme ayuda, con los hombros caídos y el orgullo herido, fui incapaz de decirle que no. No podía verle caer. A pesar de todas nuestras peleas, de las máscaras de indiferencia y de la distancia que nos había separado, su bienestar me importaba más que mi propia dignidad.
—Me parece perfecto, Estela. Mañana a primera hora te tendré listos todos los archivadores en la oficina —respondió José, sosteniéndome la mirada con una seriedad que me erizó la piel.
Sentí un cosquilleo familiar en el estómago que me obligó a enderezar la espalda en la silla. Trabajar juntos en su empresa iba a ser una prueba de fuego extrema para mi autocontrol. Tendría que revisar los contratos mal hechos, limpiar el rastro de la abogada que había ocupado su tiempo y sentarme a su lado durante horas intentando fingir que solo me importaban los balances y los papeles. José estaba desarmado, su fachada de mujeriego picaflor se había venido abajo por culpa de su propio error y ahora dependía de mí para salvar lo que tanto le había costado construir. Me prometí a mí misma que mantendría las distancias, que no dejaría que su cercanía física ablandara mis defensas, pero mientras observaba cómo se pasaba la mano por el cabello con gesto huraño, supe que esta tregua obligada nos iba a arrastrar a un terreno del que ninguno de los dos saldría ileso.