Fabián de Castro es un hombre poderoso y respetado en su ciudad. Es frío y poco sociable, dueño de un casino muy visitado por toda clase de persona. También es uno de los solteros más deseado. En una deuda de juego su pago es Débora, quien acababa de recibir su título de profesora y estaba orgullosa de haber logrado su sueño. Al llegar a su casa, se entera entre otras cosas, que la pequeña herencia que sus padres pudieron dejarles al morir, su hermano mayor la había acabado en juegos, mujeres y alcohol. Fabián sintió que si él no se hacía cargo, el hermano la vendería a otro hombre y no sé comportaría igual, así que termina por aceptar. Entre ellos comienza una rivalidad que oculta los sentimientos reales que comienzan a surgir con cada gesto cariñoso y detallista que se hacen al descuido.
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Capítulo 1: La mano que cambió su destino
El sonido de las fichas cayendo sobre el tapete verde era casi hipnótico.
En la sala privada del casino, el aire olía a lujo, tensión y peligro. Las luces bajas hacían brillar los anillos, los relojes caros… y las miradas desesperadas de los hombres que jugaban más que dinero: jugaban su dignidad.
Fabián de Castro observaba en silencio.
No necesitaba hablar para dominar la habitación. Su sola presencia imponía un respeto que rozaba el miedo. Traje negro impecable, mirada fría, postura firme. Nadie allí olvidaba que ese casino le pertenecía… y que perder contra él era, casi siempre, una sentencia.
—Subo la apuesta —dijo uno de los jugadores, con la voz temblorosa.
Fabián ni siquiera parpadeó.
—Acepto —respondió con calma.
El crupier repartió la última carta.
Silencio.
El hombre frente a él tragó saliva. Miró su mano. Luego miró a Fabián.
Y perdió.
Otra vez.
Un murmullo recorrió la mesa. Nadie se atrevía a celebrar ni a compadecerlo. En el mundo de Fabián de Castro, las emociones eran un lujo peligroso.
El perdedor soltó una risa nerviosa, intentando aparentar control.
—No tengo cómo pagarte… —dijo al fin.
Fabián se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Un poco tarde. ¿No crees? —respondió sin elevar la voz.
El hombre apretó los dientes. Y entonces, cometió el error.
—Puedo pagarte… de otra forma.
La sala se tensó.
Fabián lo miró por primera vez directamente a los ojos.
—Te escucho.
El hombre tragó saliva otra vez, pero esta vez su mirada brilló con una idea desesperada.
—Una última mano… pero con apuesta especial.
El silencio se volvió absoluto.
Fabián apoyó lentamente sus dedos sobre la mesa.
—No tengo tiempo para juegos infantiles.
—No es infantil —dijo el otro, casi temblando—. Si gano… te olvidas de la deuda.
Un murmullo.
Fabián arqueó apenas una ceja.
—Y si pierdes.
El hombre respiró hondo.
—Te doy lo único que me queda… mi hermana.
El aire se congeló.
Incluso los crupieres dejaron de moverse.
Fabián no reaccionó de inmediato. Solo lo observó, como si intentara encontrar lógica en una locura.
—Explícate —dijo al fin.
El hombre sonrió, forzado.
—Es joven. Educada. Acaba de terminar la universidad. Es… valiosa.
Un silencio incómodo.
Fabián se recostó lentamente en la silla.
—¿Estás apostando a tu hermana como si fuera una ficha de casino? — la idea le repugnaba un poco
—Es la única forma de pagar —respondió el hombre, sin orgullo, sin vergüenza… solo desesperación—. O la pierdo a ella… o me pierdo yo.
La mirada de Fabián se endureció.
No por interés.
Sino por algo más frío.
Juicio.
—Juega —dijo finalmente.
El hombre abrió los ojos.
—¿Aceptas?
Fabián giró apenas la copa de cristal entre sus dedos.
—No acepto la apuesta —dijo con calma—. Acepto la mano.
El crupier repartió.
La tensión era insoportable.
Cartas.
Respiraciones contenidas.
El destino jugando a divertirse con humanos rotos.
Cuando la última carta cayó, el silencio fue absoluto.
El hombre miró su mano.
Y supo.
Había perdido.
Otra vez.
Pero esta vez… no era dinero.
Fabián se levantó lentamente.
—La deuda no cambia —dijo—. Y tampoco tu irresponsabilidad.
El hombre palideció.
—¡Espera! ¡Te la estoy dando! ¡Te estoy dando a mi hermana!
Fabián lo miró como si esa frase no perteneciera a un ser humano.
—No es un objeto — algo un poco la voz, evidentemente molestro
Se giró para irse.
Pero la voz desesperada lo detuvo.
—¡Si no la tomas tú, otro lo hará! ¡La venderán peor! ¡Yo no puedo protegerla!
Fabián se detuvo.
Por primera vez, algo cambió en su expresión.
No era compasión.
Era cálculo.
Frío.
Preciso.
—Nombre —dijo sin volverse.
—Débora… Débora Salazar.
El nombre quedó flotando en el aire como una sentencia invisible.
Fabián cerró los ojos un segundo.
Y tomó una decisión que no era parte del juego.
—Tráela mañana.
El hombre parpadeó.
—¿Qué?
Fabián giró apenas el rostro.
—Mañana —repitió—. Y esto no es una compra. Es una condición.
—¿Qué condición?
La mirada de Fabián se endureció aún más.
—Si vuelve a apostar en su vida… yo mismo acabaré con la tuya.
Y se fue.
Esa misma noche, en otra parte de la ciudad…
Débora Salazar cerraba su maleta con una sonrisa tranquila.
Había terminado su carrera.
Maestra.
Su sueño.
—Por fin… —susurró, acariciando su diploma—. Todo valió la pena.
No sabía que, a unas calles de distancia, su vida acababa de ser apostada… y perdida.
Un pago...eso sería ella, un miserable pago para mantener a su hermano con vida.
Y mucho menos sabía que apartir de ese momento le pertenecería a alguien capaz de hacer congelar al fuego con su mirada ...