Sinopsis
Hay dolores que sanan con el tiempo.
Y hay otros que abren puertas.
En el Japón actual, una serie de desapariciones y muertes inexplicables tiene un inquietante punto en común: todas las víctimas atravesaban un profundo sufrimiento antes de que el horror comenzara.
Cuando una joven, devastada por una ruptura amorosa, empieza a experimentar sucesos imposibles, el investigador Gabriel Salazar descubre que una antigua entidad demoníaca intenta apoderarse de su cuerpo. Pero salvarla no será suficiente. Detrás de esa posesión se oculta un plan mucho más oscuro, capaz de cambiar para siempre el mundo de los vivos.
Porque los demonios no derriban puertas...
Esperan a que alguien las abra.
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capítulo 19
La dirección del silencio
"Ya encontré el nombre que buscaban."
Nadie volvió a hablar.
Gabriel permaneció de pie frente al viejo mapa mientras la tinta negra terminaba de secarse sobre el papel.
Aquellas palabras no parecían una amenaza.
Eran una confirmación.
Como si alguien acabara de ganar una carrera que ellos ni siquiera sabían que había comenzado.
Valeria fue la primera en romper el silencio.
—Tenemos que encontrar a esa persona antes que ellos.
Gabriel negó lentamente.
—No.
Ya la encontraron.
Ahora tenemos que descubrir quién es... antes de que sea demasiado tarde.
Miró el bastón que el anciano había dejado junto al mostrador.
Seguía apoyado exactamente donde lo habían visto por última vez.
El hombre había desaparecido.
Pero había dejado atrás todas sus pertenencias.
Como si hubiese salido convencido de que nunca volvería.
O de que ya no las necesitaría.
La policía nunca les creería.
Gabriel lo sabía.
¿Cómo explicar la desaparición de un hombre dentro de una habitación cerrada sin una sola señal de violencia?
No podían perder tiempo.
Dobló cuidadosamente el mapa y lo guardó junto a la fotografía y el reloj.
Cuando iba a cerrar el abrigo, notó algo extraño.
La brújula que la anciana de la posada les había entregado vibraba débilmente.
La sacó.
La aguja giraba lentamente.
No apuntaba al norte.
Tampoco hacia la librería.
Apuntaba directamente hacia las montañas.
Pero había algo inquietante.
Cada pocos segundos...
La aguja retrocedía unos centímetros.
Como si algo intentara desviarla.
Gabriel jamás había visto una brújula comportarse de aquella manera.
—¿Qué ocurre? —preguntó Valeria.
—No está buscando un lugar.
Está siguiendo a alguien.
Abandonaron la librería cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de las montañas.
Minakami había cambiado.
Las calles estaban casi vacías.
Las persianas de las tiendas descendían una tras otra.
Las campanas de bronce colgadas frente a las casas habían sido retiradas.
Solo quedaban los ganchos de los que habían colgado durante años.
Valeria lo notó enseguida.
—¿Por qué las quitaron?
Una mujer que cruzaba la calle aceleró el paso al escucharla.
No respondió.
Ni siquiera levantó la mirada.
Gabriel sintió el mismo silencio pesado que había percibido bajo las vías de Tokio.
Era un silencio aprendido.
El silencio de quienes saben que ciertas preguntas atraen respuestas.
Al llegar a la posada encontraron a la anciana cerrando cuidadosamente todas las ventanas.
Al verlos entrar, dejó el último postigo asegurado y respiró aliviada.
—Pensé que no volverían antes del anochecer.
Gabriel dejó el mapa sobre la mesa.
—El librero desapareció.
Ella cerró los ojos.
No pareció sorprendida.
Solo hizo una breve reverencia.
Como si acabara de enterarse de la muerte de un viejo amigo.
—Entonces empezó.
Valeria frunció el ceño.
—¿Qué empezó?
La anciana levantó lentamente la vista.
—La búsqueda.
Nadie dijo una palabra.
La mujer tomó la tetera, sirvió tres tazas y continuó hablando con una serenidad que resultaba inquietante.
—En Minakami hay una historia que los niños ya no aprenden.
Porque los adultos dejaron de contarla.
No por vergüenza.
Por miedo.
Gabriel permaneció atento.
—¿Qué historia?
La anciana sostuvo la taza entre sus manos.
—Dicen que, hace muchas generaciones, un hombre llegó desde las montañas sin recordar quién era.
No sabía su nombre.
No sabía de dónde venía.
Los habitantes del pueblo intentaron ayudarlo.
Le dieron comida.
Le dieron un techo.
Incluso le dieron un nuevo nombre.
La mujer hizo una pausa.
Su voz descendió hasta convertirse en un susurro.
—Tres noches después...
Todos los que habían pronunciado ese nuevo nombre desaparecieron.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Murieron?
La anciana negó lentamente.
—Ojalá.
Jamás encontraron sus cuerpos.
Solo quedaron sus casas abiertas.
La comida servida.
Y las lámparas encendidas.
Como si hubieran salido un instante...
Y nunca hubieran regresado.
Gabriel sacó el reloj de bolsillo.
Lo colocó sobre la mesa.
Las agujas seguían detenidas en las 2:17.
Después dejó la fotografía junto a él.
Finalmente extendió el mapa.
Los tres objetos permanecieron inmóviles durante unos segundos.
Entonces ocurrió algo.
La aguja de la brújula comenzó a girar con violencia.
El reloj emitió un leve chasquido.
Y la fotografía...
Se dobló sola por la mitad.
No por el viento.
No había una sola corriente de aire.
La imagen se dobló exactamente sobre el rostro del hombre que había sido borrado.
Como si quisiera ocultarlo una vez más.
Gabriel sintió un peso en el pecho.
No era miedo.
Era la certeza de que alguien...
O algo...
Sabía exactamente cuáles eran los objetos que llevaban consigo.
En ese mismo instante sonaron tres golpes en la puerta principal de la posada.
Tok.
Tok.
Tok.
La anciana dejó caer la taza.
Su rostro perdió todo color.
Miró el viejo reloj de pared.
Marcaba las ocho de la noche.
Sus labios comenzaron a temblar.
—No...
Gabriel se puso de pie.
—¿Qué sucede?
Ella retrocedió lentamente.
Sin apartar la vista de la puerta.
Y murmuró apenas, como si tuviera miedo de que quien estuviera afuera pudiera escucharla.
—Aquí...
Nadie llama después del anochecer.
Y los tres golpes...
Siempre significan lo mismo.
Gabriel dio un paso hacia la entrada.
Apoyó la mano sobre el picaporte.
Del otro lado no se oía absolutamente nada.
Ni respiración.
Ni pasos.
Solo un silencio tan profundo...
Que parecía estar esperando que alguien decidiera romperlo.