Ximena Salcedo fue entregada a la familia Alcázar como parte de un trato: casarse con Héctor, el heredero que llevaba meses inconsciente, a cambio de recuperar la casa de su madre y pagar el tratamiento de su hermano.
Ella pensó que solo tendría que cuidar a un hombre que nunca volvería a abrir los ojos. Pero en la noche más inesperada, Héctor despierta.
Desde entonces, Ximena queda atrapada entre una familia poderosa que la vigila, secretos que nadie quiere revelar, una exnovia decidida a volver, enemigos dispuestos a destruirla y un esposo que parece frío, pero que cada vez la mira con menos distancia.
Lo que empezó como un matrimonio arreglado se convierte en una guerra de orgullo, deseo y confianza, donde Ximena tendrá que decidir si Héctor Alcázar es su salvación… o la mentira más peligrosa de su vida.
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Capítulo 1
Capítulo 1
La cachetada le cruzó la cara con un ruido seco.
Ximena Salcedo sintió el sabor metálico de la sangre en la comisura de los labios.
—Te lo estoy diciendo, Ximena. Esto no lo decides tú. Te casas porque te casas.
La voz de Ernesto Salcedo retumbó en la sala como si la casa entera le perteneciera todavía. Ximena lo miró como se mira a un desconocido que se atreve a entrar sin permiso.
Luego sonrió.
Una sonrisa fría, sin una sola gota de ternura.
—¿Y según tú con qué derecho?
—¿De verdad crees que la familia Alcázar se fijó en ti? —Ernesto soltó una risa seca—. Una muchachita criada en un rancho, sin modales, sin apellido que pese. Si aceptaron meterte a esa casa fue porque yo me humillé, porque les rogué. No seas malagradecida.
—No te inventes el papel de padre sacrificado —dijo ella—. Te salió mal el negocio porque Mariana se revolcó con otro y los Alcázar la cacharon. No quieres devolver el dinero, así que quieres mandarme a mí con ese muerto en vida. Ni de chiste.
El rostro de Ernesto se deformó de rabia.
—Puedes negarte. Claro que puedes. Pero si lo haces, la empresa Salcedo se hunde. Entonces voy a vender la casa que dejó tu madre y voy a suspender el tratamiento de Leo. Tú sabrás.
Ximena apretó los puños.
Las uñas se le clavaron en la palma, pero ni siquiera bajó la mirada.
—¿Puedes ser más miserable? Leo no te hizo nada. Es tu hijo. ¿También lo vas a usar para amenazarme?
Eso no era un padre.
Era un desgraciado con traje.
—Si la familia se arruina, ¿con qué dinero crees que se va a tratar a tu hermano? —Ernesto se acercó un paso—. Si no quieres que se quede así para siempre, más te vale entender lo que tienes que hacer.
Poca madre.
Ximena lo miró por última vez, con la mandíbula tensa, y salió de la casa.
Apenas cruzo el portón, respiro hondo. El aire de la calle le llenó los pulmones, pero no le quitó el peso que llevaba encima.
La casa de su madre.
El tratamiento de Leo.
El matrimonio con un hombre en coma.
Todo le cayó encima al mismo tiempo.
—Desde acá se huele el rancho. Con razón, llego la campesinita.
La burla vino desde un deportivo amarillo estacionado junto a la banqueta.
Ximena volteo.
Mariana Salcedo bajo primero, colgada del brazo de Rodrigo Téllez, uno de esos juniors de la ciudad que se creían intocables porque habían nacido con tarjeta negra en la cartera.
Mariana llevaba la sonrisa de quien acababa de encontrar una herida fresca y quería meterle el dedo.
—Escuche que papá quiere mandarte a la casa Alcázar y todavía te haces la digna —dijo—. Deberías darle las gracias. Así no terminas durmiendo en la calle, peleándote la comida con los perros.
Ximena no respondió.
Mariana la había odiado desde niña. Antes de que su madre lograra entrar a la familia Salcedo, Ximena era la hija reconocida, la que tenía casa, nombre y una madre con lugar. Mariana, en cambio, era la hija escondida.
Diez años de resentimiento no se le habían borrado.
Luego Elena murió.
Ximena fue enviada lejos.
La madre de Mariana entro por fin a la casa.
Y Mariana se convirtió en la princesita de los Salcedo.
Rodrigo, por su parte, ni siquiera escuchaba. Estaba demasiado ocupado recorriendo a Ximena con la mirada.
Había oído que la hija mayor de los Salcedo era fea, gorda, ordinaria, una vergüenza criada lejos de la ciudad.
Pero la mujer frente a él no tenía nada de eso.
Era hermosa de una forma que molestaba.
Piel clara, cuerpo delgado, ojos fríos. No necesitaba adornarse para llamar la atención.
Rodrigo sonrió con descaro y dio un paso hacia ella.
—Pobrecita. Mejor vente conmigo. No vas a dormir en la calle y te prometo una cama bastante cómoda.
Estiro la mano para tocarle la cara.
—Rodrigo —Mariana lo jalo del brazo, apretándose contra el con evidente fastidio—. Esta mujer ya está apartada para los Alcázar.
Rodrigo la empujo sin paciencia.
—Teniendo esto enfrente, ¿para qué me quedo con una copia barata? —volvió a acercarse a Ximena—. Héctor Alcázar capaz ni pasa de esta semana. Mejor déjame disfrutar lo que él no va a poder.
Ximena miro esa mano asquerosa que venía hacia ella.
Levanto la pierna.
El golpe fue limpio.
Rodrigo salió disparado y cayo varios metros atrás con un quejido ridículo.
—¡Ximena! —grito Mariana—. ¿Estás loca? ¿Cómo te atreves a pegarle?
Ximena le dedico una mirada de hielo.
—Perro que estorba, se quita.
—No te sientas tanto —chillo Mariana—. Los Salcedo no te van a recibir. O te casas con ese vegetal o acabas como limosnera.
Ximena ya no la escucho.
Camino sin mirar atrás.
No podía volver a esa casa.
La villa que Elena le había dejado estaba a punto de ser subastada.
Le quedaban unos cuantos billetes y ninguna gana de llorar.
Primero necesitaba un hotel. Después pensaría.
En la residencia Alcázar, Lourdes de Alcázar estaba sentada junto a Doña Mercedes, masajeándole las piernas con paciencia.
—Mamá, entre las muchachas de buena familia, la hija mayor de los Salcedo es la más adecuada —dijo en voz baja—. Sabe medicina. Puede ayudar a estimular a Héctor. Ya investigué: no tiene historial sentimental, no anda metida en escándalos. Me parece buena candidata para ser nuestra nuera.
Doña Mercedes abrió los ojos apenas.
—Dicen que creció fuera, en el campo. ¿No será poca cosa para Héctor?
—Héctor lleva medio año en cama —respondió Lourdes—. Si nadie logra provocarle una reacción, puede pasar otro medio año igual. Ximena creció lejos, sí, pero es nieta de Don Mateo. También viene de una familia con nombre.
La anciana cerro los ojos otra vez y movió la mano.
—Haz lo que creas conveniente.
—Sí, mamá.
Al día siguiente, Ximena fue a la universidad.
—Ey, Xime. ¿En qué andas pensando? —Renata Núñez le echo un brazo por los hombros—. Llevas días sin venir. No me digas que te escapaste con algún guapo.
Ximena no tenía humor para eso.
—A ver, déjame adivinar —insistió Renata—. ¿El de arquitectura? ¿El de artes? ¿O el chavito que se paró en la puerta del salón a declararte su amor como loco?
—Ninguno —dijo Ximena—. Fue mi papá.
Renata frunció la nariz.
—¿Y ese señor que quiere? Si hace años que no se ocupa de ti. Cuando alguien así aparece de pronto, es porque quiere algo.
—Quiere venderme a la familia Alcázar para asegurar su buena vida. No acepte.
Renata soltó un resoplido.
—Tu papá sí que le hace honor a la palabra cínico.
—Los Alcázar querían a Mariana, pero ella no quiso casarse con un hombre en coma. Luego la pescaron con otro y cancelaron el compromiso. Ernesto ya había recibido dinero y no quiere devolverlo, así que pensó en mí.
Renata se tapó la boca.
—¿El heredero Alcázar no está casi muerto? Si te casas con él, prácticamente te vuelves viuda con acta.
Ximena no contesto.
Casarse con un vegetal no era ser esposa.
Era enterrarse viva.
—No, Xime. Esto no puedes aceptarlo —Renata movió la cabeza con fuerza—. Te va a arruinar la vida.
Ximena bajo la mirada.
Ernesto tenía la casa de su madre y la salud de Leo en la mano.
¿De verdad tenía opción?
Siguieron caminando, tomadas del brazo, hasta que una camioneta negra se detuvo frente a ellas.
Del asiento del copiloto bajo un hombre mayor, vestido de manera impecable. Camino hacia la puerta trasera y la abrió con respeto.
—Señora, hemos llegado.
Una mujer elegante bajo del vehículo.
Ximena y Renata se miraron.
¿La conoces?, pregunto Renata con los ojos.
Ximena negó apenas.
La mujer llevaba un vestido verde oscuro, joyas de esmeralda y un chal de piel que no parecía fuera de lugar en aquella mañana fresca. Tenía una calma suave, de esas que no necesitan levantar la voz para que todos se aparten.
—¿Tu eres Ximena Salcedo?
—Si —respondió Ximena, desconcertada—. ¿Usted es...?
—Soy Lourdes de Alcázar, madre de Héctor. Si tienes tiempo, me gustaría que nos sentáramos a hablar.
Su tono era amable.
Demasiado amable para ser casualidad.
Ximena asintió.
—Está bien.
No sabía para que había venido personalmente la madre de Héctor Alcázar, pero no era difícil adivinarlo. Todo giraba alrededor de ese matrimonio.
En un salón privado, Lourdes dejo que le sirvieran café antes de hablar.
—No te sientas incómoda. Pronto seremos familia.
Ximena se quedó quieta un instante.
—Señora Alcázar, yo ya rechacé ese matrimonio.
—No tengas prisa por rechazarlo.
Lourdes saco una hoja de su bolso y se la paso.
Ximena bajo la vista.
Era un aviso de adeudo del hospital de Leo.
Los dedos se le tensaron sobre el papel.
—¿Qué significa esto?
—Significa que puedo ayudarte a recuperar la casa de tu madre —dijo Lourdes—. También puedo cubrir la deuda medica de tu hermano y enviarlo al extranjero para un tratamiento mejor. Si hago eso, ¿considerarías aceptar el matrimonio con mi hijo?
Para rescatar la casa se necesitaba dinero real.
Ernesto había pedido cincuenta millones y ya había compradores interesados.
Ximena cerro los ojos un segundo.
Cuando los abrió, su voz salió firme.
—Acepto.
Lourdes la observo con cuidado.
—¿No quieres pensarlo un poco más? Una vez firmado el acuerdo, no habrá marcha atrás.
Ximena sonrió, pero no había alegría en su cara.
—Usted vino a negociar, no a pedirme permiso. Sabe exactamente lo que la casa y mi hermano significan para mí. No hagamos como que esto es otra cosa. No quiero perder su tiempo ni el mío.
Lourdes pareció complacida.
La muchacha era joven, pero no tonta.
—Si tienes otra condición, puedes decirla. Los Alcázar no somos una familia mezquina.
—Si tengo una.
—Dime.
Ximena sostuvo su mirada.
—Quiero que entienda algo: si entro a la familia Alcázar, no será por los Salcedo. Mi matrimonio no tendrá nada que ver con Ernesto, Mariana ni su empresa.
Lourdes no esperaba eso.
Creyó que Ximena pediría apoyo para salvar el negocio familiar. En cambio, quería cortar el lazo.
—Eso se puede arreglar.
—Entonces, ¿Cuándo sería?
—Lo antes posible.
—Bien.
Lourdes sonrió con suavidad.
Ximena no tenía casa.
No tenía dinero.
Tenía un hermano enfermo y una madre muerta cuya única herencia estaba por perderse.
Ser la esposa de Héctor Alcázar no sonaba a felicidad.
Pero tal vez sonaba a refugio.
Y después de diez años sobreviviendo lejos de todos, un refugio era más de lo que muchas personas tenían.
y tampoco que tuvo un aborto?
y esas zorrascaeran por ladronas y puras.🤭😂