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En la cama del esposo de mi hermana

En la cama del esposo de mi hermana

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Dominación / Vientre de alquiler / Romance oscuro / Completas
Popularitas:24.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

Valentina Reyes ha pasado toda su vida a la sombra de Mariana, la media hermana que le robó su lugar, su apellido y hasta el último recuerdo de su madre.
Cuando Mariana descubre que no puede darle un heredero a su poderoso esposo, obliga a Valentina a hacerse pasar por ella y entrar en la cama de Alejandro Quirós, el magnate más frío y temido de la Ciudad de México. El trato parece sencillo: quedar embarazada, entregar al bebé y desaparecer.
Pero Valentina no piensa obedecer.
De día será Mariana, la perfecta señora Quirós. Entre los sirvientes se ocultará bajo el nombre de Lucero. Y en secreto seguirá siendo Valentina, la mujer dispuesta a recuperar todo lo que su hermana le arrebató.
Solo hay un problema: Alejandro parece conocer cada una de sus máscaras. La observa demasiado, pronuncia su verdadero nombre cuando nadie debería saberlo y la desea como jamás deseó a su esposa.
Valentina creyó que estaba seduciendo al esposo de su hermana.
Lo que todavía no sabe es que Alejandro nunca fue engañado.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Seducirlo

Valentina respiró hondo frente a la puerta cerrada.

Lo que estaba a punto de hacer no tenía vuelta atrás. Su media hermana Mariana —la hija legítima, la favorita, la intocable— había descubierto que era infértil de nacimiento. Y en lugar de aceptar su destino, le había lanzado el suyo como un hueso a un perro: suplanta mi identidad en la noche de bodas, acuéstate con mi esposo, dame un heredero.

El té de tila que la abuela había enviado "para que se relajaran" seguía tibio en su estómago. Antes de beberlo, Valentina había añadido el preparado de hierbas que Mariana le entregó: un estimulante suave que aumentaba la sensibilidad sin nublar el juicio. Necesitaba el valor, se dijo. Lo que no necesitaba era que le temblaran las manos.

Se alisó la tela del camisón que Mariana le había dado —conservador, blanco, hasta la rodilla— y tocó la puerta.

Tardó en abrirse.

Cuando lo hizo, Alejandro Quirós ocupó todo el marco. Alto, con los hombros anchos bajo una camisa negra con los puños enrollados hasta medio antebrazo. Los dedos largos aflojaban el nudo molesto de la corbata con esa lentitud de quien no tiene prisa por nadie. El olor a whisky le llegó antes que su voz.

—¿Qué quieres?

Frío. Cortante. Abrirle la puerta ya parecía una concesión que no merecía.

Valentina levantó los ojos hacia él. Tenía la mirada oscura, ligeramente vidriosa por el alcohol, pero completamente alerta. El tipo de mirada que desnuda sin tocar.

—Me siento un poco mal…

Se lanzó. Lo abrazó por el cuello antes de que pudiera reaccionar, pegando su cuerpo al de él. Olía a alcohol caro y a jabón de sándalo, y debajo de eso, a piel caliente.

Alejandro frunció el ceño. Sus manos se cerraron sobre los brazos de ella, listas para arrancarla de encima como quien se quita una molestia.

—Déjame abrazarte un momento —susurró contra su cuello, con esa voz baja y suave que no le pertenecía del todo. Era la voz de "Mariana". La ensayó durante tres días.

—No.

Sin negociación. Sin vacilación.

—Por favor. —Se apretó más contra él, los dedos enredándose en el pelo de su nuca—. Solo un momento.

Alejandro bajó la mirada hacia la mujer pegada a su pecho. Era su cara —la misma cara que conocía—, pero algo no encajaba. La forma en que lo tocaba. El olor. Esa dulzura en la voz que nunca había estado ahí.

La misma mujer, pero no la misma.

No supo de dónde venía esa certeza.

Ella tenía el rostro enrojecido, los labios entreabiertos, los ojos brillantes con un resplandor que no era fiebre. Le tocó la frente con el dorso de la mano. Caliente, pero no como enfermedad. Le sujetó la barbilla y le alzó la cara.

—¿Qué tomaste?

Valentina lo miró desde abajo, con los ojos entornados. El calor del estimulante le latía en las sienes, en el vientre, en las yemas de los dedos que no dejaban de acariciar la piel de su cuello. La cabeza, sin embargo, seguía dolorosamente clara.

—La abuela mandó leche para los dos —contestó, y su propia voz le sonó ajena: demasiado ronca, demasiado dulce—. Pero como pensé que tú no la ibas a querer... me la tomé yo. Yo le añadí algo.

Alejandro no respondió. La mandíbula se le tensó en una línea recta.

Sabía lo que su abuela pretendía: que consumaran el matrimonio de una buena vez. Por eso había reservado la suite nupcial, había mandado té de tila y había dado órdenes para que nadie los molestara. Pero el sabor añadido no podía ser obra suya.

Sin decir una palabra, la levantó en brazos con un movimiento limpio y caminó hacia el pasillo.

Valentina aprovechó cada segundo del trayecto. Le besó el cuello, la línea de la mandíbula, ese punto detrás de la oreja donde el pulso latía fuerte. Los dedos le recorrieron el pecho por encima de la camisa, buscando los botones.

La metió al baño. La puso de pie.

Ella volvió a colgarse de su cuello y trató de besarlo en la boca.

Alejandro le esquivó el beso girando la cabeza. Le tomó las muñecas y se las bajó.

—No te muevas.

Dicho con la misma voz con la que daba órdenes en una sala de juntas. Sin espacio para réplica.

Valentina se mordió el labio inferior. El rechazo le picó en el pecho, pero el calor del cuerpo no cedía. El estimulante le recorría la sangre como agua caliente por una tubería vieja, sin apagarle una sola alarma de la cabeza.

—Tengo calor… —Le tomó la mano y se la llevó a la cintura, sobre la tela del camisón—. Tócame.

Los dedos de Alejandro rozaron la curva de su cintura a través de la tela húmeda. La piel debajo ardía. Algo en su expresión se movió —un parpadeo demasiado lento, una tensión en la mandíbula que no estaba ahí antes—, y la sujetó con más fuerza.

—¿Sientes? —murmuró ella—. Estoy ardiendo.

Él la miró sin responder. El whisky y el perfume dulce de ella se mezclaban en el aire denso del baño. Sabía que debía soltarla. Sabía que aquella cercanía era exactamente lo que su abuela había planeado, aunque no el preparado que ella acababa de confesar.

La soltó. La empujó dentro de la bañera y abrió la regadera.

El agua fría le cayó encima como una bofetada. Valentina jadeó, los brazos cruzados sobre el pecho, el camisón blanco pegándose a cada curva de su cuerpo como una segunda piel. El frío apagó parte del calor, pero no el plan.

Alzó la vista a través de las gotas que le resbalaban por las pestañas. Alejandro la miraba desde arriba con expresión glacial. Ni un gramo de deseo en esos ojos. La escena entera —ella empapada, temblando, ofreciéndose— parecía interesarle tanto como un reporte trimestral.

Valentina apretó los dientes.

Este hombre era más difícil de lo que Mariana le había advertido.

—Quédate ahí —dijo él, y se dio la vuelta para irse.

—Alejandro Quirós.

Él se detuvo. Se giró.

Valentina salió de la bañera chorreando agua. El camisón, transparente por completo, dejaba adivinar cada curva. Caminó hacia él y lo abrazó otra vez, mojándole toda la camisa negra. Pegó los labios a su oído.

—Ya firmamos los papeles. ¿No preferirías… comprobar si este matrimonio también funciona a puerta cerrada?

Una ceja de Alejandro se levantó medio milímetro. Se le olvidó quitársela de encima.

—¿Qué quieres decir?

—Que si esta noche termina sin que abras la caja y luego resulta que no funciona… yo salgo perdiendo, ¿no? —Le sostuvo la mirada con una sonrisa que era pura provocación—. Si quieres admitirlo ahora, no te voy a obligar a nada.

Algo cambió en los ojos de Alejandro. Una oscuridad que no era del alcohol.

Le sujetó la nuca con una mano. La nuez de Adán le subió y bajó una vez.

—Dímelo sin juegos. ¿Quieres que te toque?

Valentina sostuvo su mirada. No había niebla en la suya.

—Sí. Quiero.

La sacó de la bañera, la levantó y la arrimó contra la pared del baño. El azulejo frío le golpeó la espalda y Valentina jadeó, pero él ya le estaba devorando la boca, mordiéndole el labio inferior, metiéndole la lengua, y ella gimió contra sus dientes.

Le arrancó la camisa. Los botones saltaron. Le clavó las uñas en los hombros y se apretó contra su pecho, las piernas enganchadas en su cintura, el camisón mojado hecho un estorbo entre los dos.

Alejandro le bajó los tirantes de un tirón. La tela empapada se le enrolló en la cintura y el aire frío le erizó la piel desnuda. Él le recorrió el cuello con la boca, bajó, y cuando le atrapó un pezón con los labios, Valentina se arqueó entera y soltó un quejido que rebotó contra los azulejos.

—Ah…

Los dedos de él le apretaban los muslos. Ella estaba empapada y no solo por la ducha. El calor del estimulante le pulsaba en el bajo vientre, cada roce de su boca amplificándolo hasta que el cuerpo entero le temblaba.

La cargó hasta la cama y la dejó caer sobre las sábanas. Le quitó lo que quedaba del camisón. Valentina oyó la hebilla de su cinturón, la cremallera, y después el peso de él cubriéndola entera, piel contra piel, la dureza de su cuerpo presionándole el abdomen.

Cuando la penetró, el dolor la partió en dos. Valentina apretó los dientes y se le escapó un siseo. Él se quedó quieto, la frente apoyada en su hombro, la respiración caliente contra su clavícula.

—¿Quieres que pare?

—No. Espera un segundo… —Respiró hasta que el dolor cedió—. Ahora sigue.

Solo entonces empezó a moverse.

Lento al principio. Profundo. Cada embestida la hacía jadear un poco más fuerte, el dolor derritiéndose en algo distinto, algo que le apretaba el vientre y le subía por la columna. Valentina le clavó los talones en la espalda baja y él aceleró.

—Mmn… ah…

Las sábanas se le resbalaban bajo las manos. Él le sujetó las caderas, cambió el ángulo, y Valentina se retorció debajo de él con un gemido que no pudo contener. Le enterró las uñas en los brazos. Las piernas le temblaban.

Los sonidos de los dos llenaban la habitación: la respiración entrecortada de él, los jadeos de ella, el golpe rítmico de la cabecera contra la pared, la piel húmeda chocando contra piel húmeda.

Alejandro le sujetó las muñecas contra la almohada con una mano. Con la otra le levantó la cadera y embistió más profundo. Valentina gritó. El placer le apretó el abdomen como un puño, los músculos contrayéndose en espasmos que no controlaba. Se le nubló la vista.

—Ah… no pares… no puedo pensar…

No aflojó el ritmo.

Le soltó las muñecas y ella se aferró a su espalda, las uñas dejándole marcas rojas en los omóplatos. Él le metió la cara en el cuello y su respiración se volvió irregular, pesada, ronca. Los músculos de sus brazos temblaban por el esfuerzo.

Valentina llegó primero. El orgasmo le sacudió el cuerpo entero, le apretó el vientre, le arrancó un grito ahogado contra su hombro. Se le cerraron los muslos alrededor de su cintura y todo el cuerpo se le contrajo en oleadas que parecían no terminar.

Él aguantó tres embestidas más. Le agarró la cadera con fuerza, la respiración trabada en la garganta, y terminó dentro de ella con un gruñido bajo que le vibró contra la piel.

Se quedaron así. Él encima, ella debajo, los dos con la respiración de una maratón, el sudor enfriándose entre sus cuerpos.

Alejandro se salió y se dejó caer a su lado. No la abrazó. No dijo nada. Se quedó boca arriba mirando el techo con la respiración todavía rota.

Valentina giró la cabeza. Lo miró de perfil: la mandíbula apretada, el pecho subiendo y bajando, una vena marcada en el cuello.

"Otra vez."

No supo si lo pensó o lo dijo en voz alta, pero él se giró, le puso una mano en la cintura, y la atrajo hacia su cuerpo.

La segunda vez fue más lenta. La tercera, no.

Tres de la mañana.

Valentina se deslizó fuera de la cama sin hacer ruido. Alejandro dormía boca abajo, un brazo extendido sobre el espacio donde ella había estado, la sábana negra enrollada en la cintura.

En el vestidor encontró un camisón de seda rosa —uno de los que Mariana había dejado— y se lo puso. No el blanco conservador que se suponía debía usar. Ese estaba empapado en el piso del baño.

Se miró en el espejo. La mujer que le devolvió la mirada tenía la boca hinchada, el pelo revuelto, marcas rojas en el cuello y los hombros, y los ojos de alguien que acaba de cruzar una línea de la que no piensa volver.

La voz de Mariana resonó en su memoria como un eco con filo:

"Valentina Reyes, dame un heredero de Alejandro Quirós y haré que mi padre te reconozca legalmente como su hija y te dé la parte de la herencia que te corresponde. Si no…" La pausa. Los dedos deslizándose por su mejilla como una caricia que era una amenaza. "Lo único que tu madre te dejó será mío."

Y después, mirándola desde arriba, con esa sonrisa que cortaba:

"Naciste con un destino miserable. Que te permita ser mi sombra es la mayor suerte que vas a tener en la vida."

Valentina cerró los ojos.

"¿Destino miserable?"

Los abrió. En el espejo, la seda rosa le marcaba la cintura y los tirantes de encaje le enmarcaban las marcas que Alejandro había dejado en su piel.

"¿Y si me quedo con todo lo que ella quiere?"

Bajó las escaleras en silencio, descalza, con el pelo todavía húmedo. El pasillo hacia las habitaciones del servicio estaba oscuro y frío. Cada paso sobre el mármol helado le recordaba dónde estaba: en una casa que no era suya, usando un nombre que no era suyo, con el sabor de un hombre que no era suyo.

Todavía.

Abrió la puerta del cuarto de servicio.

—Hermana.

Mariana estaba sentada en la orilla de la cama, con las luces apagadas. Saltó al oír la puerta.

—¿Se hizo?

—Sí.

Mariana exhaló. Un alivio que le duró exactamente dos segundos, porque entonces sus ojos bajaron al camisón que Valentina llevaba puesto: seda rosa, tirantes de encaje, una prenda que reconoció al instante como suya. No la que le había dado. El alivio se convirtió en ácido.

—¿Quién te dijo que te pusieras mi ropa?

—La otra se mojó. —Valentina mantuvo el tono neutro de quien explica por qué cambió un mantel—. No tenía otra cosa que ponerme.

La ambigüedad de "se mojó" flotó en el aire entre las dos. Mariana apretó los dientes. No quería detalles. No quería imaginar cómo ni por qué. No quería pensar en las marcas que alcanzaba a ver en la piel de su hermana menor, marcas que ella, en meses de intentos, nunca había logrado que Alejandro Quirós le dejara.

—Quítatelo —siseó.

Valentina la miró un segundo de más. Luego inclinó la cabeza.

—Claro, hermana. Lo que digas.

Se dio la vuelta hacia el armario.

Y en el reflejo oscuro de la ventana, donde Mariana no podía verla, sonrió.

1
Elizabeth Del Valle Romero
no me gustó el final 😔
Dorkis Huerta
Buenas noches.
neumidia ruiz
te felicito escritora me encantó la narración, la trama fue distinta a tantas otras que he leído, me fascinó los personajes de los protagonistas
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