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Me enamoré del hijo de mis padrinos

Me enamoré del hijo de mis padrinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor platónico
Popularitas:8.9k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2: El chofer

La despedida fue a las seis de la mañana, en el portón de herrería de la casa de los Reyes.

Carmen le acomodó el cuello del suéter blanco por tercera vez, le quitó un hilo suelto de la manga y le tomó una foto con el celular —medio cuerpo, cabello castaño ondulado recogido a medias, ojos almendrados aún hinchados de sueño, el lunar debajo del ojo derecho como un punto final—. La subió al grupo de WhatsApp antes de que Valentina pudiera quejarse.

—Mamá, salgo horrible.

—Sales preciosa. Isabel va a llorar cuando la vea.

Roberto cargó las maletas al portón y le puso las manos en los hombros.

—Si necesitas algo, llamas. A la hora que sea.

—Sí, pa.

—Y si alguien te molesta...

—Papá. Ya sé.

Nana Lupe —la mujer que la había cuidado desde que tenía uso de razón, que olía a canela y a jabón Zote y que todavía le decía "mi niña" aunque Valentina ya le sacara media cabeza— la abrazó sin decir nada. Solo la apretó, le besó la frente, y la soltó.

Valentina no lloró. Llevaba catorce años practicando despedidas.

A las siete y cuarto, una Suburban negra se estacionó frente a la casa. Los vidrios estaban tan oscuros que parecían espejos. Valentina esperó junto a las maletas con la mochila al hombro, mientras Nana Lupe se persignaba detrás de ella.

La ventanilla del conductor bajó.

Detrás del volante había un hombre joven. No un señor canoso con chaleco de chofer, como Valentina había imaginado. Un hombre de mandíbula marcada, perfil afilado, chamarra negra sobre una playera oscura. Guapísimo. Objetivamente, científicamente guapísimo — del tipo que hacía que una se quedara mirando un segundo más de lo necesario y luego desviara los ojos, incómoda de haber sido tan obvia.

Su expresión, sin embargo, era de completo fastidio. Como si recoger a Valentina fuera un trámite a la altura de ir al banco un lunes por la mañana.

—¿Qué esperas? Súbete.

Valentina parpadeó.

—¿Eres el chofer de los Montero?

Él la miró. Sus ojos bajaron al lunar debajo de su ojo derecho, subieron a su cabello, y algo cruzó su expresión — una chispa de reconocimiento, o de memoria, tan rápida que Valentina no alcanzó a leerla.

—Ajá —dijo, y volvió la vista al frente.

Valentina subió. Las maletas ya estaban en la cajuela — él las había metido mientras ella se despedía de Nana Lupe, sin hacer ruido. El interior del auto olía a madera fría y menta, con los asientos de piel color crema impecablemente limpios. No había foto de la Virgen en el espejo ni aromatizante de pino colgando del retrovisor. Este coche no olía a chofer. Olía a dueño.

El auto arrancó. Él manejaba con una mano sobre el volante, despacio, tomando las curvas con una suavidad que no correspondía a su apariencia de hielo. Valentina, que se mareaba en cualquier coche que tomara una curva demasiado rápido, lo notó con alivio y con algo parecido a la gratitud — aunque no pensaba decírselo.

Lo observó por el espejo retrovisor. La línea de la mandíbula. Las pestañas, que eran injustamente largas para un hombre. Las manos sobre el volante: dedos largos, una cicatriz blanca en el dorso de la mano izquierda, como la marca de una mordida vieja.

En un semáforo en rojo, sobre Constituyentes, él habló sin voltear.

—¿Te gusta lo que ves?

A Valentina se le subieron los colores a la cara. Pero era hija de Carmen Reyes, que nunca se quedaba sin respuesta, así que levantó la barbilla.

—Sí, bastante.

Él volteó. Y Valentina, en lugar de bajar la mirada como habría hecho cualquier persona con un mínimo de vergüenza, le sostuvo los ojos con una sonrisa abierta, directa, sin disculpa.

Él apretó el volante. Un músculo se le tensó en la mandíbula. Desvió la vista al frente justo cuando el semáforo cambió a verde y aceleró un poco más de lo necesario.

Valentina ocultó la sonrisa contra la ventana.

---

A las 6:03 de la mañana, antes de que sonara la alarma, Santiago Montero ya estaba despierto.

Se había vestido, revisado tres correos y subido al auto rumbo a la oficina de Limontech cuando entró la notificación del grupo de WhatsApp familiar.

La foto de Carmen.

Suéter blanco. Cabello ondulado. Ojos que sonreían antes que la boca. Y ahí, debajo del ojo derecho, el punto oscuro que él podría haber dibujado de memoria con los ojos cerrados.

Santiago miró la foto cuatro segundos. Cinco. Seis. Dio vuelta en U en pleno Periférico — el coche de atrás tocó el claxon—, marcó al chofer y le dijo que no fuera.

—Ella se marea —dijo—. Tú manejas como animal.

Colgó antes de que el otro pudiera contestar.

Esa era la justificación. La razón real cabía en una foto de medio cuerpo que le apretaba el pecho de una forma que no tenía intención de analizar.

---

La mañana se derramaba sobre Constituyentes en tonos de smog dorado. Valentina miraba los árboles por la ventana. Él carraspeó.

—¿No te parezco conocido?

Valentina lo estudió con la cabeza ladeada. Lo miró de arriba abajo, sin pudor, como si él fuera un cuadro en una galería y ella no tuviera que pagar entrada.

—¡Sí! —dijo, con los ojos brillantes—. Te pareces a un actor, pero no me acuerdo cuál.

Silencio.

Santiago la miró por el retrovisor. Valentina le devolvió una sonrisa inocente, satisfecha con su propia observación. No había un gramo de ironía en su voz. Lo decía en serio.

Catorce años. Catorce años sin verla y ella lo miraba como a un extraño.

Apretó la mandíbula y no dijo nada más.

"Qué chofer más raro," pensó Valentina, recargando la frente contra el vidrio frío. "Pregunta mucho."

La Suburban tomó una curva suave hacia una calle arbolada, pasó frente a una caseta de vigilancia donde el guardia saludó al conductor con una inclinación de cabeza, y entró a un fraccionamiento privado donde las casas tenían jardines del tamaño de parques y las bardas eran tan altas que solo asomaban las copas de los árboles.

Valentina separó la frente del vidrio. Las palmas de las manos le sudaban contra la mochila.

El auto se detuvo frente a una residencia de cantera gris con un portón de hierro forjado que se abrió solo. El jardín delantero tenía rosales en plena floración — rosa pálido, casi blanco — y un camino de piedra que llevaba a una puerta doble de madera oscura. Desde algún lugar detrás de la casa llegaba un olor agridulce y verde que Valentina no supo identificar, pero que le hizo cosquillas en la nariz y le provocó, sin razón, ganas de sonreír.

El chofer apagó el motor. Bajó las maletas, las dejó junto al portón, y volvió al auto sin mirarla.

—Llegan a recibirte —dijo, señalando la puerta con la barbilla.

Antes de que Valentina pudiera responder, la puerta principal se abrió de par en par.

Una mujer morena de sonrisa enorme, vestido de lino y aretes de plata salió casi corriendo por el camino de piedra y la envolvió en un abrazo que olía a perfume floral y a café recién hecho.

—¡Mi niña! ¡Llegaste! ¡Pero qué bonita estás, Dios mío, igualita a tu mamá!

Isabel Montero. La madrina. Valentina apenas alcanzó a soltar la mochila antes de que los brazos de la mujer la apretaran como si fueran familia de verdad — como si el "comadre" no fuera cortesía sino algo que le correspondía por derecho.

Cuando Isabel finalmente la soltó —después de apretarle las mejillas, acomodarle el cabello y examinarla de arriba abajo con los ojos húmedos—, Valentina volteó hacia la Suburban.

El chofer ya se había ido. El portón estaba cerrándose detrás de una estela de polvo dorado por el sol de la mañana, y las maletas estaban perfectamente alineadas junto a la puerta.

¿Cuándo las había subido?

—Ven, ven, te enseño tu cuarto —Isabel la tomó del brazo y la arrastró dentro de la casa—. Ricardo no está, salió tempranísimo, pero te dejó una nota en tu buró. Y Santiago... bueno, Santiago es Santiago. Ya lo conocerás.

Valentina tragó saliva.

Santiago.

El de las tres reglas. El que vivía en el tercer piso prohibido. El dueño de esta casa que olía a limones y tenía un portón que se abría solo.

Pronto lo conocería. Y cuando lo hiciera, le iba a decir exactamente lo que pensaba de sus reglas.

Pero por ahora, lo único que ocupaba su mente era una pregunta que no debería importarle pero que no podía sacarse de la cabeza:

¿Quién era ese chofer?

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Equipo Motorola
buenos días escritora, enamorada de tu historia, felicitaciones
Lineth: bonito
total 1 replies
Equipo Motorola
excelente historia felicitaciones escritora
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