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CENIZAS DE UNA MÁGICA NOCHE

CENIZAS DE UNA MÁGICA NOCHE

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Amor eterno
Popularitas:452
Nilai: 5
nombre de autor: Eliette Maldondo Velazquez

nada es para siempre

NovelToon tiene autorización de Eliette Maldondo Velazquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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El aroma a mantequilla derretida y pan tostado inundaba la pequeña cocina, pero la tensión entre las dos amigas era lo único que realmente se respiraba en el aire. Roberta estaba sentada a la mesa, balanceando los pies con frustración y mirando su teléfono celular como si este tuviera la culpa de todas sus desgracias existenciales.

—Dieciocho años y sigo virgen. Qué feo, de verdad, qué horror —soltó Roberta, dramática, tirando el teléfono sobre la mesa de madera.

Azul ni siquiera se dio la vuelta. Siguió concentrada en la sartén, moviendo la espátula con un ritmo mecánico que delataba su falta de paciencia.

—¿Y qué quieres? ¿Que te haga una pancarta? ¿Te pongo un anuncio en la televisión o qué, Roberta? —respondió Azul, con la voz cargada de un sarcasmo frío y filoso.

Roberta cruzó los brazos sobre el pecho y la miró de reojo, fingiendo indignación.

—Sabes, para ser tan bonita tienes un genio espantoso, Azul. Deberías hacértelo mirar.

—Mmmm, viene con el empaque —replicó Azul, encogiéndose de hombros sin perder el estilo—. Si no te gusta el genio, no te quedas con el empaque. Así de simple.

Roberta resopló, pero una sonrisa maliciosa comenzó a dibujarse en la comisura de sus labios. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, lista para contraatacar donde sabía que le dolería a su amiga.

—Sí, te creo... Pero en todo caso, si me quisieras exhibir con tu pancarta o tu anuncio de televisión, tendría que ser a las dos. Nos iríamos a mitad de precio en la publicidad.

Azul se congeló un segundo, con la espátula en el aire, antes de reanudar su tarea.

—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

—Porque tú también eres virgen, mi amor. No te hagas —sentenció Roberta con tono triunfal.

Azul soltó un suspiro largo, apagó la hornilla de la estufa con un clic seco y finalmente se giró para enfrentar a su amiga. Su expresión era de absoluta indiferencia.

—Sí. La diferencia es que a mí no me importa en lo más mínimo. Y ahora, deja de distraerme, que por tu culpa casi se me quema el desayuno.

Roberta abrió los ojos de par en par, genuinamente escandalizada por la actitud de su compañera de cuarto. Para ella, el estatus de su inocencia era una crisis de Estado; para Azul, parecía ser tan relevante como el clima del día anterior.

—¿Cómo que no te importa? ¡Debería de importarte! —exclamó Roberta, levantando las manos.

—¿Por qué? Dame una sola buena razón —desafió Azul, cruzándose de brazos.

—¡Porque cuando te cases, tu marido tiene que saber que eres toda una diosa! —soltó Roberta, como si estuviera recitando una verdad universal e innegable—.

Azul rodó los ojos con tanta fuerza que casi le dolió. Caminó hacia la mesa con dos platos de huevos con tocino y los golpeó levemente al dejarlos caer. Se sentó frente a Roberta, mirándola con una mezcla de lástima y cansancio.

—Rob, en serio, deja de pensar esas cosas. Da miedo escucharte.

—¡Es la realidad! —insistió Roberta, señalando la con el tenedor—.

Azul pensó por un momento y soltó su pensamiento más profundo y sincero . En estos tiempos, aunque vayan de modernos, los hombres siguen buscando mujeres que no estén experimentadas y que sean sumisas. No lo expresan en voz alta porque les da vergüenza, ¡pero te juro que lo piensan!

Roberta soltó una carcajada irónica mientras le untaba mermelada a una tostada.

—Pues qué suerte que a mí no me interese un hombre que busque una esclava sin experiencia. Qué flojera de vida.

—Bueno, tú quédate con tus discursos intelectuales —replicó Roberta, acomodándose en la silla con una mirada soñadora y un brillo de picardía en los ojos—. Porque yo sí quiero. Quiero un hombre alto, muy alto. Con un perfil griego perfecto, de esos que caminan y huelen a peligro puro... mmmm. Que tenga manos fuertes y una cosa grande, suculenta, jugosa...

Azul detuvo la tostada a medio camino de su boca. Miró a Roberta con una ceja levantada, debatiéndose entre la risa y el asco.

—A ver, Roberta... ¿Tú qué quieres? ¿Un hombre o un pedazo de carne para el asado? Porque estás describiendo un filete de exportación, no a un ser humano.

Roberta no se inmutó. Le dio un mordisco a su comida, masticó rápidamente y le dedicó a Azul una sonrisa radiante y cínica.

—Es exactamente lo mismo, mi reina... pero con una cuenta de banco bien gorda. Si viene con dinero, que me lo den término medio.

Azul se llevó una mano a la frente, completamente derrotada por la audacia de su amiga. Sabía que argumentar con Roberta cuando se ponía en ese plan era una batalla perdida desde el inicio. No había lógica que pudiera ganarle a sus fantasías de telenovela.

—Rob, cállate y come, ¿quieres? Por favor —pidió Azul, señalando el plato con la cabeza, rogando internamente por unos minutos de silencio.

Roberta solo se rió, tomó su vaso de jugo y brindó al aire, completamente feliz de haber desquiciado a su amiga una mañana más.

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