Me enamoré de una Youtuber que quiere seguir en el anonimato.
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EL REFUGIO DEL GATO
Era una noche de jueves cualquiera en Guadalajara, de esas en las que la lluvia ligera deja el aire con olor a tierra mojada y las luces de los bares se reflejan en los charcos.
El lugar se llamaba “El Refugio del Gato”, un bar pequeño y acogedor en el barrio de Lafayette, con mesas de madera oscura, luces cálidas y un menú que presumía de botanas caseras y cervezas artesanales.
Carolina estaba sentada sola en una mesa del fondo, cerca de la ventana empañada. Tenía treinta y cinco años, pero esa noche parecía más joven por la forma en que se escondía detrás de su cabello castaño larguísimo, que le caía como una cortina hasta la cintura. Era llenita, de piel muy blanca y ojos negros grandes que siempre miraban un poco hacia abajo, como si temiera que alguien la estuviera juzgando.
Delante de ella había un plato de papas fritas con queso fundido, otro de alitas y un vaso enorme de malteada de fresa. Comía sin levantar mucho la mirada, como si el plato fuera un refugio, pero no podía parar.
En la mesa de al lado, Alejandro (diseñador gráfico de veintiocho años, metro ochenta, cabello negro revuelto y complexión media) revisaba su teléfono mientras tomaba una cerveza negra. Había tenido un día largo corrigiendo mockups y solo quería desconectarse. Entonces lo escuchó.
—Disculpe… ¿me podría traer más salsa picante? —pidió ella al mesero.
Su voz era inconfundible. Suave, tierna, casi como si estuviera contando un cuento de hadas antes de dormir. La misma voz que Alejandro había escuchado cientos de veces en su canal de YouTube “CaroNintendoLover”, donde ella jugaba Zelda, Animal Crossing, Mario y otros juegos sin mostrar nunca su cara, solo sus manos regordetas sosteniendo el control y esa voz que hacía que todo pareciera mágico.
Se quedó congelado un segundo. ¿Era ella? ¿Aquí? ¿En este bar de barrio?
No quería ser un acosador. Sabía que Carolina nunca mostraba su rostro por una razón. Pero la voz… era demasiado perfecta para ser coincidencia.
Se levantó despacio, se acercó a la barra como si fuera a pedir otra cerveza y, de paso, miró de reojo, primero sus manos que había visto con admiración en sus videos, y subió a ver su rostro, ella llenita, con ojos negros, rubor tímido en las mejillas y cabello larguísimo.
Y le gustó.
Le gustó mucho.
Más que en los videos. En persona era… real.
Regresó el mesero con la salsa y ella agradeció al tiempo que Alejandro agudizaba el oído y escuchaba con atención su voz. El mesero preguntó si se le ofrecía algo más y ella respondió que no gracias.
Volvió a su mesa, pero no pudo quedarse callado del todo. Esperó unos minutos, luego se levantó de nuevo, y se acercó manteniendo una distancia respetuosa.
—Perdón que te moleste —dijo con una sonrisa tranquila—. Es que… tu voz me suena muchísimo a alguien. ¿No serás tú la que hace los videos de Nintendo? La de “CaroNintendoLover”?
Carolina levantó la mirada de golpe. Sus ojos se abrieron como platos y el rubor subió instantáneamente a sus mejillas. Dejó el tenedor en el plato como si la hubieran atrapado robando galletas.
—¿Yo? —su voz salió aún más bajita, casi un susurro de cuento—. No… no, para nada. Debe ser una confusión.
Sonrió nerviosa y miró hacia su plato de alitas como si fueran lo más interesante del mundo.
Alejandro no insistió, pero ahora que la había escuchado de nuevo lo confirmó, era ella. Se rascó la nuca, un poco apenado, pero sin retroceder del todo.
—Ah, perdón entonces. Es que tengo suscrito a ese canal desde hace como tres años. Me relaja mucho cómo cuenta las historias mientras juega. Sobre todo cuando se emociona con los Koroks o cuando se pone a decorar su isla de Animal Crossing como si fuera un cuento. Su voz es… no sé, muy linda. Tierna.
Carolina apretó los labios y removió la malteada con la pajita. Sus dedos temblaban un poco.
—Qué… qué casualidad —murmuró sin mirarlo—. Pero no, de verdad. Yo ni siquiera juego Nintendo. Soy… eh… contadora.
Mentira obvia. Alejandro sonrió para sí, pero no se rio. No quería presionarla.
—Entendido —dijo con suavidad—. Solo quería decirte que quien sea esa youtuber tiene un talento increíble para hacer que uno se sienta como en casa. Y si algún día cambia de opinión y quiere platicar de juegos… bueno, estoy en la mesa de al lado. Me llamo Alejandro.
Dio un paso atrás, sin invadir más espacio.
Carolina levantó la vista apenas un segundo. Sus ojos negros se encontraron con los de él y, por un instante, no pudo sostenerle la mirada. Bajó la cabeza otra vez, pero una sonrisa pequeñita, casi invisible, se le escapó.
—Gracias… Alejandro —susurró con esa voz de hada—. Pero de verdad… no soy yo.
Él asintió, respetuoso.
—Claro. Que sigas disfrutando tu cena. Se ve deliciosa.
Volvió a su mesa, pero no se puso los audífonos. Se quedó ahí, tomando su cerveza a sorbos lentos, lanzando miradas discretas de vez en cuando.
Carolina, por su parte, ya no pudo seguir comiendo con la misma tranquilidad. Su corazón latía fuerte. Nadie la había reconocido nunca. Nadie. Y ese chico alto de cabello negro no la había acosado, no había sacado el teléfono para grabarla, no había insistido. Solo… había sido amable.
Miró de reojo hacia la mesa de él. Alejandro estaba dibujando algo en una servilleta con un lápiz que sacó del bolsillo de su chamarra, concentrado, como si no quisiera incomodarla más.
Ella mordió su labio inferior, insegura, glotona y nerviosa al mismo tiempo.
Y por primera vez en mucho tiempo, Carolina sintió que tal vez… solo tal vez… no era tan mala idea que alguien supiera quién era en verdad.
Pero esa noche todavía no. Esa noche solo se permitió robarle una última mirada tímida antes de volver a esconderse detrás de su cortina de cabello castaño.