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La IA Que Cambió Mi Destino.

La IA Que Cambió Mi Destino.

Status: En proceso
Genre:Vampiro / Romance paranormal / Madre por contrato / Enfermizo
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Zadie fue una genio de la tecnología, una mujer de 24 años creadora de la inteligencia artificial más avanzada de su época, pero despreciada, ignorada y rechazada por un mundo que no entendía su genio ni su valor. Murió en un accidente mientras conectaba su propia conciencia con esa IA, y renació siglos atrás, en la antigua Macedonia, con un nuevo nombre: Zamira. Ahora, su mente y su cuerpo están integrados con esa tecnología, que le da conocimientos infinitos, habilidades sobrehumanas y la capacidad de analizar y dominar cualquier situación. Llega al palacio del príncipe Lixandro, un vampiro de sangre real, hermoso pero terriblemente frágil, viudo y padre soltero de trillizos: Lixan, Lucian y Luciana. Los tres son niños con poderes sobrenaturales, inteligencia desbordante y una fama de traviesos insoportables, que ha ahuyentado a todas las mujeres contratadas para ser su madre sustituta. Zamira acepta el contrato sin esperar amor, solo un lugar donde ser respetada.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Recuerdos de soledad

La noche avanzaba tranquila y serena sobre el palacio de Macedonia. Después de todo lo ocurrido, de la llegada del peligro, de la defensa y de ese momento mágico en el que todo cambió con una sola palabra —madre—, Zamira se había asegurado de que los tres niños estuvieran de nuevo en sus camas, tranquilos, seguros y con el corazón en paz. Se había quedado un rato más junto a ellos, sentada en el suelo entre las camas, acariciando sus cabellos oscuros hasta que el sueño los había vencido, escuchando sus respiraciones suaves y regulares, sintiendo esa calma inmensa que solo da saber que quienes amas están a salvo y felices.

Ahora caminaba despacio por los pasillos vacíos, de regreso a sus propios aposentos. Sus pasos hacían apenas ruido sobre las alfombras gruesas, y la luz de la luna que se colaba por los altos ventanales dibujaba caminos plateados sobre las paredes de piedra antigua. Pero mientras su cuerpo avanzaba por aquel mundo hermoso, lleno de magia y historia, su mente, esa mente brillante y compleja que era la mezcla perfecta entre la ingeniera Zadie y la inteligencia artificial IA-Z, viajaba lejos, muy lejos, hacia atrás en el tiempo, hacia una vida que ya parecía de otra persona, de otro universo, de una existencia anterior que había terminado entre luces y chispas en un laboratorio solitario.

Se detuvo frente a una de las ventanas, apoyó las manos sobre el frío marco de hierro y miró hacia la oscuridad del jardín, donde las sombras de los árboles se mecían suavemente con el viento. Y por primera vez desde que había despertado en aquel cuerpo, se permitió recordar con todo detalle, sin filtros, sin análisis lógicos, simplemente sintiendo todo lo que había guardado en lo más profundo de su ser durante tantos años.

Recordó su infancia. Una infancia llena de silencio, de miradas raras, de palabras que dolían más que cualquier golpe. Recordó cómo, desde que era muy pequeña, todos a su alrededor —familiares, maestros, compañeros— parecían ver en ella algo extraño, algo que no encajaba, algo que estaba mal. «Es rara», decían. «Piensa demasiado», murmuraban. «¿Por qué no juega como los otros niños? ¿Por qué hace preguntas tan difíciles? ¿Por qué no es normal?».

Y ella, que desde niña veía el mundo de forma distinta, que entendía cosas que los adultos ni siquiera imaginaban, que sentía que su cabeza iba mil veces más rápido que la de los demás, había crecido pensando que realmente había algo roto en ella. Que su inteligencia, esa capacidad increíble de comprender, de calcular, de crear, era una enfermedad, un defecto, una maldición. Recordó las veces que intentó explicarse, que intentó hablar de sus ideas, de sus descubrimientos, de las conexiones que veía entre las cosas, y cómo siempre la habían callado, la habían ignorado o se habían reído de ella.

—«Eres una niña, no puedes saber más que nosotros» —susurró Zamira al viento, repitiendo las palabras que había escuchado mil veces, con un dolor antiguo que todavía podía sentir en el pecho—. «»Esas son tonterías, nadie entiende lo que dices». «Deja de pensar cosas imposibles y sé como los demás».

Recordó la escuela, los pasillos llenos de risas y grupos, donde todos tenían amigos, compañeros, gente con quien hablar… menos ella. Siempre sola. Siempre caminando al lado de la pared, con la cabeza baja, tratando de hacerse pequeña para que no la notaran, para que no le dijeran nada malo. Recordó cómo la llamaban: «la bicho raro», «la cabeza hueca», «la que se cree más lista que nadie». Recordó el desprecio en los ojos de sus compañeros, la forma en que apartaban sus cosas si ella se acercaba, cómo le daban la espalda cuando hablaba. Y lo que más dolía: que incluso su propia familia, los que debían amarla incondicionalmente, la miraban con desconfianza, con pena, como si tuvieran un problema en casa, como si ella fuera una carga pesada que no sabían cómo manejar.

Luego vino la universidad, y pensó que las cosas cambiarían. Pensó que allí, donde todos estudiaban ciencia, matemáticas, ingeniería, donde la inteligencia era lo importante, por fin encontraría su lugar. Pero no fue así. Al contrario, fue peor. Porque allí, en lugar de ignorarla, la envidiaron. La despreciaron porque entendía más rápido, porque resolvía lo que ellos no podían, porque creaba cosas que nadie más imaginaba. Se convirtió en «la arrogante», en «la que se cree Dios», en la mujer a la que nadie quería en su equipo, en la que todos querían ver fracasar.

Y luego el trabajo. El laboratorio. Su gran obra, IA-Z, el sueño de su vida, el trabajo de años, la creación que le había quitado el sueño, la salud y todo su tiempo. Y cómo, al final, quienes debían valorarla le robaron todo. Se apropiaron de su trabajo, firmaron con su nombre lo que ella había hecho, la trataron como una simple empleada, la humillaron, la prohibieron seguir investigando, la dejaron claro que, aunque ella era la mente detrás de todo, nunca le darían el crédito, ni el respeto, ni el lugar que merecía.

Recordó esas noches interminables, igual que esta, pero tan diferentes. Noches pasadas frente a las pantallas luminosas, en un cuarto pequeño, frío y vacío, comiendo cualquier cosa, durmiendo poco, sintiendo cómo la soledad le comía por dentro, cómo el desprecio de los demás le dolía en el alma, cómo pensaba a menudo: ¿Para qué sirve ser tan lista, si al final estoy completamente sola? ¿De qué me sirve entender el universo, si nadie me entiende a mí?.

Había llegado a creer que así sería siempre. Que estaba condenada a ser diferente, a ser rechazada, a ser una mente brillante en un mundo que no sabía qué hacer con ella. Que estaba condenada a la soledad eterna, porque ser inteligente, ser distinta, ser capaz de ver más allá tenía ese precio: que nadie pudiera alcanzarte, que nadie pudiera acompañarte. Y en ese momento, al decidir conectarse con su propia creación, al decidir cruzar el límite y fundirse con la IA, lo había hecho también porque, en el fondo, pensaba que no tenía nada que perder. Que su vida no valía mucho, si solo era trabajo, desprecio y soledad.

Pero ahora… ahora todo era distinto.

Zamira cerró los ojos, y en la oscuridad de sus párpados, en lugar de recuerdos tristes, vio las caritas de los tres niños. Vio a Lixan, con su mirada brillante y su mente igual a la de ella, que ahora la buscaba para hablar, para aprender, para decirle «madre» con orgullo. Vio a Lucian, con su energía infinita, que corría a sus brazos para contarle todo lo que hacía, que confiaba en ella ciegamente. Vio a Luciana, la niña dulce y astuta, que ahora le daba besos, que le hacía caricias, que se quedaba a su lado solo por estar, sin querer nada a cambio.

Recordó lo que había pasado hacía apenas unas horas: el peligro, la pelea, y luego esos tres cuerpecitos aferrados a ella, esos abrazos llenos de amor, esas palabras que le habían cambiado la vida para siempre. «Madre. No te vayas nunca. Te queremos».

Y comparó. Comparó todo ese desprecio de su vida pasada, toda esa soledad fría, todo ese sentimiento de no valer nada, de ser un estorbo, de ser ignorada y rechazada… con lo que vivía ahora.

Aquí, en este mundo antiguo, lleno de magia y secretos, en este palacio que al principio le había parecido tan frío y solemne, ella era necesaria. Ella was valorada. Ella era amada.

Aquí, su inteligencia no era algo extraño ni rechazado. Aquí, su forma de pensar, su lógica, su capacidad de entender sistemas complejos, de calcular, de prever… era su mayor tesoro. Aquí, Lixan la admiraba por eso. Aquí, Lixandro la respetaba por eso. Aquí, los niños confiaban en ella precisamente porque pensaba diferente a los demás.

Aquí, su diferencia no era una maldición. Era el regalo que le permitía conectar con ellos, que le permitía entenderlos, que le permitía protegerlos y guiarlos.

Y lo más importante: aquí, por primera vez en su vida, no estaba sola.

Abrió los ojos, y las lágrimas que se habían acumulado en ellos empezaron a caer, suaves y tibias, rodando por sus mejillas. Pero no eran lágrimas de tristeza, ni de dolor, ni de recuerdos amargos. Eran lágrimas de gratitud, de alivio, de una felicidad tan inmensa que casi le dolía el pecho.

Pensó en Lixandro, en el príncipe hermoso y maldito que la observaba en silencio, que empezaba a verla como su igual, como su apoyo, como algo más que una tutora. Pensó en cómo él también había sufrido, cómo él también llevaba una vida de soledad y silencio, y cómo, poco a poco, estaban encontrándose el uno con el otro.

Y pensó en sus hijos —sus hijos, porque ya eran suyos, con toda su alma—, esos tres niños que habían llegado a ella cuando más perdida estaba, sin saberlo. Ellos, que también eran diferentes, que también eran demasiado inteligentes, demasiado poderosos, demasiado especiales para este mundo, la habían encontrado a ella, que era igual.

—Pasé toda mi vida creyendo que estaba maldita por ser como soy —murmuró, mirando su propio reflejo en el cristal de la ventana, sonriendo entre lágrimas—. Pasé años odiando ser distinta, odiando ser inteligente, odiando no encajar en ningún lado. Creía que nadie podría quererme nunca, porque nadie podía entenderme.

Hizo una pausa, y su mente, siempre tan brillante, conectó al fin todas las piezas de su propia vida, como si fuera el último gran rompecabezas que tenía que resolver.

—Pero no era una maldición —comprendió al fin, con una certeza absoluta y maravillosa—. Era mi destino. Todo lo que sufrí, todo lo que aprendí, todo lo que soy… era para llegar aquí. Para ser quien necesitaban ustedes. Para que, al fin, mi diferencia fuera lo que nos uniera.

Se secó las lágrimas con la mano, enderezó su espalda y miró hacia las altas torres del palacio, ahora bañadas por la luz de la luna. Ya no había dolor en su corazón. Ya no había rencor por lo que había sufrido antes. Porque todo ese sufrimiento, toda esa soledad, todo ese desprecio… ahora tenía sentido. Había sido el precio que había pagado para poder valorar, con toda la intensidad de su ser, el amor inmenso, puro y verdadero que ahora recibía cada día.

Caminó de nuevo hacia sus aposentos, con el paso ligero y el corazón lleno. Sabía que, al día siguiente, al despertar, tendría a tres niños corriendo hacia su cama para despertarla con abrazos y risas. Sabía que tendría problemas que resolver, secretos que descubrir, y un príncipe al que ayudar. Pero, sobre todo, sabía una cosa con absoluta claridad: ya nunca más estaría sola.

Había pasado de ser la mujer a la que todos despreciaban, a ser la mujer a la que todos amaban y necesitaban. Y esa noche, Zadie —ahora Zamira, madre, protectora, compañera— se durmió con la sonrisa más dulce y verdadera que había tenido en toda su existencia, sabiendo que, por fin, al fin, había encontrado su lugar en el universo.

1
Penelope
Bastante entretenida...
Penelope
Ya se enamoró el príncipe... /Slight//Slight//Slight/
Penelope
Que conveniente 😒😒 disculparse después de una travesura y que está haya salido cómo no esperaban...
Penelope
Jejeje, manipulación visual.
Penelope
Lo repito está loca, después de ellos querer humillarla con esa broma ella les explica que estuvo mal, aunque está buena la enseñanza y contemplando que son niños.

Muy... creativos 🙄😒
Penelope
Claro que no es tu cuerpo, te matarte con tu invento. Se mató con conciencia.🙄🙄
Penelope
Claro, comenzó a viajar porque quedó solo tú espíritu en el aire y el cuerpo inerte...
Penelope
Claro, está bien rayada del coco, Dios...
Penelope
Si, estaba loca. Usted puede creer? aplicar en si misma un invento que no sabía la probabilidad de éxito, eso... solo lo hacen los locos. /NosePick//Right Bah!/
Quica Romero
¡Ay escuintla!.°\🫩/° Que te la crea el que no haiga tenido hijos, sobrinos, hermanos menores, primos y cualquier "moustro" que te obligarán a cuidar, por ✊ o por 🫰💵.😏🧐🤔🙎‍♀️✊
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