Julie Winters y Elis Lovette están obligados a existir en la vida del otro desde nacimiento, pero se volvieron enemigos por mera elección.
El destino parece tener una obsesión retorcida con ellos, pues tras un accidente mortal, ambos terminan despertando dentro de la novela de fantasía que debían leer para un proyecto universitario.
Julie, ahora Odette Montgomery y Elis, ahora Oriel Langford, se ven obligados a contraer matrimonio bajo el papel de la pareja más envidiada del imperio, aunque las ganas de estrangularse continúan evidentes.
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Fiestas y muertes prematuras
La brisa era fresca y el anochecer empezaba a asentarse. El ruido en el jardín era más intenso que el mismo calor del verano. Ese día no había ninguna fecha especial que celebrar, mucho menos un logro. En realidad, solo era la cumbre de la juventud libertina en su máximo esplendor.
Los jóvenes adultos se encontraban festejando el último fin de semana antes de la temporada de pruebas académicas mensuales. Las risas eran estruendosas; unos gritaban y otros intentaban charlar. El alcohol ya era parte de su sangre en ese momento, con el apeste de las bebidas chorreadas en el suelo y las despreocupaciones siendo parte de sus juicios. La alegría del sitio suponía extenderse hasta las altas horas de la madrugada, pero Julie Winters y Elis Lovette se toparon en medio camino, como una maldición que debía cumplirse a pesar de que todos intentaran evitarlo.
El mundo se silenció. Unos se llenaron de expectativas y otros simplemente bufaron con fastidio. Todo el mundo los conocía. Eran famosos entre la multitud porque esos dos eran verdaderos enemigos desde los inicios de sus existencias. El hecho de que se encontraran solo significaba que iban a pelear, no había otra opción.
El ritual de su encuentro fue el mismo de siempre: una Julie provocadora que lo juzgaba cruelmente con la mirada, mientras que Elis solo se dedicaba a regalarle sus mejores gestos de desprecio.
—A tu padre no le hará gracia saber que has venido —provocó Elis, mirándola desde arriba.
—Pues a tu mamá le encantará saber que viniste a buscar a Chloe —le sonrió.
Elis dio un paso al frente con los nervios evidentes, enervados subiendo a su cabeza. Era un tanto más alto, lo suficiente para intimidar a los que miraban la escena; sin embargo, para Julie no significó ni el más mínimo intento de amenaza.
—¿Quieres morirte? —masculló.
—El que debería morirse de una vez, eres tú —la respuesta jocosa salió de sus labios.
Elis jadeó una risa y, sin previo aviso, la tomó del cuello, provocando el jadeo colectivo de la comunidad fisgona. Julie no se alarmó, sonrió aún más brillante cuando el agarre ajeno presionó sobre su garganta, acortando su respiración.
Era el pan de cada día.
Los presentes se desconcertaron, pero ninguno reaccionó. Era una situación completamente normal en su comunidad educativa. Esos dos habían peleado todo el tiempo desde que se conocieron en la habitación de recién nacidos del hospital.
Y hasta la fecha ninguno había terminado asesinado por el otro.
—¡Atrapen a ese infeliz!
El grito llegó desde el interior, seguido por un movimiento apresurado de alguien siendo perseguido. La carrera ajena a la pelea se volvió cercana y el siguiente suceso fue demasiado rápido como para poderlo digerir.
Aquel que huía apresuradamente pasó por el costado de Julie y Elis, empujando a ambos con la intención de abrirse camino; sin embargo, Julie tropezó con una piedra y Elis le siguió como imán.
El golpe fue seco, pero el silencio no llegó con él. Entre mareos y un dolor punzante en la cabeza, Julie alcanzó a distinguir al sujeto aturdido que estaba a escasos centímetros de su cara. Ninguno podía moverse y los gritos ajenos apenas podían escucharse. Un extraño agotamiento empezaba a arrastrarlos, haciéndolos sentir lejanos de sus propias realidades.
Entonces Julie lo notó; el costado de la cabeza de Elis estaba empapado en sangre sobre las rocas de decoración, probablemente igual que ella. Su mirada, que siempre buscaba enfrentarla, ahora estaba perdida, hasta que en algún punto pudieron encontrarse.
Su energía se iba apagando.
Estaban a punto de morirse y lo último que verían era a ellos mismos, las personas que menos querían recordar en sus últimos soplos.
Tremenda desgracia.
Las palabras se acumularon en sus gargantas. La necesidad de hablar los desesperaba, pero la lengua no les correspondió.
“¡Si hay otra vida, espero no tener que ver contigo!”
El pensamiento fue mutuo antes de que el mundo se volviera oscuro. No obstante, como si de un parpadeo se tratase, Julie volvió a ver la luz.
De su garganta salió una queja, dándose cuenta de que los dolores de antes se habían desvanecido. Parpadeó con más esfuerzo y todo a su alrededor se volvió nítido.
Pero no era su habitación. Ni siquiera una habitación de hospital.
Sobre ella no yacía su bien conocido techo mohoso; en su lugar, se cernía un dosel de seda dorada, sostenido por columnas de madera tallada.
—Ugh, ¿dónde…
El grito siguiente la hizo respingar. A su lado, dos chicas de unos veintitantos se hincaron al costado de la cama, con sus puños tocando sus frentes. Estaban llorando.
Llevaban vestidos perfectamente planchados, de una tonalidad oscura con mandiles grisáceos encima. Sus cabellos estaban bien peinados en un moño bajo.
—¡Milady!
—¡Lady Odette, al fin ha despertado!
—¡Benditos sean nuestros dioses!
Julie intentó hablar, pero la garganta le raspó. Intentó tranquilizarlas; sin embargo, sus manos robaron su atención. No eran esas manos ásperas suyas; eran unas que parecían dos piezas frágiles de porcelana sedosa. Blancas, adornadas con uñas largas rosadas.
Una de las chicas notó la confusión ajena. La miró tocarse el rostro, y le ofreció el espejo pequeño del buró, pensando que probablemente estaba asustada de haber obtenido algún hematoma.
Julie lo tomó con la prisa de una sospecha pinchando su paz. Y efectivamente, la imagen no era en absoluto la que ella recordaba sobre sí misma. Ella no tenía la nariz delgada y respingada, sus labios no eran pomposos, y era claro que nunca en su vida existió el indicio de tener los ojos de un tono violeta oscuro.
—Pero que ca…
Su expresión tropezó cuando la puerta de la habitación se abrió bajo una patada que hizo respingar a las tres.
Una figura imponente se presentó frente a ellas. Alto, musculoso, de cabello azabache y ojos esmeralda. Vestido con una chaqueta militar negra con bordados dorados y una capa roja que fluía tras él. Sus zancadas fueron largas y directas hacia la indispuesta en la cama.
Su mirada era intensa, como si buscara algo dentro de ella. Se detuvo en el costado de la cama cuando las mujeres se hicieron a un costado. Julie tembló, aferrándose al espejo mientras intentaba entender qué era lo que pasaba.
El aroma cítrico del hombre se introdujo a sus fosas nasales ante la cercanía, y su piel se erizó cuando la mano enorme se posó tiernamente en su mejilla. Sus ojos se confrontaron finalmente dentro del silencio sepulcral durante unos eternos segundos. Luego, repentinamente, el hombre se alejó con un gesto ahogado en asco, una mueca que expresó su disgusto total.
Ofendida, Julie frunció el ceño, pero sus palabras ni siquiera lograron salir antes que las de él.
—¡Tú, perra!