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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 11
El anuncio del Alfa se extendió por la fortaleza con la velocidad de un incendio forestal. La noticia de que Alondra, la joven que los humanos habían pretendido usar como un trozo de carne desechable, sería coronada formalmente como la Luna de la Manada Roja esa misma noche desató un frenesí de actividad en cada rincón del asentamiento de piedra negra. Los pasillos, habitualmente tranquilos durante las primeras horas de la mañana, se llenaron del eco de pasos apresurados, voces entusiastas y el crujido de pesados baúles siendo arrastrados. Las costureras de la manada desempolvaron sus mejores sedas, los cocineros encendieron fogones adicionales y los guerreros se apresuraron a limpiar el patio de armas, todo para que la ceremonia de la Gran Luna Llena fuera la más espléndida que las tierras altas hubieran presenciado en décadas.
En los aposentos privados, ajena al bullicio exterior pero con el corazón latiéndole a un ritmo desbocado, Alondra permanecía de pie frente al inmenso espejo de cuerpo entero. Martha y tres mujeres jóvenes de la manada la rodeaban, moviéndose con una gracia felina mientras ajustaban sobre su cuerpo el vestido ceremonial que Caleb había ordenado confeccionar en secreto para ella.
El atuendo era una obra de arte nacida del bosque. Estaba confeccionado en un terciopelo tan oscuro y profundo como la noche misma, un azul medianoche que hacía que su larga y ondulada cabellera dorada resaltara como hilos de oro puro bajo la luz del sol. El corpiño, ceñido con delicadeza a su silueta, estaba bordado con miles de pequeños cristales de roca que imitaban las constelaciones del firmamento, mientras que las mangas, hechas de una gasa traslúcida, caían con suavidad hasta sus muñecas, ocultando con elegancia las marcas ya casi invisibles que las ásperas cuerdas del altar le habían dejado.
—Es usted la viva imagen de una Luna, mi señora —susurró una de las jóvenes costureras, acomodando el dobladillo de la pesada falda que se arrastraba con majestuosidad por el suelo de madera—. Los dioses sabían lo que hacían cuando guiaron al Alfa hacia ese claro. Nuestra manada ha esperado mucho tiempo por una reina con una mirada tan pura y digna como la suya.
Alondra contempló su reflejo, experimentando un nudo de emociones en la garganta. Apenas podía reconocer a la muchacha asustada que solía vestir ropas remendadas y esconderse de las miradas del alcalde en el valle. El amor posesivo y la devoción incansable de Caleb la estaban transformando desde las entrañas, dotándola de una fuerza y una presencia que jamás imaginó poseer. Ya no sentía el impulso de esconderse; el lazo que compartía con el Alfa la empujaba a reclamar ese lugar con la frente en alto.
De pronto, un aroma familiar, denso y cargado de ozono y madera de pino inundó la habitación, anunciando la llegada del líder antes de que su imponente silueta cruzara el umbral. Las mujeres de la manada se detuvieron al instante, inclinando la cabeza en una reverencia sincronizada y perfecta antes de retirarse en silencio, dejando a la pareja a solas en la calidez de la estancia.
Caleb avanzó con pasos lentos y silenciosos, deteniéndose a los pocos metros de ella. Llevaba su atuendo de gala: unos pantalones de cuero negro que se ajustaban a sus fuertes piernas y un chaleco oscuro abierto que dejaba al descubierto la monumental musculatura de su pecho y los intrincados tatuajes tribales que parecían vibrar bajo su piel febril. Sus ojos dorados se fijaron en Alondra y las pupilas se le dilataron por completo, brillando con una intensidad devoradora y un orgullo salvaje que hizo que a la joven se le cortara la respiración.
—Estás... absolutamente colosal, mi pequeña luna —dijo Caleb. Su voz era un gruñido espeso, una caricia ronca que resonó directamente en los huesos de Alondra.
El Alfa acortó la distancia que los separaba con esa gracia de depredador que la hechizaba. Se plantó a su espalda, permitiendo que su enorme y musculosa anatomía envolviera el reflejo de la joven en el espejo. Con una lentitud tortuosa, Caleb extendió sus manos grandes y callosas, apoyándolas firmemente sobre las caderas de Alondra. El calor que emanaba de sus palmas atravesó el grueso terciopelo del vestido, encendiendo una corriente eléctrica que recorrió la columna de la joven de inmediato.
Inclinó su rostro esculpido, enterrando la nariz en la curva de su cuello, aspirando su aroma dulce con una necesidad casi desesperada, antes de depositar un beso ardiente y húmedo justo en la base de su hombro, haciendo que Alondra arqueara la espalda con un leve gemido entreabierto.
—Toda la montaña se congregará en unas horas solo para verte, para adorarte —susurró el Alfa contra su piel, mientras sus manos subían por su cintura, delineando sus curvas con una posesividad implacable—. Quiero que recuerdes cada segundo de esta noche, Alondra. Quiero que sepas que cuando me arrodille ante ti frente al fuego sagrado, no solo te estaré entregando el control de mi manada, sino mi vida entera. Eres mi debilidad y mi mayor fuerza.
Alondra se giró entre sus brazos, quedando frente a frente con el coloso. Colocó sus manos temblorosas sobre el pecho ardiente de Caleb, sintiendo los latidos desbocados de su corazón contra sus palmas, y le sostuvo la mirada dorada con una valentía inquebrantable.
—Ya no tengo dudas, Caleb —declaró ella con firmeza, alzando el rostro para quedar a escasos centímetros de sus labios carnosos—. El pueblo del valle me desechó, pero tú me diste una razón para luchar. Esta noche aceptaré tu marca y seré la Luna que tu gente espera. Soy tuya.
Caleb soltó un rugido bajo de pura satisfacción y, sin poder contenerse un segundo más, atrapó sus labios en un beso hambriento, posesivo y cargado de una pasión abrasadora que selló la promesa de la noche que estaba por comenzar, mientras la fortaleza entera terminaba de prepararse para el nacimiento de su nueva reina.