Él domina un imperio, pero ante ella se vuelve un cobarde.
Dominic Sterling es el implacable magnate de la moda inclusiva en Nueva York, un hombre frío que construyó una fortaleza de éxito para proteger a su madre, Elena, de los fantasmas del pasado. Pero cuando Scarlett Sinclair —una brillante y hermosa diseñadora de alta costura que pisa fuerte en sus tacones altos— irrumpe en su empresa, el control de Dominic se desmorona.
Scarlett busca un socio, pero encuentra a un hombre que la desarma y que, al mismo tiempo, levanta una barrera de hielo por pánico a ser vulnerable. Mientras Dominic calla lo que siente, la llegada del carismático fotógrafo Julian Beck amenaza con alejar a Scarlett para siempre. Atrapado en su propio silencio, Dominic se enfrentará a la prueba más difícil: descubrir si el orgullo vale más que el precio de amarte.
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Capítulo 23: El Retorno de los Detalles
Tras un par de días de reposo forzado bajo la estricta vigilancia de las costureras —quienes ya lo trataban con una simpatía maternal—, Dominic se recuperó de la fiebre y regresó a sus labores en el taller. Sin embargo, la atmósfera entre las paredes de piedra había mutado de manera irreversible. Scarlett ya no utilizaba ese tono burocrático y cortante que tanto lo había distanciado; el desprecio se había evaporado, dejando en su lugar una tregua silenciosa. Aunque mantenía una distancia saludable para proteger los bordes de su corazón, sus ojos claros ya no lo esquivaban al cruzarse en los pasillos del almacén.
Dominic, por su parte, entendió que el camino hacia la redención no se pavimentaba con grandes discursos, sino con constancia. Empezó a demostrar su amor a través de sutiles, casi imperceptibles, actos de servicio cotidianos. Cada mañana, cuando Scarlett abría la puerta de su oficina, encontraba sobre el escritorio una taza de porcelana humeante con su café exactamente como a ella le gustaba: cargado, con un toque mínimo de canela y sin azúcar, preparado por las propias manos del empresario antes de las seis.
A mitad de la semana, Dominic pasó tres horas de la madrugada arrodillado junto a una vieja máquina de coser de hierro fundido de los años cincuenta. Era una reliquia que Scarlett atesoraba como un amuleto de la suerte desde sus inicios en Nueva York, pero que se había averiado durante la mudanza transatlántica. Sin herramientas de alta tecnología, solo con paciencia y grasa mecánica, Dominic desarmó el engranaje, limpió las piezas y la dejó funcionando con un ronroneo suave y perfecto. Además, se convirtió en el guardián de su bienestar; conociendo la tendencia de la diseñadora a olvidarse del mundo cuando se encerraba a abocetar, Dominic se encargaba de dejarle discretamente un plato de frutas frescas o un almuerzo ligero en la antesala, asegurándose de que comiera a sus horas sin interrumpir su proceso creativo.
El clímax de esa transformación ocurrió el viernes por la noche. Una huelga general e imprevista del sistema de transporte parisino paralizó por completo la red de metros y autobuses, coincidiendo con una feroz tormenta eléctrica que dejó a oscuras a la mitad del distrito de Le Marais. El taller se quedó en penumbras y sin calefacción, atrapándolos a ambos en el segundo piso mientras los rayos iluminaban intermitentemente los ventanales de cristal.
Sin posibilidad de conseguir un taxi bajo el diluvio, Dominic improvisó. Consiguió un par de velas gruesas del almacén y las encendió sobre la mesa de corte, disipando las sombras con una luz cálida y titilante. Minutos antes de que colapsaran las aplicaciones de entrega, logró pedir algo de comida rápida en un pequeño local cercano: unas cajas de cartón con tallarines calientes y rollos de primavera que compartieron sentados uno frente al otro en banquetas de sastre.
El ambiente, lejos de ser incómodo, se tiñó de una extraña e íntima serenidad. Dominic, vistiendo su suéter oscuro de trabajo, no utilizó la cercanía para presionarla, ni exigió promesas de retorno, ni forzó la narrativa del perdón. Simplemente, mientras sostenía los palillos de madera, le habló con una tranquilidad honesta sobre su futuro.
—Llamé a la junta en Nueva York ayer —comentó Dominic, mirándola a través de la llama de la vela—. He delegado la dirección operativa de la sede central de Sterling Textiles en mis hombres de confianza. Mis planes han cambiado, Scarlett. No voy a regresar a Manhattan. Voy a abrir una sucursal pequeña aquí, una oficina de distribución boutique en París. No lo hago para interferir con tu marca, ni para vigilar tus pasos, ni para controlarte. Solo quiero estar en la misma ciudad que tú, respirar el mismo aire y saber que, si algún día me necesitas, solo tendré que caminar un par de calles para estar a tu lado.
Scarlett detuvo los palillos a mitad de camino. La honestidad brutal de su declaración, desprovista de cualquier rastro del antiguo magnate acaparador, caló hondo en su pecho. Observó el reflejo de la vela en los ojos oscuros de Dominic y, por primera vez en tres meses, una sonrisa genuina, suave y deslumbrante apareció en sus labios, iluminando el taller oscuro.
—Te extrañaba, Dominic —admitió en un susurro honesto, dejando caer los hombros—. Extrañaba al hombre que se esconde detrás de todo ese hielo.
El empresario sintió que un peso colosal se desprendía de su espalda al escuchar esas palabras. En mitad de la tormenta parisina y a la luz de las velas, los últimos témpanos de rencor finalmente comenzaron a derretirse, abriendo paso al renacimiento de lo que alguna vez los había unido.