Cuando la curiosidad te quita tu primera vida.. significa ¿que deberías cambiar? Vesta no lo cree.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Confusión
Vesta prácticamente corrió hasta el carruaje.
No era una carrera elegante.
No.
Era una huida digna de una dama noble que acababa de descubrir que el duque atractivo de sus fantasías románticas también era un mago intimidante con una capacidad alarmante para desestabilizar su vida.
La puerta del carruaje se cerró detrás de ella.
Y Vesta dejó caer la cabeza contra el respaldo.
—Dios mío...
La doncella, que había permanecido esperándola afuera durante toda la visita, inmediatamente se inclinó hacia adelante.
—¡Señorita! ¿Qué ocurrió?
Vesta giró lentamente la cabeza.
Su expresión era la de alguien que había visto el fin del mundo.
—No sé ni por dónde empezar.
—¿Discutieron?
—No exactamente.
—¿Fue grosero con usted?
—No exactamente.
—¿Entonces qué pasó?
Vesta abrió la boca.
La cerró.
La volvió a abrir.
Y finalmente respondió:
—Creo que el duque Reed arruinó mi vida.
La doncella palideció.
—¡¿Qué?!
Pero antes de que pudiera preguntar algo más, el carruaje no avanzó.
El cochero hizo sonar las riendas.
Nada.
Pasaron unos segundos.
Y nada.
La doncella frunció el ceño.
—¿Qué sucede?
Se asomó por la pequeña ventana.
—¿Por qué no nos movemos?
El cochero respondió con evidente incomodidad.
—Las puertas del ducado están cerradas.
El mundo de Vesta se detuvo.
[Oh, no.]
Sus ojos verdes se agrandaron.
[El atractivo león no me va a dejar salir.]
La sangre desapareció de su rostro.
La doncella giró hacia ella.
—¿Señorita?
Pero Vesta apenas la escuchaba.
Su mente había comenzado a funcionar a toda velocidad.
[Me descubrió.]
[Sabe que desperté recuerdos de otra vida.]
[Es mago.]
[Puede controlar fuego.]
[Y ahora cerró las puertas.]
Se llevó ambas manos al rostro.
[¡Voy a morir!]
Y entonces otro pensamiento apareció.
Uno mucho más inconveniente.
[Aunque...]
Vesta se quedó inmóvil.
[¿Realmente me desagradaba tanto la idea?]
Su rostro se puso rojo.
Porque ése era el verdadero problema.
Si hubiera sido un anciano desagradable.
O un noble cruel.
O un hombre arrogante e insoportable.
La respuesta habría sido sencilla.
No.
Jamás.
Pero...
Recordó la sonrisa discreta del duque.
La forma en que la sostuvo cuando casi resultó herida.
Su inteligencia.
Su madurez.
La pasión con la que había perseguido nobles corruptos.
Su calma.
Su seguridad.
Y sí.
También recordó que era absurdamente atractivo.
Se cubrió la cara.
[¡¿Por qué tenía que gustarme un poco?!]
[¡Esto sería mucho más fácil si fuera feo!]
La doncella la observó con creciente preocupación.
—¿Señorita?
Vesta bajó lentamente las manos.
—Creo que estoy atravesando una crisis moral.
—¿Qué?
—No preguntes.
Pasaron varios minutos.
El carruaje seguía detenido.
Finalmente, uno de los guardias de la Casa Reed se acercó.
Llevaba el emblema del león rojo sobre el pecho.
Se inclinó respetuosamente.
—Lady Vesta.
Ella tragó saliva.
—¿Sí?
—El duque Reed me pidió transmitirle un mensaje.
Vesta apretó el borde del asiento.
—¿Qué mensaje?
El guardia respondió con absoluta serenidad.
—Su excelencia irá a buscar su respuesta en tres días.
El silencio llenó el carruaje.
—¿Perdón?
—Tres días.
La doncella abrió mucho los ojos.
Vesta sintió deseos de llorar.
—¿Y si no quiero responder?
El guardia permaneció imperturbable.
—Su excelencia espera una respuesta sincera.
Vesta miró hacia las puertas del ducado.
Seguían cerradas.
Luego miró al guardia.
Después al cochero.
Y finalmente al cielo.
[Está negociando conmigo.]
[¿O me está acorralando?]
No lo sabía.
Y eso era precisamente lo aterrador.
Finalmente exhaló lentamente.
—Entiendo.
El guardia inclinó la cabeza.
Y poco después las enormes puertas del Ducado Reed comenzaron a abrirse.
El carruaje volvió a avanzar.
Y Vesta comprendió que había recuperado su libertad.
Al menos por ahora.
El viaje de regreso fue silencioso.
La doncella no preguntó más.
Intuía que algo importante había ocurrido.
Vesta apoyó la cabeza contra la ventana.
Y contempló el paisaje nevado de Sunderland.
Tenía tres días.
Tres días para decidir el rumbo de toda su vida.
Pensó en Mercia.
En sus campos verdes.
En su clima agradable.
[Podría irme.]
Podría viajar.
Conocer el mundo.
Alejarse del problema.
Construir escuelas lejos del Ducado Reed.
Empezar de nuevo.
Luego pensó en la segunda opción.
El duque Reed.
Su propuesta.
Su sonrisa.
Sus ojos oscuros.
Su manera de mirarla como si pudiera ver a través de ella.
[Y quizás...]
Apretó la tela de su vestido.
[Y quizás podría ser feliz con él.]
Pero inmediatamente apareció el miedo.
[¿Y si cuenta mi secreto?]
Miró sus propias manos.
[Si descubre a mi familia que no soy la Vesta que conocieron...]
Pensó en su padre.
En Vincent.
En las escuelas.
En aquella vida que apenas comenzaba a construir.
[¿Y si lo pierdo todo?]
Una lágrima silenciosa resbaló por su mejilla.
No porque estuviera enamorada.
Todavía no.
No completamente.
Sino porque tenía miedo.
Por primera vez desde que había despertado como Vesta Dupont, comprendió que aquella segunda vida también podía romperse.
Y dolería mucho más perderla ahora.
Porque ahora sí tenía algo que perder.
Un padre amoroso.
Un hermano orgulloso.
Sueños.
Niños esperando escuelas.
Una identidad.
Una vida.
Y también...
Se ruborizó ligeramente.
Un duque demasiado atractivo para su propia tranquilidad.
Se cubrió el rostro con las manos.
Y murmuró con desesperación:
—¿Por qué mi vida no puede ser normal?
La doncella finalmente se atrevió a preguntar:
—¿Señorita?
Vesta la miró con expresión abatida.
—Si una persona tuviera tres opciones terribles, ¿cuál elegiría?
—Depende de cuáles sean.
Vesta suspiró profundamente.
Miró otra vez por la ventana.
El frío paisaje de Sunderland desfilaba frente a sus ojos.
Y por primera vez desde que había reencarnado, la alegre y entusiasta Vesta Dupont no tenía una respuesta inmediata.
Porque podía huir hacia Mercia.
Podía aceptar un futuro incierto junto al atractivo y peligroso león rojo.
O podía arriesgarse a perder todo aquello que había aprendido a amar.
Y ninguna opción parecía sencilla.
El carruaje continuó avanzando hacia la Mansión Dupont.
Mientras Vesta abrazaba sus propios brazos, confundida y asustada.
Porque, al final, descubrir que era hermosa y rica había sido fácil.
Construir escuelas también lo sería.
Incluso coquetear con un duque había resultado sencillo.
Lo verdaderamente difícil...
Era decidir qué hacer cuando el corazón, la razón y el miedo elegían caminos completamente distintos.