Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 3
Madeline descendió las escaleras con paso tranquilo, aunque su corazón parecía tener otras intenciones.
Con cada escalón que bajaba, los latidos se volvían más rápidos.
Era una sensación extraña.
Sabía que aquellas emociones no le pertenecían por completo. Eran restos de los sentimientos que la antigua Madeline había guardado durante años, emociones tan profundas que parecían haberse quedado grabadas en aquel cuerpo incluso después de su partida.
Cuando llegó al último escalón, respiró hondo antes de dirigir la mirada hacia el salón principal.
Y entonces lo vio.
Sentado junto a la ventana, con una pierna cruzada sobre la otra, se encontraba el hombre que había ocupado los pensamientos de Madeline Fairchild durante gran parte de su vida.
Elías Ashford.
La luz cálida que atravesaba los ventanales se reflejaba sobre su cabello rubio dorado, dándole un aspecto casi irreal. Sus facciones eran elegantes y perfectamente definidas, como si hubieran sido esculpidas por un artista obsesionado con la perfección. Sin embargo, aquella belleza se veía opacada por la frialdad de su expresión.
Su rostro era serio.
Impenetrable.
Difícil de entender.
La clase de hombre cuyos pensamientos jamás podían adivinarse.
Y también la clase de hombre que podía intimidar a cualquiera con una sola mirada.
Por un momento, Madeline comprendió por qué tantas jóvenes nobles suspiraban por él.
Era ridículamente atractivo.
Y también parecía ridículamente difícil de tratar.
Tomó aire discretamente antes de acercarse.
—Duque Elías.
Realizó una elegante reverencia.
Elías apartó la vista de la ventana y la observó.
Sus ojos recorrieron su figura durante un breve instante antes de que hiciera un leve asentimiento de cabeza.
—Lady Madeline.
Eso fue todo.
Ni una sonrisa.
Ni una pregunta.
Ni una muestra de interés.
Solo aquellas dos palabras pronunciadas con la misma formalidad con la que uno podría saludar a un desconocido.
Un silencio incómodo se instaló en la habitación.
Madeline tuvo la sensación de que, si no decía algo, ambos podrían quedarse allí sentados durante horas sin intercambiar una sola palabra.
—Espero que su viaje haya sido provechoso, duque.
—Lo fue.
La respuesta fue tan breve que casi la hizo reír.
Madeline lo observó con atención.
Ahora que lo tenía delante, podía notar varias cosas.
La primera era que realmente era atractivo.
La segunda era que parecía estar deseando marcharse.
Y la tercera era que entendía perfectamente por qué la antigua Madeline había sufrido tanto.
Conversar con aquel hombre debía de ser una auténtica tortura.
Ocultando su diversión, dirigió la mirada hacia una de las doncellas que esperaba cerca de la puerta.
—Por favor, sírvenos un poco de té.
—Sí, señorita.
Mientras la doncella se apresuraba a obedecer, Madeline volvió a sentarse frente al duque.
Si iba a convivir con aquel hombre en el futuro...
Tendría que encontrar la manera de sobrevivir a esos silencios mortales.
Madeline también dirigió la mirada hacia la ventana.
Si él no tenía ganas de hablar, ella tampoco iba a obligarlo.
La lluvia continuaba cayendo sobre los jardines de la mansión, golpeando suavemente los cristales mientras el aroma del té recién servido llenaba el salón.
Y así, el silencio se instaló entre ambos.
Un silencio que, para sorpresa de Elías, no resultó incómodo.
O quizá sí.
El duque lanzó una breve mirada de reojo hacia la joven sentada frente a él.
Había acudido a aquella visita únicamente por obligación.
Dos veces por semana debía presentarse en la mansión Fairchild, a menos que se encontrara fuera de la capital por asuntos de trabajo.
Era una condición establecida años atrás por ambas familias.
Los Fairchild y los Ashford mantenían una estrecha amistad desde hacía generaciones y, cuando él y Madeline aún eran niños, sus padres decidieron comprometerlos.
En aquel entonces, nadie se había opuesto.
Y tampoco había motivos para hacerlo.
Aunque los Fairchild solo ostentaban el título de condes, sus territorios eran inmensamente prósperos. Sus minas, rutas comerciales y extensas tierras producían riquezas capaces de rivalizar con las de familias de rangos mucho más altos.
Era un matrimonio beneficioso para ambas partes.
Al menos sobre el papel.
Después de convertirse en duque, Elías había intentado retrasar la boda tanto como le había sido posible.
Volvió a mirarla.
Desde que la conocía, cada una de sus visitas seguía el mismo patrón.
Madeline lo recibía con una sonrisa.
Le hacía preguntas.
Intentaba iniciar conversaciones.
Permanecía a su lado durante toda la tarde.
A veces incluso parecía esforzarse demasiado por llamar su atención.
Y aunque jamás se lo había dicho directamente, aquello le resultaba agotador.
Sin embargo...
Esta vez era diferente.
Demasiado diferente.
La joven permanecía tranquilamente sentada junto a la ventana, observando la lluvia caer sobre los jardines.
No intentaba hablar.
No buscaba su atención.
Ni siquiera parecía particularmente interesada en su presencia.
Era como si hubiera olvidado que él estaba allí.
Elías frunció ligeramente el ceño.
Extraño.
Por primera vez en años, no sabía qué pensar de ella.
El tiempo transcurrió lentamente.
Las tazas de té se enfriaron.
La lluvia continuó cayendo.
Y ninguno de los dos dijo una sola palabra.
Finalmente, Elías se puso de pie.
El movimiento llamó la atención de Madeline, que apartó la vista de la ventana para mirarlo.
—Ya debo irme.
Su voz sonó tan fría y formal como siempre.
Madeline simplemente asintió.
—Que tenga un buen regreso, duque.
Elías hizo un leve movimiento de cabeza antes de dirigirse hacia la salida.
Sin embargo, cuando llegó a la puerta, una extraña sensación lo obligó a detenerse por una fracción de segundo.
Algo no encajaba.
Durante años había deseado que Madeline dejara de seguirlo a todas partes.
Entonces...
¿Por qué aquel silencio le resultaba tan extraño?
Sin encontrar una respuesta, continuó caminando y abandonó la mansión.
Madeline observó su espalda desaparecer tras la puerta.
Luego tomó tranquilamente su taza de té.
—Vaya sujeto...
Murmuró antes de darle un sorbo.
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada