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La Segunda Esposa de la Mafia

La Segunda Esposa de la Mafia

Status: Terminada
Genre:Mafia / Sustituto/a / Amor eterno / Tú no me amas / Completas
Popularitas:342
Nilai: 5
nombre de autor: Senja

Keyla nunca imaginó que una noche de terror la encadenaría al hombre más peligroso de la ciudad. Dominic Alfred, heredero del imperio mafioso más poderoso, la obliga a casarse para proteger un secreto. Lo que empieza como una prisión de lujo se transforma en un campo de batalla donde el orgullo, la pasión y un embarazo inesperado reescriben las reglas del juego.

Pero cuando la exnovia de Dominic regresa dispuesta a destruirlos, y el hermano de este cae en las garras de una mujer con sed de venganza, dos parejas descubrirán que el amor más intenso nace donde menos lo esperas: entre balas, mentiras y besos robados.

NovelToon tiene autorización de Senja para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1 El comienzo

—¡No me importa lo que diga tu madre, Dom! Mi cuerpo es mi mayor activo. En cuanto quede embarazada, mis contratos con Vogue y la Semana de la Moda de París se van a la basura. ¿Quieres que me convierta en una aburrida ama de casa que pierde su figura? —La voz de Clara resonó afilada como una daga, desgarrando el silencio del despacho.

Clara estaba de pie en medio de la habitación, aún vestida con un entallado vestido de seda rojo sangre que se ceñía a su esbelta figura con perfección. No había rastro alguno de instinto maternal en ella; solo ambición ardiendo en cada fibra.

Dominic no se inmutó desde su silla de mando. Dio un sorbo al whisky de su copa de cristal, sus ojos fríos como el hielo clavados en su esposa.

—Cinco años, Clara. Cinco años te di espacio para perseguir tus ambiciones. Pero mi madre tiene razón: un imperio sin heredero no es más que una cuenta regresiva hacia la ruina.

—Ah, ¿así que ahora le haces caso a los sermones de esa vieja? —Clara soltó una risa cínica, se acercó y apoyó las manos sobre el escritorio de Dominic—. Tu madre solo quiere un muñeco nuevo para moldear a su imagen y convertirlo en un monstruo como tú. ¡No soy una fábrica de bebés, Dom!

¡Prac!

La copa en la mano de Dominic golpeó la mesa con fuerza. El contenido salpicó los documentos importantes, pero a él le dio igual.

Dominic se puso de pie, haciendo que Clara retrocediera un paso por instinto ante la intimidación que emanaba de aquel cuerpo imponente.

—No vuelvas a hablar así de mi madre —siseó mientras rodeaba el escritorio, arrinconando a Clara hasta que la espalda de ella chocó contra la estantería—. Sabías perfectamente quién soy cuando aceptaste este anillo. Sabías que en mi mundo, la lealtad y la descendencia son la moneda más valiosa. Disfrutas de los privilegios de ser la esposa de Dominic Frederick, disfrutas de la protección de mi nombre... ¿pero rechazas tus obligaciones?

Clara alzó la barbilla, intentando mantener su dignidad aunque su respiración comenzaba a agitarse.

—¡Soy tu esposa, no tu sirvienta! Mi carrera está en la cima. Acaban de elegirme como embajadora de marca internacional. ¿De verdad crees que voy a tirar todo eso a la basura solo para vomitar cada mañana y andar con la barriga hinchada?

—¿Y hasta cuándo se supone que debo esperar? —preguntó Dominic, su rostro a apenas centímetros del de Clara—. ¿Hasta que te salgan arrugas y ninguna cámara quiera mirarte? Para entonces, quizás tu vientre ya sea demasiado viejo para darme lo que necesito.

—¡Entonces búscate a otra mujer que lo haga! —gritó Clara, frustrada—. Alquila un vientre, acuéstate con quien quieras. Me da igual, siempre y cuando no arruines mi vida.

Dominic observó a Clara con una mirada indescifrable, mezcla de desprecio y decepción profunda.

—Acabas de darme un permiso que no vas a poder retirar, Clara —dijo Dominic con calma. Demasiada calma, y eso era mucho más aterrador que su furia.

—¿Qué quieres decir?

Dominic no respondió. Se dio la vuelta y tomó el teléfono de la mesa.

—Vete. Tengo una reunión que atender.

—¡No hemos terminado de hablar!

—¡Dije que te vayas! —bramó Dominic.

Clara se sobresaltó, los ojos vidriosos de rabia, pero sabía cuándo detenerse antes de que Dominic estallara de verdad.

Con un gruñido contenido, agarró su bolso y salió del despacho dando un portazo cuya vibración se sintió hasta en los huesos.

Dominic exhaló un largo suspiro y se frotó el rostro con brusquedad. Jamás imaginó que un matrimonio que creía sería una alianza poderosa se convertiría en una carga asfixiante.

Su mente voló hacia su madre, que esa misma tarde había vuelto a llamar, llorando, suplicándole que le diera un nieto porque su salud declinaba.

¡Toc, toc!

Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.

—Adelante —ordenó Dominic.

Marco, su mano derecha y hombre de máxima confianza, entró con expresión seria. Llevaba una carpeta delgada en la mano.

—Señor, hay un problema en el club nocturno de la familia de la señora Clara —informó Marco con brevedad.

Dominic enarcó una ceja. Rara vez se metía en asuntos de la familia política de su esposa, a quienes consideraba unos parásitos.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Están intentando tenderle una trampa a alguien para cubrir sus deudas de casino. Alguien que, al parecer, tiene un alto valor en el mercado negro. Se llama Keyla.

Dominic se quedó en silencio un instante. El nombre le era desconocido, pero su instinto reaccionó.

—¿Keyla? ¿Quién es?

—La hermanastra de la señora Clara. La que han mantenido escondida en la parte trasera de la casa todos estos años.

Dominic se reclinó en su asiento y encendió un puro.

—Envía a alguien. Estoy harto del drama de Clara esta noche. Quizás ver el caos en su familia me sirva de entretenimiento.

—Entendido, señor.

Lo que Dominic no sabía era que su decisión de presenciar aquel caos lo llevaría al encuentro con una joven que cambiaría todos sus planes por completo.

* * *

—Por favor, mamá... Te lo suplico, no hagas esto. Haré lo que sea: lavar platos, limpiar el club todos los días... ¡Por favor, no me vendas! —El llanto de la joven brotó desgarrador, oprimiendo el pecho de quien lo escuchara.

Estaba arrodillada en el suelo, estrujando el borde del vestido rojo corto que le habían obligado a ponerse.

El vestido era demasiado revelador, exhibiendo su piel tersa que ahora temblaba violentamente.

Siska, su madrastra, se limitó a dar una calada al cigarrillo fino entre sus dedos mientras observaba a Keyla con desprecio.

—¿Trabajar en qué? El sueldo de lavar platos no alcanza ni para pagar las deudas de casino de tu familia, Keyla. Tu cuerpo es un activo; es lo único valioso que tienes.

—Papá... Papá, ayuda a Keyla... —Los ojos hinchados de Keyla se volvieron hacia la figura del hombre de mediana edad que permanecía inmóvil en un rincón.

Aquel hombre, su propio padre, solo agachó la cabeza. Tenía los puños apretados, pero la boca sellada. No se atrevió a mirar a su hija a los ojos.

—No esperes nada de tu padre. Ya dio su consentimiento —cortó Siska con frialdad. Hizo una señal a dos hombres corpulentos detrás de ella—. ¡Sujétenla!

—¡No! ¡Se los suplico! —Keyla forcejeó, pero le agarraron los brazos con tanta fuerza que la piel se le enrojeció.

Siska se acercó con un vaso de líquido transparente que despedía un agudo olor a alcohol. En su interior, una pequeña pastilla ya se había disuelto por completo.

—Bébete esto. Así no estarás tan tensa cuando atiendas a nuestro invitado especial —dijo Siska con una sonrisa diabólica.

—No quiero... por favor, no... —sollozó Keyla, sacudiendo la cabeza con fuerza mientras las lágrimas le inundaban las mejillas.

—¡Ábranle la boca! —ordenó Siska.

Uno de los hombres le jaló el cabello hacia atrás, obligándola a levantar el rostro, mientras el otro le sujetó la mandíbula hasta forzarla a abrirla.

Keyla estaba acorralada, jadeando de puro terror.

—¡Trágalo o me aseguraré de que tu familia se pudra en prisión esta misma noche! —amenazó Siska a centímetros de su cara.

El líquido amargo y ardiente fue forzado por su garganta. Keyla tosió violentamente mientras el calor se extendía desde la garganta hasta el estómago.

—Bien. Ahora enciérrenla en la habitación 404. El cliente llegará pronto —ordenó Siska sin un ápice de compasión.

La conciencia de Keyla comenzó a desvanecerse. Un calor anormal le quemaba el pecho, haciendo que su corazón latiera desbocado.

—Son todos unos malvados... —gimió Keyla mientras la puerta se cerraba de golpe, dejándola completamente sola.

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