Una chica de la era moderna reencarna en el cuerpo de Madeline, la prometida del frío Duque Elías. Tras quedar embarazada y decidida a proteger el futuro de su hijo, ella empaca sus maletas y huye lejos, escondiendo su rastro.
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Capítulo 17
El sol apenas comenzaba a asomarse en el horizonte cuando Madeline abrió los ojos.
En realidad, ni siquiera estaba segura de haber dormido.
Había pasado gran parte de la noche dando vueltas en la cama, escuchando cada ruido de la posada y preguntándose si alguien aparecería para llevarla de regreso.
Pero nadie llegó.
Y ahora estaba allí.
A punto de marcharse.
Terminó de acomodar sus pocas pertenencias dentro de la maleta y se colocó la capa oscura sobre los hombros.
Antes de salir, su mano descendió instintivamente hasta su abdomen.
Seguía completamente plano.
Nada había cambiado.
Y aun así...
La posibilidad de que una pequeña vida estuviera creciendo allí hizo que una sonrisa involuntaria apareciera en sus labios.
Todo era una sospecha.
Ni siquiera tenía la certeza de estar embarazada.
Pero cuando imaginaba aquella posibilidad, una extraña calidez le llenaba el pecho.
Tomó la maleta y abandonó la habitación.
La ciudad comenzaba a despertar.
Algunas tiendas abrían sus puertas.
Los panaderos colocaban bandejas recién horneadas en los escaparates.
El aroma a pan caliente flotaba en el aire.
Por primera vez en mucho tiempo, Madeline sintió que estaba viendo el mundo de verdad.
No desde la ventana de una mansión.
No desde un jardín perfectamente cuidado.
Sino caminando entre personas comunes.
Entre viajeros.
Comerciantes.
Aceleró el paso.
Todavía tenía miedo.
Mucho miedo.
Pero también sentía algo más.
Emoción.
Frente a la plaza principal se encontraban varios carruajes de transporte que realizaban viajes entre ciudades.
Cocheros, comerciantes y pasajeros iban de un lado a otro cargando equipajes.
—¡Últimos lugares para Valebrook! —gritó un muchacho agitando una lista de pasajeros—. ¡Partimos en menos de media hora!
Madeline caminó rápidamente hacia él.
—Quisiera un asiento.
El joven la observó unos segundos.
Sus ojos recorrieron la capa, la maleta y el rostro parcialmente oculto bajo la capucha.
—¿Viaja sola?
Madeline sintió una pequeña punzada de nervios.
—Sí.
El muchacho pareció sorprendido, pero se limitó a encogerse de hombros.
—Son cinco monedas de cobre.
Madeline sacó una pequeña bolsa y pagó sin discutir.
El joven le entregó un boleto de papel.
—Tercer carruaje.
Partimos pronto.
—Gracias.
Sujetó el boleto con fuerza.
Durante unos segundos permaneció inmóvil.
Observando la ciudad.
Aquella ciudad donde había despertado en un cuerpo ajeno.
Donde había conocido a Celia.
Donde había discutido con Elías.
Donde había vivido momentos que jamás habría imaginado.
Una sensación extraña le oprimió el pecho.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos sin que pudiera evitarlo.
Quizá eran los sentimientos de Madeline.
Quizá eran los suyos.
O quizá ya no existía una diferencia tan clara entre ambas.
Se secó rápidamente las lágrimas.
No era momento para llorar.
Era momento de avanzar.
Respiró hondo.
Y subió al carruaje.
En el interior había una pareja joven sentada junto a una ventana.
Frente a ella, una anciana dormitaba con los brazos cruzados.
Más allá, una mujer intentaba entretener a un pequeño niño inquieto.
Personas normales.
Vidas normales.
Por primera vez en mucho tiempo, Madeline era simplemente una viajera más.
Se acomodó junto a la ventanilla.
Sujetó la maleta sobre su regazo.
Y observó cómo los edificios comenzaban a quedar atrás.
Un fuerte chasquido resonó en el aire.
Los caballos comenzaron a moverse.
Las ruedas avanzaron lentamente sobre el camino.
Y mientras la ciudad se alejaba poco a poco, Madeline comprendió que ya no había vuelta atrás.
El futuro era incierto.
No supo en qué momento terminó quedándose dormida.
Quizá fue el cansancio acumulado de los últimos días.
Quizá la tensión que había estado soportando desde la cacería.
O quizá simplemente su cuerpo había decidido rendirse después de tantas noches sin descansar correctamente.
Cuando abrió los ojos de nuevo, la luz del sol inundaba el interior del carruaje.
Parpadeó varias veces antes de incorporarse un poco.
El paisaje había cambiado.
Las calles de la ciudad habían desaparecido hacía horas, reemplazadas por extensos campos verdes, colinas lejanas y caminos de tierra que parecían no tener fin.
Madeline miró por la ventana.
El sol ya estaba alto en el cielo.
Debía ser cerca del mediodía.
Entonces lo sintió.
Su estómago rugió con tanta fuerza que hasta ella misma se sorprendió.
—Genial... —murmuró para sí.
Se llevó una mano al abdomen y soltó un suspiro.
Con tantas prisas por escapar, ni siquiera había pensado en comprar algo para comer.
Había salido de la posada prácticamente huyendo.
Ahora empezaba a pagar las consecuencias.
Intentó ignorarlo.
Podía aguantar.
No era para tanto.
Sin embargo, apenas pasaron unos minutos cuando volvió a sentir el estómago vacío.
Y luego otra vez.
La anciana sentada frente a ella abrió una pequeña cesta de tela.
El aroma de pan recién horneado llenó inmediatamente el carruaje.
Madeline tragó saliva.
Intentó mirar por la ventana.
Intentó pensar en otra cosa.
Intentó mantener algo de dignidad.
Pero el delicioso olor siguió persiguiéndola.
La mujer pareció darse cuenta.
—¿Tienes hambre, jovencita? —preguntó con una sonrisa amable.
Madeline sintió un poco de vergüenza.
—No se preocupe, estoy bien.
En ese mismo instante su estómago volvió a protestar.
La anciana soltó una carcajada.
—Tu estómago parece tener una opinión diferente.
Madeline sintió que las orejas se le calentaban.
La mujer tomó un pequeño pan redondo de la cesta y se lo ofreció.
—Toma.
—No podría aceptar...
—Claro que puedes.
La anciana prácticamente se lo puso en las manos.
—A mi edad ya no puedo comer tanto como antes.
Madeline dudó unos segundos.
Pero el olor era demasiado tentador.
—Muchas gracias —dijo finalmente.
La mujer sonrió satisfecha.
Madeline dio un pequeño mordisco.
Y casi se le escapó un gemido de felicidad.
Estaba delicioso.
Caliente.
Esponjoso.
Muchísimo mejor que cualquier cosa que hubiera probado en los últimos días.
La anciana soltó una risita al verla comer.
—Eso sí que era hambre.
Madeline tragó rápidamente.
—Lo siento.
—No te disculpes. Los viajes largos siempre abren el apetito.
Madeline sonrió por primera vez desde que había abandonado la mansión.
Una sonrisa pequeña.
Sincera.
Durante unos minutos continuó conversando con la mujer sobre cosas simples.
El clima.
Los caminos.
Las ciudades cercanas.
Nada importante.
Nada peligroso.
Y por alguna razón aquello resultó reconfortante.
Sin embargo, conforme las horas siguieron pasando, la sonrisa comenzó a desaparecer poco a poco.
Porque el paisaje seguía siendo el mismo.
Campos.
Bosques.
Caminos.
Y más caminos.
Ni rastro de una ciudad.
Ni de una posada.
Ni de algún lugar donde detenerse.
Madeline frunció ligeramente el ceño.
Se asomó por la ventana una vez más.
—Disculpe —preguntó al cochero cuando este pasó cerca durante una parada breve para revisar los caballos—. ¿Cuánto falta para llegar?
—¿Llegar? —rió el hombre—. Aún falta bastante.
Madeline parpadeó.
—¿Bastante cuánto?
—Si el clima sigue acompañándonos, llegaremos mañana al mediodía.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—¿Mañana?
—Claro, ¿Pensaba que era un viaje de unas pocas horas?
El cochero soltó una carcajada antes de continuar su camino.
Madeline volvió a sentarse lentamente.
Mañana.
Todavía faltaba un día entero.
Apoyó la cabeza contra la ventanilla.
De repente, el viaje acababa de parecer mucho más largo de lo que había imaginado.
El carruaje continuó avanzando por el camino polvoriento.
Las ruedas crujían constantemente sobre la tierra mientras los caballos mantenían un paso uniforme.
Madeline observó por la ventanilla durante varios minutos.
Campos.
Más campos.
Y algún bosque a la distancia.
Nada más.
Su estómago volvió a protestar.
La anciana soltó una pequeña risa.
—Tu estómago lleva desde la mañana quejándose —comentó divertida mientras acomodaba la cesta sobre su regazo.
Madeline sintió las mejillas calentarse.
—Lo siento.
—¿Por qué te disculpas? Tener hambre no es un crimen.
La mujer sacó otro pequeño pan y se lo tendió.
—Toma.
Madeline dudó.
—Ya me ha dado demasiado.
—Y tú pareces demasiado delgada.
Eso provocó que la pareja sentada a un lado también sonriera.
—Mi esposa era igual cuando estaba esperando a nuestro primer hijo —comentó el hombre mientras rodeaba los hombros de la joven junto a él—. Podía comer cinco veces más que yo.
Madeline casi se atragantó con el pan.
La mujer soltó una carcajada.
—No la asustes.
—No la estoy asustando.
—Sí lo estás haciendo.
El matrimonio comenzó a discutir amistosamente.
Madeline terminó sonriendo.
Era una escena sencilla.
Pero extrañamente agradable.
—¿Viajas sola? —preguntó la anciana.
Madeline tardó un momento en responder.
—Sí.
—Eso es bastante inusual.
—Lo sé.
—Y peligroso.
La joven sonrió.
—También lo sé.
La anciana la observó unos segundos.
Como si intentara averiguar algo.
—No pareces una comerciante.
—Porque no lo soy.
—Tampoco una campesina.
Madeline soltó una pequeña risa.
—Definitivamente no.
—Entonces no preguntaré más.
Aquello la sorprendió.
—¿No siente curiosidad?
La mujer se encogió de hombros.
—Todos los viajeros esconden alguna historia.
Un silencio cómodo se instaló entre ambas.
La anciana volvió a mirar por la ventana.
—A veces las personas simplemente necesitan empezar de nuevo.
Las palabras hicieron que Madeline bajara la mirada.
Porque era exactamente eso lo que estaba intentando hacer.
Empezar de nuevo.
La tarde avanzó lentamente.
El sol comenzaba a descender cuando el carruaje dio un fuerte salto.
—¡Ay!
El niño soltó un grito.
Los pasajeros se sujetaron de los asientos.
Un ruido extraño resonó afuera.
Las ruedas chirriaron.
Los caballos se detuvieron.
El carruaje quedó inmóvil.
—¿Qué ocurrió? —preguntó la joven esposa.
—No lo sé.
El cochero descendió rápidamente.
Otros viajeros empezaron a asomarse por las ventanas.
Madeline también miró.
Varios hombres rodeaban una de las ruedas.
Las expresiones de todos parecían preocupadas.
Un mal presentimiento apareció en su pecho.
Entonces escuchó la voz del cochero.
—Maldita sea.
Se rompió el eje.
Y aquello significaba una sola cosa.
No podrían continuar el viaje.
Al menos no esa noche.
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es sabía como ese Nathan que estuvo ahí espero que veamos pronto llegue lejos como también a ese tonto que le perdió
de irse más lejos y espero
que su madre la ayude a que no la
molesten temprano para darle tiempo
descubrirá que se escapó embarazada