Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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El precio de la desesperación
La lluvia golpeaba los ventanales del piso cuarenta con una insistencia agresiva, como si el cielo mismo intentara advertirme que no cruzara esa puerta. Me miré en el reflejo del cristal empañado; mi rostro estaba pálido, mis ojos inyectados en un cansancio que ninguna cantidad de maquillaje podría ocultar. Mi ropa, aunque limpia, gritaba "derrota". Estaba a punto de entrar en la boca del lobo, y lo peor era que yo misma había pedido la cita.
—La señorita Elena Noir está aquí —anunció la secretaria con una voz tan mecánica que me hizo sentir como un objeto en una lista de inventario.
—Que pase.
Esa voz. No fue un grito, ni siquiera un tono elevado. Fue un barítono profundo, cargado de una autoridad que parecía vibrar en los muebles de la oficina. Mis piernas flaquearon, pero recordé el rostro de mi madre en la cama del hospital, las facturas acumuladas y la amenaza de embargo que pesaba sobre nuestro apellido como una guillotina. Enderecé la espalda y entré.
La oficina de Ernesto Blackwood era un santuario al exceso y al poder. Todo era mármol negro, acero y cuero. Él no estaba sentado detrás del escritorio. Estaba de pie, frente al ventanal, de espaldas a mí. Su figura recortada contra las luces de la ciudad parecía la de una estatua griega tallada en obsidiana.
—Has tardado tres meses en venir, Elena —dijo él, sin girarse. El uso de mi nombre de pila, sin títulos, se sintió como una invasión—. Tu orgullo siempre fue más grande que tu cuenta bancaria.
—No estoy aquí para hablar de mi orgullo, señor Blackwood —respondí, tratando de que mi voz no temblara. El aire en la habitación era denso, cargado con el aroma de sándalo y un perfume caro que se me instaló en los pulmones—. Estoy aquí porque sé que usted compró la deuda de mi padre.
Ernesto se giró lentamente. Si su voz era imponente, su presencia física era devastadora. Sus ojos eran dos pozos de acero frío que parecían escanear no solo mi aspecto, sino mis pensamientos más oscuros. Caminó hacia el escritorio con una gracia depredadora, dejando sus manos grandes y pulcras sobre la superficie de madera noble.
—La deuda de tu padre es un agujero negro —sentenció, sentándose y entrelazando sus dedos—. Una cifra que tu familia no podría pagar ni en tres vidas. Así que dime, ¿qué me ofreces a cambio de no ejecutar el embargo mañana al amanecer? ¿Tu apellido? Ya no vale nada. ¿Tu lealtad? No confío en las promesas de una mujer acorralada.
Me acerqué al escritorio, sintiendo que el espacio entre nosotros se volvía peligrosamente pequeño. El calor que emanaba de él contrastaba con el frío gélido de la oficina.
—Me ofrezco a mí misma —las palabras salieron de mi boca antes de que mi cerebro pudiera detenerlas. Fue un susurro, pero en ese silencio sepulcral, sonó como un estallido—. Usted necesita una esposa. Alguien que limpie su imagen ante la junta directiva después de los escándalos de su abuelo. Alguien que no haga preguntas, que no exija amor y que sepa comportarse en los eventos de la alta sociedad.
Una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en sus labios. No fue una sonrisa de alegría, sino la de un jugador que acaba de ver la carta ganadora.
—¿Un contrato de matrimonio? —rio entre dientes, un sonido seco—. Es una propuesta audaz, Elena. Casi poética. La hija del hombre que intentó destruirme, vendiéndose para salvar lo que queda de su ruina.
Se puso en pie y rodeó el escritorio. Se detuvo a centímetros de mí, tanto que podía sentir su respiración en mi frente. Con un dedo, levantó mi barbilla, obligándome a sostenerle la mirada. El peligro de amarlo, o siquiera de estar cerca de él, se hizo tangible en ese momento.
—Acepto —susurró, y su mano descendió por mi mandíbula con una caricia que se sintió como una amenaza—. Pero bajo mis condiciones. No serás solo una esposa de papel. Vivirás en mi casa, llevarás mi nombre y me pertenecerás hasta que yo decida que la deuda está saldada. ¿Todavía tienes el valor de firmar, o vas a huir como lo hizo tu padre?
Miré el documento que él deslizó sobre la mesa. Era mi sentencia y mi salvación al mismo tiempo. Tomé la pluma, sintiendo que el peso del mundo caía sobre mis hombros, y firmé.
No lo sabía en ese momento, pero acababa de venderle mi alma al diablo, y el diablo tenía los ojos más hermosos y crueles que jamás había visto.