Invocado a otro mundo como sanador, fue descartado por su propio equipo por no hacer daño.
Herido y abandonado en la frontera, comenzó a curar a quienes nadie miraba: plebeyos, soldados rotos, niños enfermos.
Con conocimientos del mundo moderno y una magia que evoluciona al salvar vidas, su nombre empieza a recorrer el reino.
Cuando la guerra y la peste alcancen la capital, descubrirán que descartaron al único que podía salvarlos.
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Capítulo 14: Cuando el puerto arde
El olor llegó antes que el humo.
No era el aroma salobre del mar ni el hedor cotidiano del puerto. Era un olor ácido, metálico, que raspaba la garganta con solo respirarlo. Ren lo reconoció de inmediato, aunque en ese mundo no existieran las palabras exactas para nombrarlo: vapores tóxicos, químicos mal almacenados, algo que no debía arder… y estaba ardiendo.
Los gritos se levantaron como una ola.
—¡Fuego en los almacenes!
—¡Se derramó el licor de alquimia!
—¡No respiren eso!
Ren salió corriendo del anexo del templo con el kit de suministros al hombro. El cielo sobre el puerto se había vuelto de un gris verdoso, como si una nube enferma se hubiera posado sobre los techos de madera. La gente huía sin orden. Algunos caían tosiendo, los ojos enrojecidos, el pecho apretado por la falta de aire.
—¡Necesito trapos mojados! —gritó Ren—. ¡Cúbranse la boca!
Dos aprendices del gremio lo siguieron, pálidos.
—¿Qué hacemos? —preguntó uno, con la voz quebrada.
Ren activó Diagnóstico Claro al acercarse a los primeros afectados.
[Irritación pulmonar severa / Intoxicación por vapores / Riesgo de edema pulmonar]
—Alejen a la gente del humo —ordenó—. ¡Hacia el muelle abierto! ¡Donde corre el viento!
El calor del incendio era sofocante. Barriles marcados con símbolos alquímicos se habían abierto por la explosión inicial. Un líquido verdoso corría por el suelo, humeante. Dos estibadores estaban tirados cerca, inconscientes.
Ren se arrodilló junto al primero. La respiración era irregular. Activó Estabilización Rápida. La luz tenue envolvió el pecho del hombre. Tosió. El aire entró con un silbido áspero.
—Eso es —murmuró Ren—. Respira… conmigo.
Al girarse hacia el segundo, notó algo que le heló la sangre: las vendas de su kit estaban húmedas. Húmedas de agua… que no había sido hervida.
Miró alrededor. El barril de agua del puesto improvisado había sido cambiado.
—Nos sabotearon —dijo en voz baja.
El aprendiz tragó saliva.
—¿Qué hacemos?
Ren no dudó.
—Usen su propia ropa. Arránquenla en tiras. Mojarlas en el mar. Es salada, no limpia, pero mejor que ese barril.
Kaela Dorn apareció entre el humo, la armadura marcada por hollín.
—Los guardias están bloqueando el paso —dijo—. Dicen que el templo quiere “contener” la zona.
—¡La gente se está asfixiando! —respondió Ren—. ¡No es una plaga, es humo!
Kaela miró a los guardias a lo lejos, dudó un segundo… y dio órdenes.
—Rompan la línea por el flanco —dijo a sus escoltas—. Evacúen hacia el muelle.
Ren siguió trabajando. La tos le raspaba la garganta. El sudor le corría por la espalda. El maná se le escapaba en pulsos cortos, medidos. Usó Curación Dirigida para aliviar quemaduras químicas en la piel. Indicó a los heridos que bebieran pequeños sorbos de agua cuando lograban respirar.
Un barril explotó con un crujido seco. El suelo tembló. La nube tóxica se expandió.
—¡Ren! —gritó Selene Var desde el borde del muelle—. ¡Los permisos para abrir el canal están bloqueados!
Ren alzó la vista.
—¡Abran igual! —gritó—. ¡Si no, se mueren!
Selene no dudó. Dio la orden. Los trabajadores liberaron el canal de agua del muelle. Un chorro potente empezó a correr, arrastrando parte del líquido derramado lejos de la gente.
El aire se aclaró un poco.
Ren sintió un mareo súbito. Se apoyó en una viga. El sistema le devolvió la imagen de varios pacientes en estado crítico. Demasiados.
—No… me alcance… —murmuró, más para sí que para nadie.
Una mano firme se apoyó en su hombro.
—No estás solo —dijo Kaela—. Di qué hacer.
Ren respiró hondo.
—Divide a los heridos por respiración —dijo—. Los que no pueden respirar, primero. Los que pueden caminar, al muelle. Nadie vuelve al humo.
Kaela repitió las órdenes. Selene coordinó con trabajadores del puerto. Los aprendices del gremio se movieron con rapidez. Por primera vez, el caos empezó a tomar forma de organización.
Un estibador joven cayó de rodillas frente a Ren, los ojos vidriosos.
—No veo… —susurró.
Ren activó Estabilización Rápida sobre sus pulmones. La respiración se regularizó un poco. Lo recostó de lado para evitar aspiración.
—No cierres los ojos —dijo—. Mira mi mano. Cuenta conmigo.
Minutos después —o tal vez horas; el tiempo se volvió espeso en el humo—, el incendio fue contenido. El aire seguía siendo irrespirable cerca de los almacenes, pero el muelle estaba lleno de gente que volvía a respirar.
Ren se dejó caer sentado, con las manos temblando. Notó el ardor en la garganta, la cabeza palpitando. Selene se arrodilló a su lado.
—El barril de agua fue cambiado —dijo—. Alguien quería que tus curas fallaran.
Ren cerró los ojos.
—Lo lograron con algunos.
—No —respondió Selene—. Lograron que te detuvieras un segundo. Y aun así… la gente está viva.
Kaela se acercó, con hollín en el rostro.
—El gremio no va a poder fingir que esto fue un accidente menor —dijo—. Hay demasiados testigos.
Ren miró a la gente en el muelle: hombres tosiendo, mujeres abrazando a sus hijos, ojos enrojecidos mirando al cielo que empezaba a aclararse.
—No quiero guerra con nadie —dijo—. Solo quiero que no se mueran por cosas evitables.
Selene apretó los labios.
—En Ravenhold, evitar muertes es una declaración política.
Ren soltó una risa breve, agotada.
—Entonces supongo que ya hice un discurso.
Esa noche, mientras la ciudad se llenaba de rumores sobre el “sanador que desafió al humo”, Ren comprendió que su camino ya no era solo el de salvar a quien estaba frente a él.
Ahora también tenía que sobrevivir a quienes preferían que la enfermedad —o el caos— siguiera siendo un negocio.