"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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El sabor de la insurrección
Alessandra se quedó petrificada sobre el tocador, con una pierna ya cerca del marco de la ventana abierta. El aire frío de la costa veneciana golpeaba su espalda, pero el calor que sintió cuando la puerta del baño se abrió de golpe fue abrasador.
Damian no gritó. Fue peor. Se quedó en el umbral, observándola con una calma depredadora que hizo que a Alessandra se le detuviera el pulso. Sus ojos recorrieron la escena con una lentitud insultante: la ventana abierta, la silla mal puesta y, finalmente, a ella, vestida con ese recatado traje de lana azul que desafiaba frontalmente sus órdenes.
—¿De verdad pensabas que podrías pasar por ahí, Alessandra? —Su voz era un ronroneo peligroso—. Ni siquiera el deseo de libertad debería hacerte tan ingenua.
—Prefiero romperme el cuello en esas rocas que pasar un minuto más bajo tu techo —escupió ella, aunque su voz traicionó su firmeza con un leve temblor.
En dos zancadas, Damian acortó la distancia. Antes de que ella pudiera reaccionar, unas manos grandes y firmes la rodearon por la cintura y la bajaron del tocador de un solo tirón. Alessandra aterrizó contra el pecho de él; era como chocar contra una pared de piedra envuelta en seda italiana.
—Suéltame —siseó ella, golpeando su pecho con los puños, pero sus golpes parecían rebotar en él sin afectarlo.
Damian no la soltó. Al contrario, la acorraló contra la pared de mármol del baño, atrapando sus muñecas por encima de su cabeza con una sola mano. La diferencia de tamaño era abrumadora; Alessandra sentía cada músculo tenso de él presionándola, marcando un territorio que él ya consideraba suyo.
Damian bajó la mirada a sus labios, y por un segundo, el tiempo se detuvo. El aroma a whisky, tabaco y peligro la envolvía por completo. Él soltó una de sus muñecas solo para pasar el pulgar por su labio inferior, presionando con fuerza, obligándola a entreabrir la boca. Fue una caricia lenta, casi dolorosa, pero no la besó. Se mantuvo a la distancia justa para que ella pudiera sentir el calor de su aliento, una tortura psicológica mucho más efectiva que cualquier contacto físico.
—Tu boca dice una cosa, pero tu pulso… —colocó su mano libre sobre el cuello de Alessandra, justo sobre la arteria que latía desbocada— tu pulso me dice que este terror que sientes tiene un matiz que no quieres admitir. Estás vibrando, Alessandra. Y no es solo de miedo.
—Te odio —susurró ella, aunque su respiración se entrecortaba debido a la cercanía abrumadora.
—Ódiame todo lo que quieras —respondió Damian, su voz volviéndose un murmullo oscuro mientras enterraba el rostro en el hueco de su cuello, aspirando su perfume sin llegar a tocar su piel—. Pero esta noche aprenderás que en esta casa, el castigo por la rebeldía es mucho más agotador que cualquier huida.
Damian ejerció más presión con su cuerpo, atrapándola firmemente entre el mármol frío y su calor invasivo. Sus rostros estaban tan cerca que sus narices se rozaban. Alessandra podía ver el reflejo de su propia desesperación en las pupilas de él, oscuras y fijas. Él no iba a besarla; iba a forzarla a reconocer su derrota por su propia cuenta.
—Dilo —gruñó él, con los labios a milímetros de los suyos, manteniendo esa distancia agónica que la hacía temblar—. Di que no te vas a ir. Di que aceptas que este es tu lugar ahora.
Alessandra apretó los dientes, sintiendo el metal de la hebilla del cinturón de Damian presionando contra su vientre y la firmeza de sus muslos contra los suyos. El aire entre ellos vibraba con una tensión que amenazaba con romperlo todo.
—Dilo, Alessandra —repitió él, bajando la mano desde su cuello hasta su cintura, apretándola con una posesividad que le quitó el aliento—. O nos quedaremos en este baño hasta que tus piernas no puedan sostenerte más.