Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Boda
Cuando Emma cruzó las puertas que daban al jardín, el murmullo se apagó como si alguien hubiera cortado el sonido con una tijera invisible.
El jardín estaba adornado con arcos de flores blancas y cintas doradas que ondeaban suavemente con la brisa. Filas de sillas perfectamente alineadas se extendían a ambos lados del camino central cubierto de pétalos.
En cuanto apareció, todos los invitados se pusieron de pie.
El movimiento fue elegante, sincronizado.
Pero las miradas…
Las miradas eran otra cosa.
Los que se creían amigos de Emma.. jóvenes nobles que en el libro reían a sus espaldas.. la observaban con sonrisas que no llegaban a los ojos. Había burla contenida, anticipación, como si esperaran el espectáculo de siempre.. la novia caprichosa, la mujer altiva, la futura condesa que despreciaba a su propio esposo.
Su tío estaba sentado en primera fila, con una expresión medida, casi calculadora.
A su lado, Vanessa.
Con los ojos ligeramente enrojecidos, fingiendo vulnerabilidad. Y, aun así, en cuanto Emma la miró, Vanessa curvó los labios apenas, en una sonrisa diminuta que decía.. veremos cuánto dura tu teatro..
El primo, con expresión distraída, parecía más interesado en el banquete que en la ceremonia.
Al otro lado, la familia Devlin.
Rostros serios.
Reservados.
Algunos la miraban con abierta desconfianza, otros con resignación. En la historia original sabían del carácter difícil de Emma Collins. Sabían que el conde no sería feliz.
Los únicos que irradiaban auténtica alegría eran los dos ancianos sentados al frente.
El abuelo Collins, con la espalda recta y los ojos brillando con orgullo.
Y el abuelo Devlin, cuya expresión era más sobria, pero cuyos labios temblaban ligeramente como si contuviera emoción.
Emma sintió el peso de todas esas expectativas.
Y caminó.
Paso firme.
Cabeza alta.
El vestido se deslizaba detrás de ella con elegancia. El velo flotaba suavemente, atrapando la luz del sol.
Pero entonces lo vio.
Daniel Devlin.
De pie junto al altar.
Alto.
Más alto de lo que había imaginado al leer.
Cabello rubio claro, apenas más oscuro que el suyo, peinado hacia atrás con sobriedad. Ojos claros, de un tono entre gris y azul, tan transparentes que parecían capaces de ver a través de las personas. Hombros anchos que tensaban ligeramente el corte impecable de su traje oscuro.
Parecía un personaje salido de un cuento antiguo.
Un príncipe silencioso.
Un héroe trágico.
Y, aun así, su expresión era completamente seria.
No había alegría.
No había expectativa.
Solo compostura.
Y algo más profundo… cautela.
Emma sintió un pequeño nudo en el pecho.
[Daniel Devlin]
Para él, esto no era una fantasía romántica.
Era un matrimonio arreglado con una mujer que, hasta esa mañana, lo despreciaba.
Cuando sus miradas se encontraron, ella le sonrió.
No una sonrisa forzada.
No altiva.
Una sonrisa sincera.
Suave.
Pero Daniel no respondió.
Su rostro permaneció imperturbable.
Los ojos la observaron, atentos, analíticos.
El silencio entre ellos fue más intenso que cualquier murmullo del jardín.
Emma no apartó la mirada.
Siguió avanzando hasta quedar frente a él.
Y cuando finalmente llegó a su lado, cuando la distancia entre ambos se redujo a apenas unos centímetros, pudo percibir su presencia con claridad.. el leve aroma a madera y algo fresco, la calidez contenida bajo la formalidad.
Daniel bajó ligeramente la mirada hacia ella.
Por una fracción de segundo, algo cambió en sus ojos.
No era una sonrisa.
Pero tampoco era indiferencia.
Era… sorpresa.
Como si la mujer que tenía delante no coincidiera del todo con la que esperaba encontrar.
Emma sostuvo su expresión, tranquila.
[No te preocupes Esta vez no voy a romperte.]
El murmullo del jardín se desvaneció cuando el mago dio un paso al frente.
Vestía túnicas azul oscuro bordadas con hilos plateados que parecían brillar bajo el sol. Sus ojos eran penetrantes, antiguos, como si hubieran presenciado demasiadas historias iguales a esa.
La ceremonia comenzó sin adornos innecesarios.
No hubo discursos largos ni poemas interminables. El mago habló poco, con voz clara y firme, invocando la unión de dos casas, el compromiso ante la nobleza y la responsabilidad compartida.
El aire estaba quieto.
Las miradas, atentas.
Daniel permanecía erguido a su lado, las manos detrás de la espalda, la expresión serena. No había tensión visible, pero tampoco entusiasmo. Era la compostura de alguien que había aprendido a soportar sin protestar.
Emma lo miró de reojo.
Pensó en el libro.
En cómo, en ese mismo momento, la Emma original había llorado frente a todos. Lágrimas de humillación, de rabia. Había dejado claro que era una víctima, que no quería ese matrimonio. Y aquel espectáculo había sido la primera grieta pública entre ellos.
Pero ella no era esa Emma.
El mago alzó la voz apenas..
—Conde Daniel Devlin… ¿aceptas a Emma Collins como vuestra esposa?
Un silencio respetuoso envolvió el jardín.
Daniel levantó la mirada hacia el mago.
Luego hacia Emma.
Sus ojos claros no mostraban miedo. Solo una calma profunda.
Asintió.
Un gesto simple.
Seguro.
No podía pronunciar la palabra, pero su aceptación fue inequívoca.
El mago volvió la mirada hacia ella.
—Emma Collins… ¿aceptas a Daniel Devlin como vuestro esposo?
En el libro, ese era el instante de la duda.
De las lágrimas.
Del susurro resentido.
Pero Emma respiró hondo.
Y sonrió.
Una sonrisa luminosa, abierta.
—Sí, acepto —dijo con voz clara y firme, que resonó en todo el jardín.
Algunos invitados intercambiaron miradas.
La familia Devlin se tensó ligeramente.
Vanessa parpadeó, desconcertada.
El abuelo Collins sonrió con orgullo.
El mago observó a Emma un segundo más de lo necesario, como si percibiera algo distinto en ella. Pero no dijo nada.
Alzó el bastón y concluyó..
—Entonces, por el vínculo establecido ante este reino… pueden sellar la unión con un beso.
Daniel se quedó inmóvil.
En la historia original, ese era el momento en que la antigua Emma retrocedía, lloraba, hacía evidente su rechazo. Daniel, respetuoso, nunca intentaba forzarla.
Pero esta vez…
Emma tomó la decisión antes de que el silencio se volviera incómodo.
Con delicadeza, llevó ambas manos a su velo.
Lo levantó ella misma.
La tela cayó hacia atrás, dejando su rostro completamente expuesto bajo la luz del sol.
Los murmullos crecieron apenas.
Daniel la miró, sorprendido.
Emma dio un pequeño paso al frente.
Y lo besó.
No fue un gesto brusco.
Fue firme.
Decidido.
Sus labios tocaron los de él con suavidad pero sin vacilación.
Durante una fracción de segundo, Daniel pareció quedarse congelado, como si su mente necesitara reorganizar todo lo que creía saber sobre ella.
Luego… respondió.
Su mano se deslizó hasta su espalda, firme pero cuidadosa, atrayéndola apenas hacia él. El beso dejó de ser un gesto formal y se volvió real.
Breve.
Pero real.
El jardín quedó en silencio absoluto.
Cuando se separaron, Emma pudo sentir la calidez de su mano todavía apoyada en su espalda. Daniel no sonreía… pero sus ojos ya no eran los mismos.
Había sorpresa.
Y algo más.
Una chispa.
Como si, por primera vez en mucho tiempo, algo inesperado hubiera atravesado el muro de su silencio.
Y mientras los aplausos comenzaban a elevarse alrededor, Emma sonrió, satisfecha..
[Esta historia ya cambió.]
Maravilloso Daniel sigue asi👏