Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Los Devlin
Cuando Emma despertó, la luz del sol ya se filtraba con intensidad entre las cortinas pesadas. Parpadeó un par de veces, desorientada, hasta que la memoria regresó como una ola cálida que le erizó la piel. Era casi mediodía.
Intentó incorporarse… y entonces lo sintió.
Un dolor delicioso, profundo, recorriéndole el cuerpo. Los músculos de las piernas protestaron al estirarse, su cintura estaba sensible, y al mover los hombros percibió un leve ardor en la piel. Pero en lugar de quejarse, sonrió.
Se quedó un momento boca arriba, extendiendo los brazos sobre la almohada, dejando que las sábanas resbalaran un poco. Cerró los ojos y recordó cada instante de la noche anterior. Ya no había dudas, ni inseguridades. No había sido ignorada. No había sido rechazada.
Una risa suave escapó de sus labios.
Entonces, inevitablemente, su mente viajó a aquella escena del libro que había leído antes.. En la primera mañana después de la boda, la familia Collins había acudido a almorzar, y Vanessa.. tan elegante como venenosa.. había aprovechado para clavar su comentario pasivo-agresivo.. “Pobrecita… se nota cuando el esposo no presta atención”. Aquella burla disfrazada de compasión había sido casi cruel.
Emma abrió los ojos y miró el techo con expresión triunfal.
—Pobrecita… Esa no soy yo.
Se sentó con cuidado al borde de la cama. El movimiento le arrancó una pequeña mueca… y otra sonrisa. Sí, dolía. Pero era un dolor que llevaba implícita una victoria.
Tiró del cordón junto a la pared para llamar a las doncellas.
Cuando entraron, inclinando la cabeza con respeto, Emma habló con naturalidad:
—Traigan mi ropa a la habitación del conde. Me vestiré aqui.
Las jóvenes intercambiaron miradas discretas, pero obedecieron sin preguntar. Poco después, comenzaron a ayudarla a asearse y cambiarse.
Fue entonces cuando las doncellas notaron las marcas.
Sombras rojizas en el cuello. Una huella más intensa cerca de la clavícula. Y en el inicio del pecho, apenas visible, algo que parecía la impronta firme de unos labios o dientes.
Una de ellas carraspeó con delicadeza.
—Mi lady… quizá podríamos cubrir…
—No..
Se miró en el espejo de cuerpo entero. Sus dedos rozaron la marca del cuello. No había vergüenza en su gesto. Solo satisfacción.
—No se cubre lo que se gana..
Las doncellas bajaron la mirada, sorprendidas por aquella seguridad nueva, casi desafiante. Intentaron disimular su asombro mientras ella revisaba los vestidos que habían traído.
Emma eligió uno con un escote pronunciado, elegante pero imposible de ignorar. El tejido enmarcaba perfectamente su cuello y dejaba a la vista las huellas rojizas que decoraban su piel como insignias.
—¿Está segura, mi lady?
Emma sostuvo su propia mirada en el espejo, observando las marcas con orgullo.
[Hay que lucir las marcas de guerra]
—Completamente segura.
Cuando las doncellas terminaron de ajustarle el vestido y acomodarle el cabello, Emma se veía radiante. No como una joven tímida tras su primera noche, sino como una mujer que sabía exactamente lo que estaba insinuando sin decir una sola palabra.
Y así lo hizo.
Emma descendió las escaleras con paso firme, sintiendo cómo el vestido acompañaba cada movimiento con elegancia estudiada. No había apresuramiento en su andar, tampoco timidez. Su espalda recta y su mentón ligeramente elevado hablaban por ella antes incluso de que cruzara el umbral del comedor principal.
En la cabecera de la mesa estaba el abuelo Devlin, imponente aun con los años marcados en el rostro. Frente a él, Daniel ya ocupaba su asiento, vestido con sobriedad, aunque su expresión aún conservaba cierta tensión contenida. A su derecha estaban los gemelos.. David y Damian, idénticos en rasgos, distintos apenas en la intensidad de la mirada. Ambos levantaron la vista al escuchar el sonido de sus pasos.
El primero en reaccionar fue el abuelo.
—Buenos días, querida —dijo con una sonrisa genuina que suavizó sus facciones severas.
David y Damian inclinaron la cabeza con formalidad impecable.
—Cuñada —saludaron al unísono, correctos… pero aún distantes.
Emma respondió a cada uno con la educación exacta que correspondía. Una inclinación respetuosa hacia el abuelo, una sonrisa medida hacia los gemelos.
Y luego miró a Daniel.
Se acercó a él sin vacilar y, ante los ojos atentos de todos los Devlin, se inclinó lo suficiente para depositar un beso suave, pero claramente íntimo, sobre sus labios.
El silencio fue inmediato.
Daniel parpadeó, sorprendido. Los gemelos intercambiaron una mirada fugaz. El abuelo arqueó apenas una ceja.
Emma tomó asiento junto a su esposo con naturalidad absoluta, como si aquel gesto fuera lo más habitual del mundo.
Durante unos segundos, la conversación intentó retomarse con comentarios sobre la jornada, asuntos del territorio y trivialidades de sobremesa. Pero la calma formal duró poco.
Fue Damian quien entrecerró los ojos primero.
Luego David.
Ambos, casi al mismo tiempo, notaron lo evidente.. las marcas rojizas que asomaban sin disimulo en el cuello de Emma, descendiendo hacia la clavícula, apenas contenidas por el escote pronunciado del vestido.
La distancia en sus expresiones se evaporó.
Damian fue el primero en soltar una risa baja.
—Hermano… Quizá deberías ser un poco más delicado con nuestra cuñada.
David asintió, apoyando el codo en la mesa con gesto relajado.
—Sí, Daniel. No sabíamos que eras tan… apasionado.
Emma mantuvo la compostura, pero una chispa satisfecha brilló en sus ojos. Daniel, en cambio, carraspeó y desvió la mirada, claramente incómodo ante la insinuación pública.
El abuelo frunció el ceño.
—¿De qué hablan ustedes dos?
David, con la sutileza de un martillo, hizo un gesto apenas disimulado señalando su propio cuello.
El anciano siguió la indicación.
Y lo entendió.
Sus ojos se posaron en las marcas visibles con una mezcla de sorpresa y comprensión… que pronto se transformó en una sonrisa lenta, orgullosa.
—Ah.. Ya veo.
Daniel apretó los labios. Emma, en cambio, mantuvo la cabeza en alto.
El abuelo no añadió comentario alguno, pero su expresión lo decía todo. Aquello no era motivo de escándalo, sino de satisfacción. El heredero Devlin había cumplido con su deber marital… y algo más.
El ambiente cambió sutilmente. La frialdad inicial de los gemelos hacia Emma se disipó por completo. Las bromas sustituyeron la distancia. La tensión se transformó en camaradería.
Emma lo notó.
Había ganado terreno.
Y justo cuando el clima parecía haberse asentado en esa nueva complicidad, un mayordomo entró con paso ceremonioso.
—Mi lord.. la familia Collins ha llegado.
El sonido de ese apellido cayó en la mesa como una pieza estratégica en un tablero de ajedrez.
Emma no borró su sonrisa.
Al contrario.
La sostuvo.