A mis veinticinco años, mi mundo se reduce a una sola persona: mi hija, Ana Sofía. Como madre soltera, he aprendido a defenderme de hombres que confunden mi situación con vulnerabilidad; piensan que soy una mujer fácil, pero ese es su grave error.
He luchado sola para darnos un futuro, jurando que solo dejaría entrar a mi vida a alguien que realmente valiera la pena. O eso creía. Un hecho inesperado destrozó mis planes y me acorraló, obligándome a tomar una decisión que me avergüenza, pero que fue la única salida para salvar lo que más amo.
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El peso de la verdad
El trayecto hacia el registro civil se sumió en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por el golpeteo rítmico de los dedos de Giselle contra su bolso. Diego la observaba de reojo; ella vestía un traje sastre sencillo que acentuaba su palidez, y sus ojos, fijos en la ventana, parecían ver algo mucho más lejano que el paisaje urbano.
Al llegar, el juez ya los esperaba en una oficina privada, cortesía de las influencias de los Alcázar. Diego actuaba con la eficiencia de quien firma la adquisición de una multinacional, pero Giselle se sentía como si caminara hacia su propio juicio.
—Pueden proceder con la firma —dijo el juez, extendiendo una pluma de oro hacia ellos.
Diego firmó con un trazo firme y elegante. Luego, fue el turno de Giselle. Cuando ella tomó la pluma, Diego notó que su mano temblaba de forma incontrolable. Ella cerró los ojos un segundo, respiró hondo y estampó su firma, sellando su destino y entregando su libertad a cambio de la vida de su hija.
—Felicidades, señores Alcázar —pronunció el juez con una sonrisa ensayada.
En ese preciso instante, el teléfono de Giselle —aquel con la pantalla astillada que apenas se mantenía funcional— vibró violentamente sobre la mesa. Ella lo arrebató antes de que Diego pudiera reaccionar. Era un mensaje de texto. Sus ojos recorrieron las palabras y su rostro pasó de la palidez al blanco absoluto.
“Ana despertó. Hay una complicación. Tienes que venir ya.” — Enrique.
—Tengo que irme —soltó ella, sin mirar a Diego, guardando el móvil en su bolso con movimientos erráticos.
—¿A dónde crees que vas? —Diego la sujetó del brazo, deteniéndola en seco frente al juez—. Acabamos de casarnos, Giselle. Hay una prensa afuera esperando, y mi abuelo aguarda para un brindis.
—¡Me importa un bledo tu prensa y tu brindis! —estalló ella, deshaciéndose de su agarre con una fuerza nacida de la desesperación—. Ya tienes lo que querías, ya tienes tu firma. El resto del trato lo cumpliré después, pero ahora... ahora mi vida depende de que salga de aquí.
Diego se quedó petrificado ante la intensidad del odio y la angustia que emanaban de ella. No era la actitud de alguien que iba a encontrarse con un amante; era el grito de un animal herido.
—Giselle, espera... —intentó decir, pero ella ya corría hacia la salida, ignorando los flashes de los fotógrafos que acechaban en la entrada.
Diego se quedó allí, de pie en la oficina del juez, con el acta de matrimonio en la mano. Los nombres "Diego Alcázar" y "Giselle Sandoval" estaban unidos legalmente, pero nunca se habían sentido tan distantes. Miró la pluma sobre la mesa y luego el registro de llamadas que había visto la noche anterior.
"Hospital".
Esa palabra volvió a martillear su mente. Sin pensarlo dos veces, Diego salió tras ella. No iba a dejar que se escapara, no esta vez. Si ella iba a un hospital, él descubriría de una vez por todas quién era esa "Ana" que lograba que la imperturbable doctora Sandoval perdiera la razón.
El motor del auto de Diego rugió mientras seguía al taxi de Giselle a través del tráfico pesado. Su corazón latía con una mezcla de rabia y un miedo desconocido. Estaba a punto de cruzar una línea de la que no habría retorno, y algo en su interior le decía que lo que encontraría al final de ese camino cambiaría su mundo para siempre.
El taxi frenó bruscamente frente a la entrada de urgencias y Giselle saltó del vehículo antes de que este se detuviera por completo. Diego, que venía pisándole los talones en su propio auto, estacionó de cualquier manera y corrió tras ella. La vio cruzar las puertas automáticas con una desesperación que le heló la sangre.
Giselle no se detuvo en recepción. Corrió por los pasillos que conocía de memoria hasta llegar a la Unidad de Cuidados Intensivos Pediátricos. Al llegar al mostrador, Enrique la recibió con el rostro tenso.
—¿Qué pasó? ¿Cómo está? —logró articular ella, sin aire.
—Tuvo una arritmia súbita, Giselle. Logramos estabilizarla, pero su corazón está muy débil después de la cirugía —explicó Enrique en voz baja, tomándola de los hombros—. Tienes que calmarte, ella te necesita fuerte.
Giselle sintió que las piernas le fallaban. El mundo empezó a dar vueltas y el sonido del hospital se convirtió en un zumbido ensordecedor.
—No... no otra vez... —susurró.
Fue en ese momento cuando Diego dobló la esquina del pasillo. Se detuvo en seco al ver a Giselle apoyada en Enrique, pero antes de que sus celos pudieran reaccionar, vio algo que lo dejó paralizado. A través del gran ventanal de la UCI, justo frente a Giselle, había una pequeña cama rodeada de monitores. Y en ella, una niña de cuatro años, pálida y con el cabello castaño revuelto, luchaba por respirar.
El parecido era innegable. La forma de los ojos, la curva de los labios... era una versión miniatura de la mujer que acababa de convertir en su esposa.
—¿Giselle? —llamó Diego, con la voz apenas audible.
Ella se giró lentamente. Al verlo allí, la última reserva de energía que le quedaba se agotó. El peso de la mentira, el miedo a la muerte de su hija y la humillación del matrimonio por contrato se unieron en un solo golpe devastador.
—Es mi hija, Diego —sollozó ella, con una mirada de agonía pura—. Se está muriendo y tú... tú me pedías un brindis.
Giselle cerró los ojos y su cuerpo se desplomó. Diego reaccionó con una rapidez que no sabía que tenía, atrapándola antes de que golpeara el suelo. La cargó en sus brazos, sintiendo lo ligera y frágil que era en realidad.
—¡Un médico! —rugió Diego, con el pánico apoderándose de él mientras miraba alternativamente a la mujer inconsciente en sus brazos y a la niña que luchaba en la habitación—. ¡Enrique, ayúdala!
Enrique, que había observado la escena con una mezcla de lástima y reproche, se acercó.
—Ella no ha dormido ni comido en tres días, Alcázar. Ha estado vendiendo su vida para pagar esa cama de hospital —dijo Enrique con dureza mientras ayudaba a colocar a Giselle en una camilla—. Esa niña de ahí... se llama Ana Sofía. Es lo único que Giselle tiene en el mundo.
Diego se quedó de pie, solo en el pasillo, mirando a través del cristal. Sus manos aún temblaban por el peso de Giselle. Se acercó lentamente al ventanal y puso su mano sobre el vidrio, justo frente a la pequeña Ana.
—Ana... —susurró, y por primera vez en años, las lágrimas rodaron por las mejillas del imperturbable Diego Alcázar.
En ese momento, el anillo que llevaba en su bolsillo pareció pesar una tonelada. El recuerdo de la noche en el hotel regresó con una fuerza violenta. Cuatro años. La niña tenía cuatro años. El cálculo matemático fue como una bofetada en el rostro.
No era solo la hija de Giselle. Podia ser su hija también.