A los cuarenta y cinco años, Raquel Sanromán lo perdió todo en una sola noche.
Su esposo Miguel murió en un accidente de tráfico... acompañado de su amante. Pero la traición no terminó ahí. El testamento reveló la verdad más devastadora: durante años, Miguel planeó huir del país con Valeria Ochoa, llevándose millones robados de la empresa familiar y dejando a Raquel en la bancarrota absoluta.
Ahora es madre soltera de cinco hijos, dueña del veinticinco por ciento de una empresa en ruinas, y tiene quince días antes de perder su casa. Su hijo mayor la culpa por la caída de la familia. Las deudas la ahogan. Y Valeria, la amante que sobrevivió, ahora es dueña del cincuenta por ciento de lo que alguna vez fue su vida... y no descansará hasta verla mendigando en la calle.
Pero en su cumpleaños, en una noche de máscaras y champán, Raquel decide olvidarlo todo. Solo por unas horas. Solo para sentirse viva de nuevo.
Y entonces conoce a él.
Julian Harrington. Veintisiete años. Multimillonario.
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Capítulo 10: La Novia de Ángel
Pov Raquel
Me quedé mirando el teléfono en mi mano después de que Julian colgó, intentando procesar lo que acababa de escuchar. Ahora era dueño del cincuenta por ciento de mi empresa. Julian Harrington, el hombre con quien me acostaba dos veces por semana, controlaba mi negocio, mi hipoteca, mi estabilidad financiera.
Controlaba prácticamente toda mi vida.
El pánico comenzó a trepar por mi garganta. ¿En qué me había convertido? ¿En qué me estaba convirtiendo?
Pero antes de que pudiera procesar completamente la magnitud de lo que acababa de pasar, mi teléfono volvió a sonar. Esta vez era Ángel.
—¿Mamá? ¿Dónde estás?
—En la oficina, ¿por qué?
—Necesitas venir a casa. Ahora.
El tono de su voz me heló la sangre.
—¿Qué pasó? ¿Los niños están bien?
—Los niños están bien, pero hay gente en la casa. Muchas personas. Jardineros, pintores, empleados. Y yo no contraté a nadie. ¿Tú lo hiciste?
Mierda. Julian.
—Voy para allá.
Cuando llegué a casa media hora después, la escena era caótica. Tres jardineros estaban podando los arbustos que llevaban meses descuidados. Dos pintores trabajaban en la fachada principal. Y a través de las ventanas podía ver a varias personas limpiando el interior.
Ángel me esperaba en la entrada con los brazos cruzados y una expresión que conocía demasiado bien. La misma que ponía Miguel cuando estaba furioso.
—¿Qué es todo esto? —exigió saber en cuanto salí del auto.
—Buenos días a ti también.
—No me salgas con eso, mamá. ¿De dónde salió toda esta gente?
Respiré profundo. Otra mentira. Cuántas más tendría que decir antes de que todo se derrumbara.
—Del nuevo inversionista. Es parte del acuerdo. Para que la empresa funcione correctamente, necesito poder concentrarme en el trabajo. Y eso significa tener ayuda en casa.
—¿Y no pensaste en consultármelo primero?
—Ángel, tienes veintiséis años. No necesito tu permiso para contratar empleados en mi propia casa.
—¡Esta también es mi casa!
—Y seguirá siéndolo —dije firmemente—. Pero alguien tiene que tomar decisiones aquí, y ese alguien soy yo.
—Papá nunca...
—Papá está muerto —lo interrumpí, y las palabras salieron más duras de lo que pretendía—. Y nos dejó en la ruina. Así que ahora tengo que arreglar el desastre que dejó, y eso incluye asegurarme de que Marcela no tenga que seguir criando a sus hermanos como si fuera su madre.
Ángel retrocedió como si lo hubiera abofeteado.
—Marcela no se queja...
—Porque es una buena hija. Pero tiene dieciséis años, Ángel. Debería estar saliendo con sus amigos, preocupándose por la escuela, viviendo su vida. No cuidando a los trillizos porque yo tengo que trabajar hasta tarde para salvarnos de perderlo todo.
Vi cómo su expresión pasaba de la ira a algo más suave. Culpa, tal vez.
—No lo había pensado así.
—Lo sé. Pero yo sí. Así que sí, contraté empleados. Una ama de llaves, dos empleadas de limpieza, jardineros. Y antes de que preguntes, sí, puedo pagarlo gracias a la inversión.
Ángel miró hacia la casa donde los trabajadores seguían ocupados.
—Está bien. Lo entiendo. Pero la próxima vez, avísame. Me asusté al llegar y ver gente extraña en la casa.
—Lo haré. Lo prometo.
Nos quedamos ahí parados en un silencio incómodo. Finalmente, su expresión se suavizó completamente.
—Lo siento, mamá. Sé que estás haciendo lo mejor que puedes. Es solo que... todo está cambiando tan rápido.
—Lo sé, mi amor. Para mí también.
Se acercó y me abrazó. Un abrazo real, de los que no me daba desde antes de que Miguel muriera.
—Te quiero, mamá.
—Yo también te quiero.
Al día siguiente, Ángel me esperaba en la cocina cuando bajé a desayunar. Había algo diferente en él. Estaba nervioso, jugueteando con su taza de café, evitando mi mirada.
—¿Qué pasa? —pregunté, sirviéndome mi propio café.
—Tengo novia —soltó de repente.
Me quedé congelada con la jarra de café en la mano.
—¿Qué?
—Tengo novia. Llevamos saliendo tres meses. Y quiero que la conozcas.
Una mezcla de emociones me atravesó. Sorpresa, alegría por mi hijo, y una pizca de tristeza porque ya no era el niño que me contaba todo.
—Ángel, eso es maravilloso —dije, dejando la jarra y abrazándolo—. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?
—Con todo lo que ha pasado... no quería agregar más cosas. Pero ahora que las cosas están mejorando, quiero que la conozcas. Es importante para mí.
—Me encantaría conocerla. ¿Cuándo?
—¿Qué te parece el viernes? Puedo traerla a cenar. Tú, Marcela, los trillizos, ella y yo. Una cena familiar.
Viernes. Una de mis noches con Julian.
El pánico me apretó el pecho, pero no podía decirle que no. No cuando me miraba con esos ojos llenos de esperanza.
—Viernes está perfecto, mi amor.
—¿En serio? —su cara se iluminó—. Genial. Va a estar tan nerviosa. Ha estado preocupada por conocerte desde que empezamos a salir.
—No hay razón para estar nerviosa. Estoy segura de que es maravillosa si te enamoró.
Ángel se sonrojó ligeramente.
—Lo es, mamá. De verdad lo es.
Se fue tarareando, más feliz de lo que lo había visto en meses.
Y yo me quedé ahí, aferrándome a la encimera de la cocina, sabiendo que tendría que cancelar mi noche con Julian.
Esa tarde, sola en mi oficina, saqué mi teléfono y le escribí a Julian.
"No puedo el viernes. Lo siento."
La respuesta llegó casi inmediatamente.
"¿Por qué?"
"Mi hijo me necesita. Es importante."
Hubo una pausa larga antes de su siguiente mensaje.
"¿Está bien?"
"Sí. Solo... asuntos familiares."
"Entiendo. ¿El martes entonces?"
"Sí. El martes."
"Te extrañaré."
Esas dos palabras me hicieron algo extraño en el pecho. Algo que no debería sentir por un hombre veinte años menor que yo. Algo peligroso.
"Yo también."
Guardé el teléfono y miré por la ventana de mi oficina. La ciudad se extendía ante mí, indiferente a mi caos interno.
Julian Harrington ahora controlaba mi empresa, mi casa, mis finanzas. Y poco a poco, sin que me diera cuenta, estaba empezando a controlar también mi corazón.
Y eso era más aterrador que cualquier deuda.
Porque las deudas se pueden pagar.
Pero los sentimientos... esos eran mucho más difíciles de manejar.
Especialmente cuando sabía que esto no podía terminar bien.
Nunca podría.