En un pequeño estudio, bajo el sudor y la luz tenue, comienza la historia de un grupo destinado a brillar con fuerza inigualable.
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Capítulo 05
Si el baile era la armadura con la que ATEEZ se presentaba ante el mundo, la voz era su alma desnuda. En el pequeño estudio de grabación, un espacio apenas más grande que un armario empotrado y recubierto de espuma acústica barata que olía a polvo, la dinámica cambiaba. Allí no había movimientos explosivos ni coreografías que ocultaran las inseguridades; solo estaba el micrófono, el auricular y la verdad de cada nota.
Jongho estaba dentro de la cabina, con los ojos cerrados y las manos apretadas sobre los auriculares. Fuera, frente a la consola, Hongjoong ajustaba los niveles con una concentración casi dolorosa. Los demás estaban sentados en el suelo o apoyados en las paredes, escuchando a través de los altavoces.
—Una vez más, Jongho —dijo Hongjoong por el intercomunicador—. Necesito que esa nota final no solo sea alta, sino que suene como si te estuvieras arrancando el corazón. Tiene que doler.
Jongho asintió. Respiró hondo, expandiendo sus pulmones hasta el límite. Cuando la base musical llegó al clímax, su voz se elevó, rompiendo el aire con una potencia que parecía demasiado grande para su cuerpo. Fue una nota limpia, vibrante, cargada de una urgencia que hizo que a San se le erizara la piel.
Al terminar, el silencio en el estudio fue absoluto.
—Perfecto —susurró Hongjoong, y por primera vez en todo el día, se permitió sonreír—. Eso es lo que necesitamos.
Jongho salió de la cabina, secándose el sudor de la frente. Estaba exhausto. Entrenar la voz mientras el cuerpo seguía recuperándose de los ensayos de baile era como intentar mantener una llama encendida en medio de un huracán.
—¿Cómo lo haces? —preguntó Yeosang, entregándole una botella de agua tibia—. A veces olvido que eres el menor. Tu voz suena como si hubieras vivido cien años.
—Solo trato de no pensar —respondió Jongho, tomando un largo trago—. Si pienso en lo cansado que estoy o en lo mucho que me duele la garganta, la nota se rompe. Solo dejo que salga.
—El problema es cuando la voz no quiere salir —intervino Seonghwa con un suspiro. Le tocaba su turno de grabación y estaba visiblemente tenso. Sus manos jugueteaban con los bordes de sus mangas—. Mi tono suena... pequeño comparado con el de ustedes.
Hongjoong se giró en la silla, mirando al mayor del grupo.
—Seonghwa, no necesitamos ocho Jonghos. Necesitamos tu suavidad. Tu voz es lo que le da textura a la canción. Es el aire entre los golpes.
Seonghwa entró en la cabina. Durante la siguiente hora, luchó contra su propia falta de confianza. Se equivocaba en las entradas, su voz temblaba en los falsetes y el sudor comenzaba a empapar su frente. Cada vez que fallaba, se pedía disculpas a sí mismo y al grupo, hundiéndose más en su frustración.
—Lo siento, otra vez —dijo Seonghwa, con la voz quebrada por el intercomunicador.
—Para —ordenó Hongjoong, pero no con dureza, sino con una calma inusual.
El líder se levantó, abrió la puerta de la cabina y entró. Los demás observaron en silencio. Hongjoong se paró frente a Seonghwa y le puso las manos en los hombros.
—Hwa, escúchame. No estás aquí para ser perfecto para la máquina. Estás aquí para contarnos una historia. Olvida el tono, olvida la técnica por un segundo. Cántale a San, que está ahí fuera muerto de miedo por su futuro. Cántale a Mingi, que no puede dormir por la ansiedad. Cántale a nosotros.
Hongjoong salió y volvió a su puesto. San se acercó al cristal de la cabina y pegó la palma de su mano contra él, mirando fijamente a Seonghwa. Wooyoung, desde el suelo, levantó un pulgar y le dedicó una sonrisa brillante.
Seonghwa cerró los ojos y, esta vez, cuando empezó a cantar, el sonido fue diferente. Era cálido, envolvente, lleno de una melancolía esperanzadora que llenó el estudio. No era la voz de un ídolo pulido; era la voz de un hermano mayor que prometía que todo estaría bien.
Cuando terminó, Wooyoung saltó de su sitio.
—¡Eso es! ¡Ese es nuestro Seonghwa-hyung!
El resto de la tarde fue una danza de armonías. Se apoyaban unos a otros, corrigiendo las pronunciaciones de los raps de Mingi y Hongjoong, buscando el equilibrio perfecto. Había una magia especial en ver cómo sus voces, tan distintas entre sí —la aspereza de Mingi, la dulzura de Yunho, la potencia de Jongho—, se entrelazaban para crear algo que ninguno de ellos podría haber logrado solo.
—A veces —dijo San mientras compartían un ramen instantáneo al final de la sesión—, siento que cuando cantamos juntos, el estudio deja de ser un sótano. Siento que las paredes se caen y que realmente estamos en ese lugar del que hablan nuestras canciones.
—Es porque nuestras voces ya están allí —respondió Yunho, revolviendo sus fideos—. Solo estamos esperando a que nuestros cuerpos las alcancen.
En ese momento, con el sabor del ramen barato y el eco de sus propias armonías aún vibrando en sus oídos, el cansancio parecía un precio pequeño. Estaban aprendiendo que el apoyo mutuo no solo consistía en ayudarse a levantar después de una caída, sino en prestarse la confianza cuando uno de ellos se quedaba sin ella. Sus voces estaban entrelazadas, y mientras eso fuera así, nadie podría silenciarlos.
Simplemente es perfecto la manera en que estos chicos se apoyan.
Solo puedo decir que el comienzo siempre resulta difícil y doloroso, aunque el mañana podría ser mejor...no conozco al grupo, pero creo que todo resulta bastante realista.
Seguir un sueño que no sabes si se hará real es bastante inquietante y a la vez perturbador.