Luke Evans pasó su infancia protegiendo a su hermana de un hombre violento. Ahora, a los veintisiete años, tiene un taller mecánico en Grecia y una oportunidad de empezar de cero. Solo hay algo que amenaza su tranquilidad:
Aria Greco.
La hija consentida de un poderoso mafioso es todo lo que Luke cree que debe evitar. Sin embargo, un solo beso basta para hacerle perder el control y despertar miedos que lleva años escondiendo. Asustado, se aleja y comete el peor error: decirle que besarla fue una equivocación.
Aria ha crecido rodeada de amor, pero jamás había sentido algo tan intenso como lo que Luke despierta en ella. Herida en su orgullo, decide mantener las distancias. El problema es que ninguno consigue olvidar aquella tarde.
Él teme convertirse en el hombre que más odia. Ella se niega a mendigar amor.
Pero algunas tentaciones son imposibles de resistir.
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La segunda
Luke
—Luke.
Levanto la cabeza.
Aria está a pocos pasos.
Sostiene un pequeño recipiente transparente.
Mi corazón hace algo extraño. Una especie de golpe seco contra las costillas.
Fantástico.
Tengo veintisiete años.
He trabajado con motores que podrían arrancarme una mano si cometiera un error.
Y una mujer sosteniendo galletas consigue ponerme nervioso.
—Hola —respondo.
—Hola.
Se produce un silencio.
Uno bastante familiar.
Aria baja la mirada hacia el recipiente.
—Te traje galletas.
Levanto ligeramente las cejas.
—¿Para mí?
—Bueno, para todos. —Hace una pausa—. Pero quería que las probaras.
Sonrío. No puedo evitarlo.
—Gracias.
Me limpio las manos cuidadosamente con un trapo antes de acercarme.
Ella abre el recipiente.
El olor me llega inmediatamente.
Mantequilla.
Vainilla.
Algo de chocolate.
—Las preparé esta mañana —explica—. Son de mantequilla con trocitos de chocolate. Mi mamá me enseñó a hacerlas.
Miro las galletas antes de volver mis ojos a su bello rostro.
—Tienen buena pinta.
—Espero que sepan igual de bien.
Hay algo nervioso en su sonrisa. Algo que no estoy acostumbrado a ver en Aria.
Ella suele ser segura de sí misma.
Dulce, sí. Pero también decidida.
Una mujer que puede discutir con su hermano sin pestañear y enfrentarse a cualquier persona que considere injusta.
Sin embargo, ahora parece preocupada por unas simples galletas.
Tomo una.
—Vamos a comprobarlo.
Le doy un mordisco y cierro los ojos.
Mierda.
Está increíble.
La textura es perfecta.
Ligeramente crujiente por fuera.
Suave en el centro.
El chocolate todavía conserva algo de humedad.
Trago y la miro.
—Aria.
Su expresión cambia inmediatamente.
—¿Qué?
—Esto está delicioso.
Sonríe.
Una sonrisa pequeña.
Sincera.
—¿De verdad?
—De verdad. —Doy otro mordisco—. Es probablemente la segunda mejor cosa que he tenido en la boca.
Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
Aria parpadea.
Una vez. Y luego otra.
—¿La segunda?
Mierda.
Mierda.
Mierda.
La miro.
Ella me mira.
Y entonces lo recuerdo.
Su boca.
La forma en que sus labios se abrieron contra los míos.
El sabor dulce que todavía recuerdo de aquella tarde.
Su respiración mezclándose con la mía.
La manera en que sus dedos se aferraron a mi camiseta cuando la besé de nuevo.
Una sonrisa aparece lentamente en mis labios.
No puedo evitarlo.
—La segunda —confirmo.
Aria se queda completamente inmóvil.
Después sus mejillas empiezan a cambiar de color.
Primero un tono rosado.
Después uno bastante más evidente.
Dios.
Aria Greco está sonrojándose.
Por mí.
Por algo que he dicho.
Y es probablemente la cosa más bonita que he visto en mucho tiempo.
Baja los ojos hacia las galletas.
—Ah.
Ah.
Eso es todo.
Una sílaba.
Me dan ganas de reír.
No porque quiera burlarme de ella. Sino porque durante semanas he pensado que quizá fui el único que sintió algo aquella tarde.
Que para Aria pudo haber sido simplemente un beso.
Una equivocación.
Un momento incómodo que preferiría olvidar.
Pero ahora está aquí.
Sonrojada.
Evitando mirarme.
Y por primera vez en mucho tiempo me permito pensar que quizá todavía recuerda lo mismo que yo.
—¿Qué están hablando ustedes dos?
La voz de Cassidy nos alcanza desde detrás.
Aria levanta la cabeza tan rápido que casi deja caer el recipiente.
Yo miro hacia mi hermana. Está observándonos con una expresión sospechosamente divertida.
—De galletas —respondo.
Cassidy entrecierra los ojos.
—¿Galletas?
—Sí.
—Qué interesante. —Nos mira detenidamente—. ¿Y por qué estás tan roja?
Aria abre la boca antes de volver a cerrarla, solo para abrirla una vez más.
—No estoy roja.
Cassidy levanta una ceja.
—Claro.
Yo muerdo otro pedazo de galleta para esconder la sonrisa.
Error.
Aria me mira.
Sus ojos grises se encuentran con los míos.
Y durante una fracción de segundo hay algo allí.
Algo parecido a lo que existía antes.
Antes de que yo lo arruinara.
—Bueno —dice de repente—, acabo de recordar que tengo que hacer una cosa.
Cassidy parpadea.
—¿Ahora?
—Sí.
—Pero acabas de llegar.
—Lo sé. Es que... —Mira el teléfono. Ni siquiera lo ha encendido—. Tengo algo pendiente en la universidad.
La excusa es pésima.
Y todos lo sabemos.
Cassidy me mira.
Yo mantengo la boca cerrada.
Por una vez en mi vida, parece la decisión más inteligente.
—Bueno —responde finalmente mi hermana—. Gracias por las galletas.
Aria sonríe.
—De nada. —Cierra el recipiente y me lo entrega—. Puedes quedártelas.
Lo tomo.
Nuestros dedos se rozan apenas.
Solo un segundo.
Pero ella retira la mano inmediatamente.
No de la misma manera que ayer.
Esta vez parece nerviosa.
No asustada.
Y, aunque probablemente debería dejar de analizar cada movimiento suyo como si estuviera diagnosticando una falla mecánica, la diferencia me importa.
Muchísimo.
—Gracias, Ari —murmuro.
Levanta los ojos.
Mi corazón vuelve a golpearme las costillas.
—De nada, Luke.
Después se gira.
Abraza rápidamente a Cassidy y camina hacia la salida.
La observo alejarse otra vez.
Sin haber conseguido decirle lo que quería.
Sin haber encontrado una manera de explicarle que lo sucedido en Idaho no fue un error.
Que jamás me había sentido de aquella manera.
Que todavía recuerdo cada segundo.
Y que, si pudiera regresar a esa tarde, cambiaría absolutamente todo lo que dije después de besarla.
Pero no lo que hice antes.
Eso no.
Nunca.
—Luke.
Miro a Cassidy.
—¿Qué?
Mi hermana tiene los brazos cruzados.
—Eres un idiota.
Parpadeo.
—Gracias.
—De nada. —Mira hacia la salida. Después vuelve a mirarme—. Un idiota monumental.
—¿Terminaste?
—Todavía estoy considerando si agregar algo más.
Suspiro.
—Cassidy...
—No sé qué pasó entre ustedes —dice, esta vez sin sonreír—. Y no voy a obligarte a contármelo.
Bien.
Excelente.
—Pero conozco a Aria —continúa mientras miro hacia la puerta—. Y sé que no es el tipo de mujer que se pone así por cualquiera.
Vuelvo a observarla.
—¿Así cómo?
Cassidy sonríe lentamente.
—Como si acabara de descubrir que besar a alguien puede provocarle un cortocircuito cerebral.
Me quedo inmóvil.
—¿Qué?
—Nada.
Se da media vuelta.
—Por cierto, deja algunas galletas para mí.
La observo alejarse. Después miro el recipiente que tengo entre las manos.
Tomo otra galleta y la pruebo.
Sigue estando deliciosa.
Pero ahora apenas puedo pensar en su sabor.
Porque Aria estuvo aquí.
Se acercó a mí.
Me sonrió.
Se sonrojó cuando recordé nuestro beso.
Y volvió a marcharse antes de que pudiera averiguar qué significa todo eso.
Me apoyo contra la mesa y suelto lentamente el aire.
Soy capaz de desmontar un motor completo, encontrar una avería que tres mecánicos han pasado por alto y mantener funcionando un negocio que hace apenas unas semanas no existía.
Pero no sé cómo acercarme a Aria Greco.
No sin recordar la forma en que la lastimé.
No sin preguntarme si volverá a apartarse.
No sin sentir que cada palabra equivocada puede terminar alejándola un poco más.
Miro hacia la entrada.
Ya no está.
Y, aun así, sigo esperando verla regresar.
—Mierda —murmuro.
Creo que estoy empezando a entender algo.
Hay problemas que no se solucionan cambiando una pieza.
Y el mío tiene los ojos grises, el cabello rubio y una sonrisa que lleva semanas arruinándome la concentración.
Aria ya te dijo que ella quiere todo contigo
ya luke será tan tonto en volver apartarla
creo que luke necesita ayuda