Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.
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Capítulo 7: Cenizas al alba
Valeria limpió la hoja de titanio con el borde de una toalla limpia antes de guardarla de nuevo bajo la falda. Se acercó a la puerta principal con pasos descalzos y silenciosos sobre la alfombra, giró el pestillo de seguridad y abrió apenas una rendija con el hombro firme contra el marco.
Kassian estaba en el descansillo. El gigante traía los nudillos pelados, la corbata deshecha y una mancha oscura y húmeda sobre el hombro de su chaqueta que no parecía champaña.
—Está vivo —dijo ella antes de que él pudiera preguntar. Abrió la puerta por completo y se hizo a un lado—. Y si vas a ensuciar la alfombra con sangre ajena, quítate los zapatos.
Kassian arqueó una ceja, pero entró sin discutir. Sus ojos de sabueso viejo barrieron la suite en dos segundos: la botella de vodka vacía sobre la mesa baja, las toallas manchadas de negro y rojo junto al fuego, y la figura imponente de Damian dormido en el sofá, con el pecho desnudo cubierto por una manta de cachemira y la mano derecha firmemente vendada.
El jefe de seguridad se arrodilló junto a su patrón. Tomó el pulso carotídeo de Damian con dos dedos enguantados, comprobó el calor abrasador de su frente y revisó el vendaje improvisado. Sus ojos se detuvieron en la incisión en cruz, limpia, milimétrica y quirúrgica.
—Curare con ponzoña de víbora —murmuró Kassian con su voz de gravilla, levantando la vista hacia Valeria—. El viejo truco de los puertos del este. Si no se corta la vía antes de cuarenta minutos, los pulmones se paralizan.
—Menos mal que en los puertos del este también enseñan a drenar veneno sin esperar a que llegue una ambulancia —replicó ella, cruzándose de brazos mientras se apoyaba en el respaldo de un sillón individual.
Kassian se puso de pie despacio. Su metro noventa proyectaba una sombra espesa en la penumbra dorada del salón. Miró a Valeria con una mezcla de respeto forzado y sospecha visceral.
—Le dije a Damian que investigaría cada rincón de su vida, señorita Taylor.
—Ahorre su tiempo y el dinero de su jefe, Kassian —dijo ella, sin desviar la mirada—. No va a encontrar nada que le sirva en los archivos policiales. Lo único que necesita saber es que esta noche le salvé la vida a su patrón. Y que, si vuelve a dejar que un socio como Von Berg se le acerque con un anillo trampa sin revisarle las manos, la próxima vez no voy a arruinar un vestido de cuatro mil francos para hacer torniquetes.
Kassian soltó un gruñido bajo que casi pareció una carcajada reprimida.
—Von Berg está en una celda insonorizada en el sótano del club de tiro de Oerlikon —informó el hombre con sequedad—. Hablará antes del mediodía. El camarero no tuvo tanta suerte; se tragó una cápsula antes de que pudiéramos sentarlo en una silla.
—Típico —murmuró ella, sintiendo el sabor amargo de la familiaridad—. Contratos desechables. Nadie deja cabos sueltos cuando atenta contra el Cónclave.
La palabra Cónclave cayó entre los dos como una losa de plomo.
Kassian se tensó de forma casi imperceptible, su mano derecha rozando instintivamente la funda bajo la axila. Valeria no se inmutó. Había soltado el término a propósito, un dardo medido para marcar territorio y dejarle claro al escolta que no era una secretaria asustada a la que pudieran intimidar con silencios mafiosos.
—Tiene hombres en el pasillo y dos tiradores en la azotea —dijo Kassian tras un silencio pesado—. Yo bajaré a coordinar el traslado a Ginebra para mañana por la tarde. ¿Se queda usted?
Valeria miró hacia el sofá. Damian se removió bajo la manta, soltando un quejido ronco y ahogado mientras la fiebre comenzaba su escalada más violenta. Sus facciones duras estaban contraídas por el dolor y una capa de sudor relucía sobre la piel de su cuello y su pecho surcado de cicatrices.
—Alguien tiene que asegurarse de que no se ahogue con su propia lengua cuando empiece a delirar —dijo ella en voz baja—. Vete, Kassian. Y tráeme café cargado antes del amanecer si no quieres encontrarme de muy mal humor.
El jefe de seguridad asintió con una leve inclinación de cabeza. Al llegar a la puerta, se detuvo y la miró de reojo.
—Damian no confía en nadie, señorita Taylor. Ni en mí, que le cubro la espalda desde hace quince años. Pero esta noche dejó que usted le pusiera una navaja en la carne sin intentar degollarla. Tenga cuidado. A veces es más peligroso lo que ese hombre siente cuando baja la guardia que cuando tiene un arma en la mano.
La puerta se cerró con un clic sordo, dejando a Valeria a solas con el fuego y los estertores de la fiera herida.
La noche fue un purgatorio de horas suspendidas en el tiempo.
A las dos de la mañana, la fiebre de Damian se disparó a niveles críticos. Su cuerpo empezó a temblar con violencia, sacudido por espasmos musculares mientras el veneno residual libraba su última batalla contra sus defensas. Valeria no durmió. Se arrodilló junto a él una y otra vez, empapando lienzos en agua fría para pasarlos por su frente, su cuello ardiente y los músculos tensos de sus hombros.
—No... salgas... al muelle... —balbuceaba él entre dientes, con los ojos ciegos perdidos en las vigas del techo—. Las cajas... tienen que salir antes de que amanezca... Kassian, dispara a las ruedas...
—Cállate, Valmont —le murmuraba ella con voz firme y constante, sosteniéndole la cabeza con una mano mientras le aplicaba el paño húmedo sobre las sienes—. Estás en Zúrich. En un hotel de lujo. No hay muelles ni camiones. Solo estás tú siendo insoportable.
En un momento de lucidez fracturada por el delirio, Damian abrió los ojos. El ámbar de sus pupilas estaba encendido como brasas en la oscuridad. Su mano izquierda —la sana— subió con una rapidez aterradora y se cerró sobre la nuca de Valeria, tirando de ella hacia abajo hasta que sus rostros quedaron a escasos milímetros.
El calor de su aliento golpeó la boca de ella. Olía a fiebre, a alcohol fuerte y a esa intensidad salvaje que Damian solo lograba contener cuando llevaba el traje abrochado.
—¿Por qué te quedas? —exigió él con un susurro roto, mirándola con una furia desesperada, casi vulnerable—. Deberías haber corrido... Si supieras lo que soy... si supieras la sangre que llevo encima...
Valeria sintió el corazón golpeándole las costillas con una fuerza descomunal. Sus dedos estaban apoyados sobre el pecho desnudo de él, sintiendo el galope salvaje de su pulso, la piel ardiendo bajo sus palmas y la tensión brutal de cada músculo.
—Porque ya conozco a los monstruos, Damian —respondió ella, y por primera vez pronunció su nombre con una calma dolorosa, sin el escudo del sarcasmo—. Crecí rodeada de ellos. Y sé que cuando están heridos, lo único que hacen es morder a quien intenta curarlos. Ahora duérmete antes de que te deje caer al suelo.
Damian no la soltó de inmediato. Sus dedos se hundieron en el cabello oscuro de ella, desbaratando los últimos restos del peinado de fiesta. Durante un segundo que pareció detener los relojes del mundo, sus labios casi rozaron los de ella, rozando el borde de su comisura en una caricia febril, hambrienta y torpe.
Un estremecimiento líquido recorrió el vientre de Valeria, una descarga tan profunda que le costó mantener el aire en los pulmones. Tuvo que recordarse quién era él, quién era ella y el abismo que ambos estaban cavando bajo sus propios pies.
Damian cerró los ojos, exhausto, y su mano resbaló desde la nuca de ella hasta caer pesadamente sobre el cojín. Su respiración, por fin, comenzó a calmarse.
Valeria se dejó caer sentada en la alfombra, con la espalda apoyada contra la base del sofá. Se llevó los dedos a los labios, donde la piel aún le quemaba por la cercanía de aquel aliento, y contempló el fuego consumiéndose en la chimenea hasta que los primeros tonos grises y plateados del invierno comenzaron a teñir las cumbres de los Alpes.
Cuando la luz del amanecer entró oblicua por los ventanales, Damian abrió los ojos.
La niebla mental había desaparecido. El dolor de cabeza era sordo y persistente, pero el veneno ya no ardía en sus venas. Sentía la boca seca, la garganta áspera y la mano derecha vendada con una pulcritud que ningún médico militar habría despreciado.
Hizo ademán de incorporarse, pero se detuvo al instante.
Valeria estaba sentada en el suelo, con la cabeza apoyada de lado contra el borde del sofá, a pocos centímetros de su brazo. Se había quedado dormida vencida por el cansancio. El vestido de satén negro estaba arrugado, el cabello oscuro caía en ondas desordenadas sobre sus hombros desnudos y su rostro, despojado de esa armadura de cinismo con la que solía enfrentarlo en la oficina, parecía extrañamente sereno. Sus pestañas tupidas proyectaban sombras suaves sobre unos pómulos marcados por el agotamiento.
Damian la contempló en silencio durante minutos enteros.
Nadie en toda su vida lo había visto desmoronarse y había permanecido a su lado sin pedir nada a cambio. En su mundo, la vulnerabilidad era una invitación al asesinato o al chantaje financiero. Si Kassian o sus lugartenientes lo hubieran visto así, habrían actuado por lealtad armada; si sus socios lo hubieran visto así, habrían calculado el precio de su cabeza antes de que el cuerpo se enfriara.
Pero ella se había quedado. Había sangrado su propia mano para drenarle el veneno, lo había insultado durante la agonía y había pasado la noche en vela cuidando a un hombre que amenazaba con despedirla cada martes.
Con una lentitud calculada para no despertarla, Damian levantó la mano izquierda. Sus dedos rozaron un mechón de cabello que caía sobre la mejilla pálida de Valeria, apartándolo con una suavidad que jamás se habría permitido en vigilia.
La piel de ella estaba tibia, suave como el terciopelo y con ese perfume limpio que lo había estado torturando desde la noche anterior.
Valeria se movió al sentir el roce. Sus párpados se abrieron de golpe, pasando del sueño profundo a la alerta total en una fracción de segundo. Sus ojos castaños se clavaron en los de Damian, fijos, desconfiados y despiertos.
Damian no apartó la mano. Mantuvo los nudillos rozándole apenas el pómulo, sosteniendo su mirada con esa intensidad ámbar que parecía capaz de fundir el plomo.
—Buenos días, señorita Taylor —dijo él, con la voz rota y ronca por la noche en vela, pero teñida de una sensualidad tan oscura y directa que hizo que el vello de los brazos de ella se erizara—. Parece que va a tener que cobrar ese aumento después de todo.