Noah tenía todo: 24 años, Milán, su regreso a la pasarela. Hasta que su hermana Lila murió mientras él se probaba un abrigo. Dejó todo botado, recayó y lo echaron de Europa.
Sin nada, vuelve al sur, a la casa chueca de su abuela cerca de Traiguén. Al lado vive Tomás, 32, agricultor, callado, conservador. Lo odia a primera vista.
Tres meses es el trato. Tomás le enseña a trabajar la tierra. Noah le enseña a no tenerle miedo a sentir.
Entre gallinas metidas, un tractor chocado, un invernadero saboteado y un desfile en un granero, se enamoran lento. Con barro en las manos y miedo de volver a caer.
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Capítulo 5: Huevos de colores
Me desperté con olor a leña. No a humo, a leña bien prendida. La que me había dejado Tomás.
Eran las seis y media. Ya había luz. El gallo no había cantado todavía, o ya había cantado y yo no lo escuché porque por primera vez en semanas había dormido de corrido.
En la mesa de la cocina estaba la bandeja de huevos. Doce huevos de colores. Nunca había visto huevos de colores. Había unos café clarito, otros café oscuro, unos casi blancos y dos celestes. Celestes de verdad, como huevo de pascua pero natural.
Los conté. Los volví a contar. Doce. Me los habían pagado por sacar maleza. En Milán me pagaban por mirar feo a una cámara.
No sabía qué hacer con doce huevos. Sabía hacer tres cosas: café instantáneo, fideos con salsa de tarro y huevos revueltos quemados. Mi abuela me había enseñado a hacer pan amasado cuando chico, pero se me había olvidado.
Agarré dos. Los puse en un bol. Uno se me rompió mal y se me cayó cáscara adentro. Traté de sacarla con los dedos y se me resbaló más. Terminé comiéndome un pedacito de cáscara sin querer.
Los eché al sartén que encontré, que estaba negro por fuera y por dentro. Se me pegaron. Obvio que se me pegaron porque no le puse aceite. Le puse aceite después, cuando ya estaban pegados, lo que es peor.
Me los comí igual. Quemados, con cáscara, sin sal porque no encontré la sal. Estaban ricos igual. O me parecieron ricos porque eran míos. Porque me los había ganado sacando pasto con las manos.
Afuera se escuchaba el tractor. Tomás. A las siete ya estaba trabajando. Yo miré por la ventana. Estaba arreglando el cerco que dividía nuestras parcelas. Un cerco de alambre viejo, todo chueco.
Salí con mi tazón de té de manzanilla del 2019.
— Buenos días — dije.
Él levantó la cabeza. Llevaba el mismo gorro de lana de ayer.
— Buenos días. ¿Comiste?
— Sí. Huevos.
— ¿Cómo te quedaron?
— Quemados — admití.
Por primera vez lo vi sonreír de verdad. No una casi sonrisa. Una sonrisa chica, con los ojos arrugados.
— Te enseño después — dijo. — Si quieres.
— Quiero.
— A las nueve voy a buscar agua al estero. Si quieres vienes. Tienes que bañarte en algún momento.
Me miré. Tenía la misma polera de ayer, manchada de tierra, el pelo grasoso. No me había bañado en dos días porque el calefón de la casa de mi abuela era a leña y no sabía cómo se prendía.
— ¿No tienes ducha? — pregunté.
— Sí, pero con leña. Te muestro.
Dejó el cerco y entró a mi casa otra vez sin pedir permiso. Ya era costumbre. Fue al baño, que era chico, con azulejos celestes viejos. Abrió una puertita de fierro que yo pensé que era una bodega. Era el calefón.
— Le pones leña chica aquí, prendes, esperas veinte minutos y te bañas rápido porque se acaba — explicó. — No como en la ciudad que está todo el rato.
— ¿Todo es con leña acá? — pregunté.
— Todo — dijo. — Por eso hace calor adentro y frío afuera. Acostúmbrate.
Se fue a buscar agua. Yo me quedé mirando el calefón como si fuera una nave espacial. Puse leña, prendí. No prendió. Puse más diario. Prendió. Empezó a hacer ruido. Me asusté y lo apagué.
Al final lo dejé prendido y me senté al lado a esperar, con miedo de que explotara.
Veinte minutos después me bañé. Fue el baño más rápido de mi vida, con agua que quemaba al principio y después se puso helada de golpe. Pero salí limpio. Me puse ropa limpia, la última limpia que me quedaba. Un jeans y una polera negra.
A las nueve, puntual, Tomás pasó con dos baldes grandes.
— Vamos.
Caminamos por un sendero detrás de su casa. Yo con un balde, él con dos, obvio. El barro estaba más blando porque había salido el sol. El sol del sur no es como el de Santiago. Es bajito, amarillo, pero quema igual cuando sale.
Llegamos al estero. Era chico, con agua transparente, piedras, y árboles encima. Sonaba bonito. Tomás se agachó y llenó los baldes sin esfuerzo.
— Esta agua es para tomar, pero hay que hervirla — dijo. — La de la llave viene de acá también, pero a veces se tapa con barro.
— ¿Tomas agua de acá?
— Toda la vida.
Me agaché a llenar mi balde. Pesaba mucho más de lo que pensé. Cuando lo levanté se me fue para el lado y me mojé entero el pantalón.
Tomás no se rió. Me ayudó a afirmarlo.
— Se lleva en la cabeza al principio, después te acostumbras en la mano — dijo.
Caminamos de vuelta. Yo iba lento, con el balde a medias, mojándome. Él iba adelante, sin apuro, esperándome cada tanto.
En el camino me preguntó:
— ¿Qué hacías en Milán?
Nunca nadie del pueblo me había preguntado eso. Me preguntaban si era modelo, si conocía a gente famosa, si ganaba plata. Pero no qué hacía.
— Caminaba — dije. — Suena tonto. Caminaba con ropa cara de un lado a otro y me sacaban fotos. Y cosía. Me gustaba más coser que caminar.
— ¿Por qué cosías si podías caminar?
— Porque caminando era el producto. Cosiendo era yo el que hacía algo.
Se quedó callado. Llegamos a mi casa. Dejó los baldes.
— ¿Te gusta? — preguntó, señalando mi casa.
— ¿Mi casa?
— Sí. ¿Te gusta estar acá?
Nadie me había preguntado eso tampoco. Si me gustaba estar en el lugar donde estaba.
— No sé — dije, honesto. — Me da miedo. Me da miedo estar solo. Me da miedo no saber hacer nada. Pero ayer dormí bien. Por primera vez en meses dormí bien.
Me miró. Tenía los ojos claros y tenía una hoja en el gorro.
— Tienes una hoja en el gorro — dije.
— ¿Dónde?
— Ahí.
Me acerqué. Era la primera vez que me acercaba tanto. Le saqué la hoja. Era una hojita de boldo.
Nos quedamos cerca. Muy cerca. Olía a leña y a jabón barato. Yo olía a shampoo de hotel que me había traído de Milán.
— Gracias por los huevos — dije, para decir algo.
— De nada — dijo, y se fue. Pero esta vez se fue más lento.
Entré. Puse a hervir el agua del estero como me dijo. Mientras hervía, miré los huevos de colores que quedaban. Diez. Los acomodé por color. Los celestes al medio.
Saqué la foto de Lila de la cajita. La puse al lado de los huevos.
— Mira, Lila — dije en voz baja —. Me pagan en huevos celestes.