Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 18: Votos de Sangre y Plata
El día de la gran boda y coronación unificada amaneció con un cielo despejado y brillante, como si el propio clima invernal hubiera dado una tregua para presenciar el acontecimiento histórico.
En la gran Catedral de San Juan, situada en el centro de la capital imperial, se habían reunido los nobles más influyentes de Solaria, los delegados de Aethelgard y el propio rey Esteban, padre de Melany, quien había viajado desde el sur para entregar a su hija en el altar.
Melany lucía un vestido majestuoso de seda blanca con bordados de hilo de plata que dibujaban las hojas de roble de su casa natal y los dragones del imperio. Sobre sus hombros caía un manto de terciopelo borgoña sostenido por broches de gemas brillantes. Su cabello oscuro estaba parcialmente recogido con una tiara de diamantes que destellaba bajo la luz que filtraban los rosetones de cristal de la catedral.
Al fondo del pasillo central, parado sobre las gradas del altar, la esperaba Antonio.
El emperador lucía imponente con su túnica imperial de color azul medianoche, cargada con charreteras de oro, la gran cadena de la orden del dragón sobre el pecho y una capa bordada en carmesí. Sus ojos dorados, fijos en Melany desde el momento en que ella cruzó las puertas del templo, brillaban con una intensidad desbordante de amor, orgullo y una devoción absoluta.
El rey Esteban tomó la mano de su hija y caminó despacio junto a ella por la nave central. Al llegar frente al emperador, el anciano rey miró a Antonio a los ojos y, por primera vez, inclinó la cabeza con sincero respeto ante el hombre que había salvado a su hija y detenido la guerra.
—Te entrego lo más valioso que posee mi reino, Antonio —dijo el rey Esteban con voz empañada por la emoción—. Cuídala con tu vida.
—Con mi vida y mi alma, majestad —respondió Antonio con solidez.
Antonio extendió su gran mano y tomó la de Melany. El choque de sus miradas fue tan intenso que el rumor de la catedral pareció desvanecerse para ambos.
El Sumo Sacerdote del imperio comenzó la liturgia, recitando las antiguas plegarias de unión. Llegado el momento de los votos, Antonio sacó un pequeño aro de oro blanco grabado con runas de protección y lo deslizó con delicadeza en el anular de la princesa.
—Ante el cielo y la piedra —pronunció Antonio con voz profunda que resonó en cada rincón del templo—, juro ser tu escudo contra la adversidad, tu compañero en la paz y tu igual en el trono. Mi corona es tuya, mi reino es tuyo y mi corazón te pertenecerá hasta el último de mis días.
Melany sintió las lágrimas de emoción asomar a sus ojos. Sacó la alianza gemela y la deslizó en el dedo maduro y fuerte del coloso.
—Ante el cielo y la piedra —respondió ella con voz dulce pero imponente—, juro ser tu fuerza en la batalla, tu consuelo en la tormenta y tu reina en el trono. Mi vida es tuya, Antonio, desde hoy y para siempre.
El Sumo Sacerdote tomó la gran corona imperial de Solaria y la colocó sobre la cabeza de Antonio. Luego, tomó una tiara imperial más pequeña pero idéntica en tallados y la posó suavemente sobre las sienes de Melany.
—Por el poder conferido por los reinos unificados —proclamó el sacerdote—, los declaro esposo y esposa, emperador y emperatriz de Solaria y Aethelgard.
Antonio no esperó la indicación protocolaria. Rodeó la cintura de Melany con su brazo poderoso, la atrajo hacia su pecho con una firmeza llena de pasión y selló sus labios en un beso largo, ardiente e indomable que desató una ovación ensordecedora en toda la catedral. Los cuernos de victoria sonaron fuera, y miles de pétalos blancos cayeron desde la bóveda sobre la pareja unida.